La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 7. Tamsyn #3
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7. Tamsyn #3

Pasaron los segundos, y las botas quietas junto a nuestra mesa no se movieron. Por fin levanté la vista.

Uno de los soldados me miró de un modo tan expectante que me indicó que llevaba ya un tiempo observándome, que era yo la razón por la que se habían detenido junto a nuestra mesa. Se frotó el labio, llamando la atención sobre unos huecos oscuros de su boca donde deberían haber estado los dientes.

—Tú me resultas familiar.

Se me cayó el alma a los pies. Resistí el impulso de tocarme el pelo.

Era un problema: el rojo fuego no me ayudaba precisamente a pasar inadvertida.

Aunque el pelo rojo no hubiera sido una característica de las brujas —de las brujas de sangre, para ser exactos—, me habría diferenciado de los demás de todos modos.

Me evaluó con la mirada, no con lujuria, sino con algo distinto. Con algo profundo, inquisitivo y cargado de sospechas. Y mi sospecha, la de que eran esos mismos hombres los que habían empalado a aquella pobre gente, no me abandonó. No quería su atención, y sin embargo la tenía.

Le ofrecí una débil sonrisa.

—Lo siento, pero no nos conocemos.

Él ladeó la cabeza. Su sonrisa desdentada le confería un aspecto extraño, como si su boca fuese unas fauces abiertas y huecas.

—¿Eso que detecto es un ligero acento del sur?

Tragué saliva con dificultad. Sí, por supuesto que lo era.

Miré a Vetr con aire indefenso.

Él no sabía quién era yo. Me estremecí para mis adentros.

No sabía quién había sido yo, mejor dicho.

Nunca le había hablado de mis orígenes. Me había dicho a mí misma que ya no importaba, y que olvidar el pasado formaba parte de seguir adelante.

Lo único que sabía era que había sido la esposa de Fell.

No es que yo no le importase; tenía un gran interés en mí como miembro de la manada.

Eso no lo dudaba. Al fin y al cabo, era una piroexhaladora.

Lo que ocurría era que mi vida humana no tenía ningún interés para él.

Cuando me había elegido para participar en aquella rekon, no se le había ocurrido que era posible que alguien me reconociese.

Si se lo hubiera contado, habría sido muy probable que no estuviese allí sentada.

—De niña pasé un tiempo en el sur —respondí a toda prisa. No tenía sentido negar la verdad que había oído en mi voz.

—Es agradable oír en tu lengua el sonido del sur —musitó complacido—. ¿Y ahora vives aquí? —Movió los dedos gruesos como salchichas para señalar a su alrededor—. ¿En este agujero?

Volví a mirar a Vetr, buscando algún tipo de consejo.

Sin embargo, él me devolvió la mirada con los rasgos asentados en una expresión neutral, y comprendí que no interferiría a mi favor.

Por el destello glacial de sus ojos, me di cuenta de que no estaba muy contento con la atención que yo había atraído hacia nuestro pequeño grupo, pero parecía expectante ante lo que yo fuese a hacer… y decir.

En fin, a mí tampoco me gustaba, pero no podía hacer nada al respecto, salvo ser lo más cordial posible con ese soldado hasta que se fuese con sus camaradas a otra parte.

—Por aquí cerca —respondí—. En esta zona.

Acercó un dedo para señalar mi rostro.

—Te pareces mucho a la señorita Tamsyn. ¿Verdad que sí, muchachos?

Al oír mi nombre, una losa cayó dentro de mi estómago.

Los soldados asintieron, mientras el autoproclamado portavoz del grupo chasqueaba los dedos y añadía:

—O, mejor dicho, a la señora Dryhten, porque te casaste con la Bestia.

«Porque te casaste con la Bestia».

Hablaba como si ya estuviera convencido de cuál era mi identidad y no hubiese forma de persuadirlo de lo contrario. El terror me trepó por la garganta, mezclándose con el vapor caliente que ya había empezado a acumularse. Apreté los labios, tratando de extinguirlos a los dos.

Negué con la cabeza, fingiendo que no sentía la mirada gélida de Vetr clavándose en mí.

—Lo siento. No…

—El parecido es asombroso. —Se agachó para acercar más la cabeza a mí, y me atacó una bocanada de aliento que apestaba a pescado y a cerveza rancia.

Separé los labios con cautela e intenté hablar de nuevo.

—Esto es un error, señor.

Me estaba mirando tan de cerca que estaba segura de que podría contar hasta el último poro de mi piel.

—Vaya, ya lo creo que eres ella. —Asintió con un convencimiento cada vez mayor—. Serví en palacio durante un tiempo, tenía turno de guardia en las puertas del patio de armas. Te veía siempre correteando por el patio con las otras princesas, y a veces os ibais de pícnic, ¿te acuerdas?

Estuve a punto de asentir, asaltada de repente por aquel recuerdo dulce que se estaba desvaneciendo. «Las otras princesas».

Me arriesgué a mirar a Vetr para ver cómo reaccionaba ante aquella revelación, pero sus ojos del color de la escarcha seguían fijos al frente.

Las líneas de su nariz, labios y ojos eran tan brutales como siempre, como talladas en granito, las mismas montañas en las que había nacido, y sin embargo atisbé un destello aún más frío en su mirada gélida, más cruel en la severidad de sus rasgos, y se me hizo un nudo en el estómago.

