La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 8. Tamsyn #2
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8. Tamsyn #2

Me urgí a despertarme, me deshice en súplicas a mí misma para abrir los ojos, incorporarme y acabar con ese tormento, pero no era capaz.

Estaba atrapada, aprisionada en aquella negrura asfixiante y pegajosa, fría y pesada como una manta empapada, amarga como los vientos, como agujas clavadas en mi carne.

Era un tipo de helor distinto que nunca antes había sentido, de la clase que solo se sentía en la muerte, cuando la vida se esfumaba, se extinguía.

Cuando se desvanecía como la nieve al derretirse, como las nubes de humo al dispersarse lentamente.

Lo supe, a pesar de no haber estado nunca muerta.

Lo sabía igual que una sabe cómo respirar, cómo parpadear o cómo tragar. Era involuntario. Innato. Lo sabía igual que una sabe las cosas en los sueños.

No debería haber sentido un sueño tan intensamente, pero así había sido.

No debería haber estado tan atrapada, tan incapaz de despertarme, pero lo estaba.

Un cadáver gélido. El frío penetraba tan profundo, de un modo tan minucioso, que traspasaba la piel, los tendones y los músculos hasta enterrarse en lo más hondo, en lo más profundo del hueso, donde se hundía, donde me marcaba…, donde me dejaba cicatriz.

Aquello era la muerte. Una muerte en vida. Lo sabía. Lo reconocía a un nivel primario.

Estaba encerrada en una caja donde no tenía ni siquiera suficiente espacio para mover las piernas. Una tumba sin lugar para estirar los brazos.

Un silencio oscuro me empujaba por todas partes, como manos cerrándose y agarrándome con fuerza, apretando, estrujando, exprimiéndome el aire de dentro, aplastándome las costillas y dejando solo dolor… El latido de mi corazón, la necesidad áspera de mi aliento.

Y la palabra «vida» estaba demasiado lejos, fuera de mi alcance. Ya no me pertenecía, ni tampoco yo a ella. Ahora, mi lugar era ese. Un vacío implacable.

Los dedos de mi mente se estiraban, ansiosos, haciendo crujir los huesos mientras yo los tensaba tratando de alcanzar la salvación, de llegar a alguien, a cualquiera.

Estaba, simplemente…, ahí. Un hilo resbaladizo.

Un pulso débil. Un murmullo casi dormido.

Lejano pero presente. Un eco. Un enlace que parpadeaba.

El anhelo me asfixiaba. El anhelo… y el arrepentimiento.

Cuánto arrepentimiento. Pesaba incluso más que la oscuridad que me aplastaba.

Abrí y cerré los dedos, desesperada.

Y no rocé nada.

No había aire. No había luz. No había espacio para moverse. No había forma de escapar. No había rescate posible. Estaba enterrada. Existía, pero no vivía.

Me desperté con un grito alojado en la garganta.

Lo atrapé y lo contuve ahí, evitando que el sonido encontrase aire, como si así solo fuese a conseguir darle fuerza.

Bajo la luz parpadeante del fuego, me apoyé en el codo para incorporarme. Me temblaba el cuerpo entero bajo la manta de lana deshilachada mientras miraba a mi alrededor, hacia todas partes. Al cabo de unos segundos, recordé dónde estaba y exhalé poco a poco.

Estaba en Penterra. En las Tierras Fronterizas, prisionera de los soldados de Stig. El Terror de las Tierras Fronterizas.

Dormíamos en un semicírculo alrededor de las brasas encendidas, a varias yardas del camino, donde habíamos acampado para pasar la noche.

Las ramas del bosque se movían, murmurando a nuestro alrededor, y Frode roncaba con suavidad.

El cielo estaba salpicado de incontables estrellas.

No había nubes, ni niebla que tapara las vistas.

Aquello ya no existía. Era algo que se había perdido con Fell.

Me volví a estirar en mi camastro y, mientras le pedía a mi corazón desbocado que se calmase, apoyé la mejilla en la palma de mi mano para sentir la marca, la carne ligeramente protuberante de la «x» que me recordaba todo lo que había perdido, y ganado, y vuelto a perder.

Solo había sido una pesadilla. No era la primera que había tenido que soportar durante aquellos muchos meses, ni tampoco sería la última.

Deslicé la mirada por las sombras danzantes, hasta detenerla y cambiar de dirección abruptamente para volver a un par de ojos que me observaban desde el otro lado del fuego… Un par de ojos que me vigilaban, igual que me habían vigilado durante toda la noche.

Estirado en su camastro, el soldado Ari me miraba fijamente, y en su penetrante mirada sentí sospecha y recelos palpables, el modo en el que una presa observaría a un depredador.

Bajé la mirada. Se había acostado con su espada de hueso de dragón en la mano, por debajo de las mantas, y rodeaba firmemente la empuñadura con los dedos.

Le sostuve la mirada unos largos instantes antes de darme la vuelta. Exhalé un suspiro, cerré los ojos y traté de volver a lo que esperaba que fuese un sueño libre de pesadillas.

El regimiento de Stig se extendía sobre una pequeña colina, como una ciudad de mil hombres recién erigida.

Con su posición estratégicamente elevada, con vistas panorámicas en todas direcciones para que ningún atacante los cogiera desprevenidos, nos vieron llegar mucho antes de que empezásemos a subir la cuesta, cuando yo me enfrenté por primera vez a aquel hervidero de actividad.

Me asaltó de inmediato el olor del cuero, de la carne de caballo y del sudor humano.

Se estaba poniendo el sol, que se escondía poco a poco tras las copas de los árboles.

El cielo no tardaría en oscurecerse. Por el momento, tenía unas vistas perfectas de cientos de tiendas de campaña de forma triangular que salpicaban el altiplano.

El olor de la carne cocinándose me inundó la nariz; el humo de las hogueras se alzaba en el aire del crepúsculo en nubes largas y retorcidas como serpientes grises.

Se me encogió el estómago de hambre, lo que me recordó que no había comido nada desde aquella mañana, tras despertarme, y que incluso entonces había sido un desayuno irrisorio y apresurado.

Habíamos comido un poco de pan y una loncha de carne seca por el camino, en absoluto suficiente para mi voraz apetito.

«No debería estar aquí».

Ralenticé la marcha y me volví para lanzar una mirada de anhelo, de arrepentimiento, a mi espalda, como si pudiera dar media vuelta y hacer entonces lo que no había logrado en los tres días que nos había tomado llegar hasta aquel campamento.

Pero era demasiado tarde. Ya no podía dar media vuelta. No podía rehacer lo que ya estaba hecho.

La luz tenue del día que se apagaba suavizaba los rasgos de los soldados que nos observaban mientras nos adentrábamos en la red del ejército de Stig.

Tendría que haber hecho algo, cualquier cosa, que me hubiese evitado terminar allí, aunque hubiera sido convertir a los tres hombres que me habían capturado en cenizas.

Ahora eran demasiados. Ahora era verdaderamente prisionera.

Peor que eso: una vez que estuviera cara a cara con Stig, sería algo mucho peor que prisionera, porque él haría cuanto fuera necesario para invocar a mi dragón.

Al no haber escapado, le había fallado a la manada.

Le había fallado a todos los dragones.

Podría haber hecho algo la noche anterior, cuando todos dormían. Habría podido atacar primero a Ari, que era quien aguantaba despierto para vigilarme, con la mano preparada en la empuñadura de la espada para acabar conmigo. Pero no lo había hecho. Solo de pensarlo se me revolvía el estómago.