8. Tamsyn
Tamsyn
P odía matarlos.
Era una idea que se había abierto paso en mi mente y se había instalado allí como la seda de una telaraña. Un susurro oscuro que se iba tejiendo en mi pensamiento cuanto más me acercaba a mi reencuentro con Stig.
Matar a aquellos soldados era la estrategia más obvia, y estaba, sin duda, al alcance de mi mano.
A pesar de que llevasen armas de hueso de dragón, podía cogerlos desprevenidos y acabar con ellos.
Además, matarlos iba en consonancia con todo lo que me habían enseñado en la manada durante aquellos largos meses.
«Sálvate tú.
Salva la especie.
No dejes testigos».
De acuerdo con eso, matarlos era una decisión honorable. Mi obligación, incluso. Si lo hacía, sería libre de ir a buscar a Vetr y a los demás y seguir con la rekon hasta que concluyera.
No podía permitirme llegar hasta Stig y su regimiento. Tenía que escapar antes de que se produjera ese momento, porque no habría forma alguna de escapar después.
Me recordé que no era la primera vez que lo hacía.
Que Arkin me había obligado a matarlo. Estaba en mí, enterrada en lo más hondo: la habilidad de desatar la ruina y la devastación, mi talento secreto, que había servido para calcinar, aniquilar y poner fin a una vida.
Ya había aprendido a cambiar de forma a mi antojo; tenía más práctica y más control.
Sabía cómo transformarme en mi dragona con muy poco esfuerzo.
Si me lo proponía, ocurriría, no me cabía duda.
Me quedé mirando a los tres hombres que cabalgaban a mi lado y al camino que se extendía ante nosotros. Y tras nosotros. Bueno, en realidad eran dos hombres y un niño.
El tercer soldado, Frode, acababa de cumplir los dieciocho años.
Lo habían reclutado inmediatamente después de cumplirlos, otro de los cambios recientes bajo el régimen de Stig.
Cada familia penterrana estaba obligada a ofrecer a uno de sus hijos para el ejército norteño de Stig, y no importaba si la familia en cuestión solo tenía un vástago, como era el caso de Frode.
Era la primera vez que estaba tan lejos de su casa, y yo no lograba sacarme a sus padres de la cabeza.
Me había enterado de que eran propietarios de una panadería de la Ciudad, y me los imaginaba con las mejillas sudorosas y sonrosadas, trabajando al calor de su cocina, esperando a que su muchacho volviese a casa.
Frode tenía siempre los ojos como platos y una perpetua expresión de angustia. Dudaba hasta de que fuese capaz de manejar su propia espada. Matarlo sería fácil. En realidad, ni los tres juntos supondrían un desafío. Podía hacerlo en ese preciso momento y terminar con ese asunto.
Ay, si matar me hubiese resultado fácil…
Ni siquiera con la sospecha de lo que aquellos hombres habían hecho, ni siquiera con la imagen de aquellos ojos entre grises y verdes que me perseguiría durante el resto de vida, me resultaba tan fácil matarlos así, sin más.
Así pues, me guardé mi fuego para mí y seguimos viajando hacia el este, dejando atrás la costa y el aire salobre del mar.
Cuando echaba un vistazo al camino tanto por delante como por detrás, lo que hacía con frecuencia, casi esperaba ver a Vetr y a los demás, siguiéndonos, o atisbarlos escondidos tras los arbustos que bordeaban el camino. Pero no los vi.
Comprendía por qué me habían abandonado. Y, aun así, qué poco les había costado. No se habían inmutado, ni una sola chispa de emoción había asomado a sus rostros mientras se me llevaban.
Sabía muy bien por qué.
No era una de ellos. En realidad, no. Lo había intentado, y ellos también. Todos nosotros habíamos pasado un año intentándolo.
Y no había funcionado.
Recordé sus expresiones de sorpresa cuando me habían reconocido y la verdad de mi pasado había quedado al descubierto. Quizá habían creído que les traería demasiados problemas como para merecer la pena, y habían pensado que lo mejor sería librarse de mí.
Mis nuevos acompañantes iban armados con los instrumentos apropiados para combatir a los dragones.
Tenía sentido. Tras nuestro encuentro, Stig debía de haber decretado que sus soldados llevasen ese tipo de armas.
Su nuevo ejército estaba armado con las espadas de antaño, las armas que habían recogido y guardado después de que Balor el Carnicero hubiera asesinado al último dragón —o eso creían los humanos—.
En palacio, había una parte entera de las mazmorras en las que se almacenaban esas armas, que pasaron a considerarse anticuadas y demasiado pesadas para darles un uso rutinario.
Pero eso ya no era así. Esas armas se habían exhumado, se habían traído de regreso a la superficie, se habían devuelto a la luz del día…
Un hecho que no complacía a mis acompañantes.
En el día que había pasado desde que habíamos abandonado Porthavn, la pesada carga de las espadas de dragón había sido motivo de queja en un sinfín de ocasiones, igual que los escudos de escamas de dragón que llevaban sujetos a las alforjas.
