7. Tamsyn #4
De repente, me sentí aturdida y mareada, como si el mundo se estuviese desvaneciendo a mi alrededor, tan insustancial como si fuese agua resbalando por entre mis dedos. Traté de asimilar esa información, sabedora, al instante, de qué «cosas raras» debía de andar diciendo Stig.
Uno de los soldados se inclinó hacia mí y, mirándome con desconfianza, preguntó:
—Jorgen, ¿y si esas cosas que dice fueran verdad?
Jorgen puso los ojos en blanco y reprendió a su compañero con una mirada.
—¿Es que eres tonto, Ari? ¿A ti te parece que tiene pinta de dragón?
«Dragón».
La palabra cayó como una losa, con un sonido estruendoso y metálico cuyas ondas se propagaron violentamente en todas dimensiones.
Me quedé sin aire. Por supuesto que Stig le había contado a todo el mundo que había visto cómo yo me transformaba en dragón.
No me atreví a mirar ni a Vetr ni a los demás. Sentí su estupefacción igual que si me hubieran tirado encima un jarro de agua fría. Sentí el pánico que se elevaba como las mareas en mi interior, mientras la palabra «dragón» rebotaba a nuestro alrededor.
Contemplé a los soldados con más cautela que antes. Si sabían de las aseveraciones de Stig, no parecían darles ningún crédito. Y si de verdad hubieran creído que yo era esa temible criatura aborrecida por los humanos, no habrían estado allí hablando conmigo tan tranquilamente.
En realidad, me miraban más bien por encima del hombro, con arrogancia, como si supieran lo que era yo y que de ningún modo podía ser algo tan terrible y poderoso como una de esas criaturas que tanto tiempo llevaban extintas.
Yo no era más que la muchacha de los azotes que habían entregado a la Bestia de las Tierras Fronterizas, las sobras de la mesa del rey Hamlin que se habían usado para saciar a un pretendiente que no era digno de comer en ella.
No me conocían. Nadie me conocía. Ni ellos, ni ningún miembro de la manada.
Tampoco Vetr, aunque quizá tras un año sí que debería haberlo hecho.
Si yo se lo hubiera permitido. Si él hubiera querido conocerme, pero tenía que admitirlo: no quería.
No había movido ni un dedo para conocerme mejor.
No me había presionado haciéndome preguntas.
No se había inmiscuido ni había indagado en mi pasado. No le interesaba. No le importaba.
Quizá hubiera habido una persona que me conociera. Fell.
Pero ya no.
El soldado llamado Ari me miró con vacilación.
—En fin, podemos estar de acuerdo en que un dragón no es, pero ¿qué hacemos con ella? Nuestro señor no querría…
—Se la llevaremos, naturalmente. Que vea con sus propios ojos que no es más que una mujer. Tenga o no tenga el pelo maldito, tiene tetas y un coñito como cualquier otra. —Se carcajeó con su propio chiste, abriendo de par en par aquel agujero negro y desdentado.
Yo hice una mueca al oír tan groseras palabras y me puse ambas manos sobre las piernas, apretujándolas la una contra la otra al tiempo que contenía un gemido de angustia.
Jorgen me agarró del brazo y me obligó a ponerme de pie. Medíamos más o menos lo mismo y nuestros ojos quedaban a la misma altura, así que me golpeaba la cara con su aliento fétido.
—Estás cometiendo un grave error. —Fue lo único que se me ocurrió decir—. No soy quien tú piensas.
Él ladeó la cabeza, como si se lo estuviera pensando.
—Te ha estado buscando. Seguro que me asciende si te llevo ante él.
Aquellas palabras se me hundieron en la carne como dos colmillos, rasgándola, y supe entonces que aquello se había convertido en una situación desesperada para mí. Me hallaba en un foso, hundiéndome a toda prisa en el barrizal.
—Quizá, ahora que la hemos encontrado, se le pase esa perra que le ha cogido con ir al norte —masculló el soldado llamado Ari poniendo los ojos en blanco—. Mi hermano perdió un pie por congelación en una de esas putas expediciones. Ahora va por ahí cojeando con una muleta.
—Pues sí —opinó el más joven. Como casi todos los hombres humanos, era un muchacho más bajo que yo; solo me llegaba al hombro, y me miraba con aprensión—.
Igual hasta nos manda a casa. Ya estoy harto de las Tierras Fronterizas.
Estoy cansado de congelarme hasta la polla; aquí hace demasiado frío.
Quiero volver a sentir el calor del sol en la cara.
Jorgen empezó a tirar de mí hacia la puerta.
Yo miré atrás, a Vetr, Harald y Arran.
Me observaban, cada uno con una expresión distinta. Harald estaba perplejo; Arran, preocupado. Y Vetr…
Vetr parecía dispuesto a matar. Se veía en el hielo de sus ojos, en la tensión de sus hombros, en cómo flexionaba y estiraba sus largos y afilados dedos a los lados del cuerpo, como si sintiera sus garras, esas espadas ocultas a punto de emerger.
Parecía más animal que hombre, que aquellos hombres, con esos ojos como puñales y los rasgos tan afilados que habrían cortado hasta el cristal.
Y, a pesar de eso…, no hizo ademán alguno de venir a por mí mientras se me llevaban.
Estaba furioso y preparado para causar graves daños, y era más que capaz de hacerlo, pero aun así se contuvo, sereno y estoico, mientras los humanos a los que juraba odiar se me llevaban por la puerta.