—A veces me mandaban junto a otros soldados a vigilaros cuando salíais —prosiguió el soldado, señalando a su alrededor en un gesto casi juguetón—. Entonces tenías el pelo rizado.

Recordaba bien aquellos días: Nos íbamos de pícnic con nuestras institutrices, seguidas por los ojos vigilantes de los soldados de palacio.

Después de comer algo, a veces colocábamos unos lienzos en unos caballetes y dibujábamos el campo, repleto de flores salvajes.

Un pasatiempo refinado propio de jovencitas de alta cuna.

Todo aquello había ocurrido hacía una vida entera.

—Mi hermana no es la princesa de la que hablas.

Nosotros crecimos al oeste de aquí —intervino Vetr con voz calmada, dando solo un poco de énfasis a la palabra «princesa».

Un énfasis demasiado sutil para que los soldados se ofendieran, pero yo sí que noté el tono cortante con el que pronunciaba el término.

El soldado se puso recto y miró a Vetr con desprecio.

—¿Y a ti quién coño te ha invitado a hablar? —Miró a los otros soldados y preguntó—: ¿Alguno de vosotros lo ha invitado a hablar?

Yo me estremecí mientras los otros confirmaban que no, en efecto, no le habían dirigido invitación alguna.

En ese momento, Vetr se puso de pie, arrastrando las patas de su silla de madera contra el suelo al apartarla.

La actitud frívola de los soldados se desvaneció en cuanto tuvieron que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. A pesar de llevar sus cotas de malla, parecían diminutos al lado de él. Uno de ellos soltó un suave silbido y llevó la mano hacia la empuñadura de su espada.

—Este es grande.

Por suerte, nadie confundió a Vetr con Fell.

Si aquellos soldados eran de la Ciudad, debían de haber visto a Fell cuando había llegado, pero, afortunadamente, el pelo plateado bastaba para diferenciarlos.

Quien conociera a Fell detectaría su semejanza con Vetr enseguida, pero aquellos hombres no lo habían visto nunca.

El líder señaló la silla de Vetr.

—No hace falta que te pongas de pie. No estamos hablando contigo.

Vetr me señaló con la cabeza.

—Mi hermana me concierne.

—Ya te diremos nosotros lo que te concierne. —El soldado volvió a señalar la silla con brusquedad—. Y ahora siéntate, hermanito.

Vetr no se movió, y yo empecé a sentirme inquieta.

La tensión crepitaba en el aire, y me fijé en que algunos de los demás clientes empezaban a salir disimuladamente de la taberna, cerrando la puerta tras ellos.

Los soldados ni se molestaron en mirarlos; toda su atención se hallaba en ese momento sobre Vetr.

Arran alzó una mano para tirarle de la manga. El tiempo se alargó mientras Vetr miraba primero a los soldados, luego a mí, luego a Arran… y entonces, por fin, volvió a sentarse.

El soldado que tenía la boca como un agujero negro y hueco volvió de nuevo su atención hacia mí y prosiguió:

—Dime, princesa. ¿Cómo has terminado aquí?

Era implacable, y yo ya no sabía qué hacer para demostrarle que no era quién él creía que era. Sobre todo porque tenía razón.

Escruté los rostros de Vetr, Arran y Harald, y me pregunté si se me vería tan asustada y acorralada como yo me sentía. Como una liebre en una trampa.

A medida que el miedo que había en mí crecía y crecía, lo hacía también el vapor caliente que se henchía dentro de mis pulmones, buscando un lugar adonde ir.

No me atrevía a abrir la boca para hablar, por temor a que escapase humo de ella.

Inhalé por la nariz y contuve el aliento.

Vetr me dirigió una mirada penetrante para decirme lo que ya sabía: «No reveles tu dragón».

—¿Princesa? —me apremió el soldado.

El título formal me erizaba la piel, desencadenaba en mí un sinfín de emociones, sobre todo la aversión por un pasado que no podía cambiar.

Yo nunca había sido una princesa. No del todo.

Aquello era simplemente algo que me habían llamado para justificar los azotes, un título vacío.

Ahora ya lo sabía. Una parte de mí lo sabía también entonces, pero era demasiado joven, demasiado ingenua, y estaba demasiado ciega para verlo.

Me atreví a separar los labios, con cuidado de que de ellos no salieran más que palabras, absolutamente nada más, ni vapor, ni humo, ni fuego.

—No me llames así. —Él entornó la mirada, y me di cuenta de que me había equivocado, ya fuera con el tono o con las palabras; probablemente, ambos. No debería haberle dicho lo que tenía que hacer—. No soy quien crees que soy —traté de arreglarlo, con una actitud más dócil.

Su expresión de escepticismo me indicó que no lo había convencido de nada.

—La verdad es que entiendo por qué no querías que nadie te encontrase. El nuevo señor de las Tierras Fronterizas no te tiene mucho aprecio.

Tragué saliva con dificultad, luchando contra el nudo que tenía en la garganta y que descendió como si fuese carbón ardiendo.

—Va diciendo todo tipo de cosas sobre ti —añadió—. Unas cosas muy raras.