La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 8. Tamsyn #3
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8. Tamsyn #3

Caminamos por entre las tiendas, sorteando los pequeños grupos reunidos alrededor de hogueras y preparándose la cena.

Jorgen encabezaba el camino con decisión hacia el centro del campamento, el corazón de aquel hervidero.

Sentí el peso de las miradas de interés que se volvían hacia mí a mi paso, y me pregunté si habría más gente que me reconociera de mis días en palacio.

A lo lejos se veía una tienda señorial, regia, y supe que pertenecía a Stig.

Dentro habrían cabido varias de las tiendas de los soldados.

La tela de un vivo azul cerúleo se sostenía con numerosos postes, y deduje que dentro habría una cámara totalmente amueblada.

Stig no viajaría de forma humilde, no como viajaban sus soldados.

Lo haría con lujos y extravagancias, con todas las comodidades que tenía en casa.

Era el señor de las Tierras Fronterizas, pero no tenía nada que ver con Fell, que compartía las mismas duras condiciones que sus tropas.

A Stig le gustaban las cosas bonitas. Se vestía bien, olía bien y se rodeaba solo de lo más refinado.

Aceptaría de mil amores todas las indulgencias y las atenciones que le correspondieran a una persona de su posición, posición que al parecer había ascendido en el pasado año.

Una diferencia más entre el Terror y la Bestia.

Nos detuvimos ante la tienda. Un par de soldados, de aspecto mucho menos fatigado que nosotros, con capas impolutas, montaban guardia ante la tienda cerrada.

—Estamos aquí para ver a nuestro señor.

—Está ausente.

Jorgen frunció el ceño.

—¿Ausente? Es casi la hora de cenar.

—Reunió una partida y se marchó de cacería. Avistaron un grupo de jabalíes de guerra en la zona.

No me sorprendía que quisieran tratar de abatir a una de esas bestias. Con esos animales gigantescos alimentarían a una buena parte de su ejército.

—Cuando vuelva, lo que querrá será la cena y un buen baño —añadió el otro guardia—. Tendréis que esperar para verlo. No tendrá tiempo para vosotros hasta mañana.

Jorgen negó con la cabeza y me señaló.

—No esperaremos. Le hemos traído algo que va a querer ver.

Yo. «Algo». Como si la mía no fuese una vida que importase.

El guardia me miró y, con una mueca, añadió:

—Llevaos a esta furcia. No lo tentará. Tiene una excelente esposa que lo acompaña en sus días y en sus noches. Lo más probable es que le ofendáis con este ofrecimiento y acabéis azotados.

«¿Una esposa?».

Jorgen escupió y me empujó hacia el frente.

—Estúpido. Créeme, a esta la va a querer ver.

Me tropecé, ya que todavía estaba tratando de asimilar la sorpresa de que Stig tuviera una esposa. Una esposa que se había traído al norte con él.

Tenía una esposa. Y estaba allí.

Uno de los guardias se adelantó para sujetarme y que no me cayera y soltó una maldición, pero enseguida me empujó lejos de él como si yo fuese un gusano contaminado que no se quería arriesgar a tocar.

—¡Ay! —Me froté el hombro tras caer al suelo y fulminé al hombre con la mirada.

—¡No hace falta que la tires al suelo! —protestó Jorgen, haciendo ademán de ayudarme.

Pero entonces el guardia lo empujó también a él. Claramente no tenía ninguna intención de hacerle caso.

—¡Largo!

En ese momento, se abrió la tienda y de ella emergió una figura.

—Caballeros —dijo una voz dulce en tono reprobador—. ¿Qué es este jaleo? ¿Ocurre algo?

Unas voces graves se apresuraron a explicárselo, pero yo no oí ninguna de ellas.

Mientras Jorgen me ayudaba a ponerme de pie, un clamor me inundó los oídos.

Me había quedado sin palabras al ver a aquella joven, vestida con hermosos ropajes.

No podía dejar de mirarla. Unos mechones elegantemente trenzados de su cabello le rodeaban la cabeza en una elegante coronita que resplandecía como una corona de oro en la luz tenue del atardecer.

Cuando su mirada se detuvo sobre mí, sus delicados rasgos se iluminaron como si los hubieran tocado los rayos de un millar de soles.

—¡Tamsyn! —exclamó, lanzándose a mis brazos con toda la fuerza de su pequeño cuerpo, que, sin embargo, no era tan pequeño como yo recordaba.

No era tan pequeño como había sido. Apreté los dedos, acariciando los suaves pliegues del terciopelo forrado de pelo.

Bajo la lujosa tela, había más carne de la que yo recordaba.

Ya no era un cuerpo de niña, sino de mujer, lleno de sutiles curvas.

Me inundó el dolorosamente familiar aroma a fresas frescas. Cerré los ojos, embargada por una sensación agridulce, dolorosa. Incluso allí, en mitad de un campamento, se las arreglaba para oler a su fruta preferida.

Jorgen me miraba tras ella, con una sonrisa de arrogancia y satisfacción. Oí las palabras a pesar de que no las pronunciara: «Yo tenía razón».

Temblando de alegría, se apartó de mis brazos para contemplarme con enorme dicha.

—Creía que no volvería a verte nunca. ¡Oh, lo esperaba con fervor, pero jamás creí que fuese a pasar! No después de todo lo que… Oh, en fin, ¡no me hagas caso! ¡Estoy hablando sin parar! ¡¡Tamsyn!! ¡Eres tú! —Me apretujó las manos sin esconder su alegría—. ¡Tam, dime algo!

Y mi voz emergió, oxidada, como si llevase mucho tiempo sin usarla.

—Hola, Alise.