Mis acompañantes eran muy parlanchines. No les importaba matar el tiempo hablando conmigo, contándome cosas y respondiendo a mis preguntas, y yo aproveché la oportunidad para descubrir todo lo posible sobre este nuevo mundo en el que mi viejo mundo se había convertido.
Frode había admitido que le ponía nervioso trasladarse a un lugar «de bárbaros» como las Tierras Fronterizas, un comentario cuya ironía no se me había escapado, teniendo en cuenta las medidas que había adoptado Stig.
Fell nunca había torturado y masacrado a inocentes, más bien al contrario.
Él se había preocupado por el bienestar de las gentes del norte, había tratado de suavizar las dificultades a las que se enfrentaban.
Stig estaba en algún lugar al oeste de la costa con un regimiento de casi un millar de soldados.
Me quedé anonadada al enterarme de cuál era la magnitud de las fuerzas que comandaba.
Cuando había ido al norte, hacía ya un año, lo había hecho con un ejército muy numeroso, y luego había vuelto al sur a por más.
Aquello no auguraba nada bueno. ¿Para qué necesitaba tantos soldados? ¿Qué pensaba hacer con ellos?
Mucho me temía que ya sabía la respuesta a esas preguntas.
Stig pensaba seguir imponiendo su particular terror en las Tierras Fronterizas al tiempo que se adentraba en los Riscos para encontrarme a mí y a los demás dragones.
Aquella era su misión: demostrar que él estaba en lo cierto y que no se había dejado llevar por teorías absurdas.
Volver a prender la mecha de la Trilla.
Cuanta más información reunía, más comprendía que era esa su misión, y mayor era la sensación de condena que se cernía sobre mí, y que se me expandía hasta el tuétano.
—Tiene mucha imaginación, eso hay que reconocérselo —dijo Ari, que era el que montaba más cerca de mí.
De los tres soldados, era él quien me miraba con más recelo, como si aún tuviera cierto temor a que de repente me salieran escamas y una cola—.
Nuestro señor insiste en que cambias de forma.
—Me miró a los ojos y me sostuvo la mirada.
Los tres se me quedaron mirando como si se estuvieran dando permiso para contemplar esa posibilidad.
—Mucha imaginación, sí —contesté—. Solo soy una mujer —insistí, pintándome en la cara una sonrisa de indulgencia—.
Aunque no la que vosotros pensáis. —Seguía aferrándome al argumento de que no era la señorita Tamsyn.
Era una verdad que ciertamente no podía confesar, porque tal vez les hiciera preguntarse en qué otras cosas les había mentido.
Jorgen se encogió de hombros.
—Si me he equivocado, te pido disculpas —dijo, pero la expresión en su mirada oscura indicaba que no creía haberse equivocado.
Sabía quién era yo. Lo había visto en sus ojos la primera vez que me había mirado, por mucho que yo me hubiese empeñado en negarlo.
Por fortuna, esa era la única verdad que sabía.
Ari, sin embargo, no hacía más que lanzarme miraditas cargadas de agitación. Tenía un sano respeto por la magia y no estaba tan convencido de que no fuera posible que yo fuese una dragona.
Le dediqué una sonrisa con la esperanza de tranquilizarlo, pero él parpadeó, aparentemente aún más nervioso. Se me borró la sonrisa.
No fui yo la única que se percató de su inquietud.
—Ari —dijo Jorgen con voz seca y con cierto cansancio, como si ya hubiese soportado suficientes recelos de su compañero y estuviese harto—.
Piensa, hombre. Si fuese un dragón, ¿habría dejado que nos la llevásemos tan fácilmente?
—Señaló con la mano el camino que se extendía ante nosotros—.
¿Permitiría que la llevásemos ante el señor Sader y lo que sin duda va a ser su final como si nada?
Ari asintió en señal de acuerdo, con el semblante muy serio y, de repente, una expresión mucho más astuta que la de sus camaradas.
—Qué razón tienes, Jorgen —respondió mirándome a los ojos—. Qué razón tienes.
En el sueño no encontraba descanso.
No había paz, no había calma; no se me relajaban los huesos, no se me destensaban los músculos, ni la mente, ni el espíritu. Esta clase de sueño, esta clase de oscuridad, me encerraba como una cárcel.
Una caja sellada.
Era implacable.
Absoluta.
Era completa e invasiva y se acumulaba a mi alrededor como un manto de sangre viscosa en el que no podía penetrar la luz, ni el aire, en la que no había espacio, en la que no había respiro.
Solo había terror. Un pánico que me trepaba por la garganta, que se me clavaba como un cuchillo en una piel que se me antojaba demasiado pequeña para mi envergadura, como si mi carne se hubiese contraído y chillase de dolor sobre mis huesos.
Sabía que estaba dormida. Sabía que estaba atrapada en un sueño. En una pesadilla.
Me lo decía, pero saberlo no me ofreció ningún consuelo.