La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 9. Tamsyn
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9. Tamsyn

Tamsyn

S tig se había casado con una verdadera princesa de Penterra.

El rey Hamlin y el señor regente le habían dado a la esposa que habían tratado por todos los medios de negarle a Fell.

Stig era lo bastante bueno para una princesa, pero Fell no.

Aquellos hechos fueron colocándose en mi mente uno tras otro, y la ironía de estos me dejó impactada.

¡Stig! El Terror de las Tierras Fronterizas, responsable de tanto sufrimiento, compartía lecho con mi hermana.

Me pellizqué en un brazo, retorciéndome la piel con saña, tratando de despertar de aquella pesadilla. No me sirvió de nada. Estaba despierta y ella estaba allí.

Alise. La dulce y pura Alise… La esposa de Stig.

¿Cómo podía estar atada a un hombre semejante?

Era una broma cruel, absurda. No podía ser cierto.

Y, sin embargo, ahí la tenía, frente a mí, sorbiendo vino de una copa y cortando y masticando con delicadeza el faisán asado que había en su plato, con los dedos llenos de anillos que resplandecían a la luz de las velas y unos pendientes que se mecían con suavidad en sus orejas. Las pruebas eran irrefutables.

—Cuánto me alegro de verte, Tamsyn. Estaba fuera de mí de la preocupación. Todos lo estábamos.

Tardé varios instantes en responder y, cuando lo hice, lo único que pude hacer fue repetir:

—¿Todos?

Pensé en esa idea con curiosidad. ¿Mi padre?

¿Mi madre? Dudaba mucho que hubieran estado tan fuera de sí de preocupación.

Sabían lo que hacían cuando me habían entregado a la Bestia.

Sabían que podría hacerme todo lo que quisiera, y, tras el engaño del que lo habían hecho víctima, era razonable pensar que lo que quisiera incluiría todo tipo de horrores. Incluso la muerte.

Y, aun así, lo habían hecho. Me habían sacrificado.

Me habían puesto ante él en bandeja. Me habían utilizado, como habían hecho siempre.

Yo había estado en sus vidas para servirles, igual que un mulo sirve a un granjero tirando del arado.

Tal vez me hubiesen rascado detrás de las orejas, y me hubiesen dado cobijo, pero, al final, para ellos no había sido más que una herramienta que explotar en el negocio de sus vidas.

Alise no comprendió lo que yo quería decir.

—Sí. —Asintió mientras cortaba otro trozo—.

Estábamos enfermos de preocupación pensando que habías muerto.

Cuando nos llegó la noticia de lo ocurrido, me pasé semanas postrada en la cama.

—Reprimí el impulso de preguntarle qué historia le habían contado—.

Ya estaba bastante enfadada con nuestros padres por haber permitido que te casaras con Dryhten y te hubieran mandado al norte con esos bárbaros.

Aquello sí que podía creerlo de ella, y de nuevo me golpeó la ironía.

Habían sido muchas las cosas que me habían reconcomido desde que había partido de la Ciudad.

Mi vida había sido una prueba tras otra y, entre todo aquello, ni una sola vez había sentido preocupación por ella.

La había imaginado tan segura, cuidada y mimada como siempre, centrada en su cómoda vida en palacio, lejos de la magia y de toda sombra amenazante.

No la había imaginado allí, atada a alguien que era más demonio que hombre.

Señaló mi plato con el tenedor.

—¿No quieres comer?

La comida no me sentaría bien. Tenía el estómago del revés.

La criada entró en la tienda con un cesto lleno de aromáticos bollos de mantequilla en las manos y la colocó entre nosotras dos. Alargué la mano para coger uno y obligarme a comer un poco.

Alise asintió, satisfecha, y se cortó otro pedacito de faisán.

—Estás muy cambiada, Tam —comentó entre bocados.

—¿Ah, sí? —pregunté, tensa. No sabía qué esperaba que dijera. ¿Que tenía más pinta de… dragona?

—Pareces mayor.

—Lo soy. Un año mayor. Igual que tú.

Una esposa, a la edad de diecisiete años. Una edad perfectamente común para casarse. Muchas chicas eran aún más jóvenes cuando se desposaban, sobre todo en las familias reales decididas a forjar alianzas mediante sus hijos. Y, sin embargo, a mí me seguía pareciendo joven. Demasiado joven.

Desvié la mirada hacia la enorme cama cubierta con un edredón brocado.

Era absurdo. Estaba ahí puesta como si aquella fuese una cámara bien provista y amueblada, y no una tienda en mitad de las Tierras Fronterizas.

Me obligué a apartar la vista de la cama y a dejar de imaginar a Alise y a Stig juntos dentro de ella.

A ella no se le pasó por alto hacia dónde se había dirigido mi mirada. Se le tiñeron las mejillas de un bonito color rosado.

—Quería decir que pareces más… madura —se corrigió.

Tragué saliva. El pan dulce se me había pegado en algún lugar del pecho, negándose a seguir bajando.

—El matrimonio tiene ese efecto en una. Te hace pasar de la niñez a la adultez en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cuánto tiempo lleváis tú y…? —Me interrumpí, incapaz de pronunciar el nombre de él unido al suyo.

Ella sonrió con indulgencia, con gesto comprensivo.

—Nos casamos hace un mes. Fue una boda muy bonita. Me supo mal que tú no estuvieras.

Me la imaginé. Alise, una novia etérea, recorriendo el mismo camino hacia la capilla por el que había caminado yo hacia mi destino, entre los ensordecedores vítores de la gente y las flores que le habrían lanzado a modo de tributo y celebración.

Lo veía todo con nitidez, como si fuesen imágenes de un sueño…

Porque yo también lo había vivido. Solo que a ella era Stig quien la esperaba en el altar.

En esa parte de mi visión era cuando el sueño se convertía en una pesadilla.

—Me hubiera gustado estar allí —repuse. «Para detener la boda»—. ¿Y eres feliz?

Parpadeó como si la pregunta la incomodara, una reacción muy reveladora. Como también lo fue ver cómo se desvanecía su sonrisa.

—Se habló de que me desposara con el rey de Meru. —Hizo una mueca—. Pero es tan viejo como papá. Y la Isla de Meru está tan lejos…

—¿Eres feliz? —insistí.

Cogió un bollo de pan y partió la corteza crujiente por la mitad con una fuerza casi desafiante.

—Stig es joven, guapo y solícito. Y ahora es el rey de las Tierras Fronterizas. Esto le da una posición excelente. Es probable que papá lo nombre su sucesor. Es muy bueno. —Stig, el rey de Penterra. Reprimí un escalofrío.

Y ella seguía sin responder a mi pregunta.

Lo único que sabía de Stig con certeza era que trataría a una princesa con todo el respeto y la deferencia que debía.

Trataría a Alise como la mujer de la realeza que era, con la delicadeza con la que manejaría cristal hilado.

No traicionaría esa costumbre. En calidad de su señora esposa, se le extenderían todas las cortesías apropiadas.

Se comportaría con ella como se había comportado conmigo…

, antes de que me convirtiera en una abominación a sus ojos.

—Y así será siempre contigo —contesté, dócil, con cuidado de no mostrarme en desacuerdo con ella. No quería que nuestra breve reunión quedase mancillada con cuestiones desagradables. Porque nuestro tiempo juntas sería fugaz: Stig no tardaría en regresar.

Inhalé con fuerza al pensar en lo que me esperaba. En la tormenta que se estaba gestando, amenazante, sobre mí, ante la crueldad y brutalidad de sus vientos, preparados para acabar conmigo.

—Es encantador, ya lo sabes. Me siento muy afortunada. —Le tembló un poco la voz al pronunciar la última palabra.

—Todavía no me has dicho que seas feliz.

Se apoyó en el respaldo de la silla. Vi una chispa en sus ojos azules, una expresión de exasperación en su rostro, la clase de expresión que solía poner con Feena o Sybilia, pero no conmigo.

—¿Y tú eres feliz, Tam? ¿Qué haces aquí?

—Señaló a nuestro alrededor moviendo los elegantes dedos—.

¿Qué te ha pasado? ¿Dónde has estado durante todo este tiempo?

¿Dónde está tu marido? ¡Pensaba que estabas muerta!

—Dio sendos manotazos en los reposabrazos de la silla—.

Me había resignado ante la certeza de tu muerte.

—Se detuvo y tragó saliva; su cuello delicado se movió como si le costase hacerlo—.

Una conclusión mucho más lógica que la que Stig nos quiere hacer creer, sin duda. Stig tiene la idea disparatada de que…

—Lo sé, lo sé —dije, interrumpiendo su arrebato. No habría soportado que lo dijera, no me veía capaz de ver la expresión de su rostro cuando pronunciara la palabra «dragón».

No quería mentirle. Aunque lo haría si fuera necesario, por supuesto. No tenía otra opción.

Nunca le había escondido nada a Alise. «Pero nunca habías tenido un secreto que guardar», pensé. No de este tipo. No un secreto que afectase a tantos.

—¿Lo sabes? —Negó con la cabeza, con la mirada escrutadora clavada en mí—.

¿Por qué desapareciste? ¿Has estado… escondiéndote?

—Su voz estaba embargada de confusión. Estaba tratando de comprenderlo con desesperación y jamás podría.

Jamás lo haría. Necesitaba asegurarme de que eso fuera así.

Ya había confiado antes, ya había revelado lo que era en realidad. Un grave error que no pensaba repetir.

Ladeé ligeramente la cabeza.

—En cierto modo, sí.

—Quiero entenderlo. Estoy segura de que Stig solo está confundido. Estaba gravemente herido y eso puede… Puede alterar a una persona. Quizá le nubló los sentidos y…

—No, dulce mía. —Una voz grave resonó en la tienda, súbita como un trueno—. No estoy confundido. No cometí ningún error. Eso que hay sentado frente a ti es un dragón. Apártate con cuidado de ella, Alise.

La tormenta había empezado.

Miré hacia la puerta de la tienda. Ahí estaba Stig con la espada lista, como si estuviese ya preparado para blandirla contra mí.

No lo había oído entrar, a pesar de estar atenta a su regreso. Alise se había adueñado de toda mi atención. Tras él había varios soldados que me miraban con los ojos muy abiertos.