La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 7. Tamsyn #2
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7. Tamsyn #2

Deseé seguir viviendo en la más dichosa ignorancia, sin conocer el desarrollo de los acontecimientos. Deseé poder darle la espalda a esta nueva verdad, al amanecer de una realidad más que me hacía jirones, que me dejaba magullada y en carne viva.

—No suena igual de bien que la Bestia, ¿no? —continuó.

Mis labios entumecidos dieron forma a una palabra:

—No.

Prefería, por mucho, a la Bestia de las Tierras Fronterizas.

—Ese espectáculo que había en la entrada del pueblo… Ninguna sorpresa, viniendo del Terror.

Parpadeé, tratando de calmar el escozor de las lágrimas. «¿En qué te has convertido, Stig?».

Me humedecí los labios.

—¿Por qué habrá hecho una cosa así? —murmuré, más para mí misma que para los otros.

—Porque puede —respondió Vetr enseguida, evidentemente, sin pensarlo antes, porque para él era una cuestión muy sencilla. Los humanos hacían cosas terribles. Era la misma historia de siempre. No había más que hablar.

—Dicen que está loco —añadió Arran—. Que ha soltado a sus soldados por el norte para que arrasen con todo como un incendio, que exige cada vez más tributos y que castiga a todo el que no puede pagarlos y a todo el que se atreve a oponerse.

Dicen que condena a la pira a cualquiera sobre el que exista la más mínima sospecha de brujería.

Un nudo se me formó en la garganta ardiente cuando lo vi todo con claridad. Esto lo había hecho yo. Era mi culpa. Yo había encendido ese fuego que lo estaba devorando.

Cuando Stig se había encontrado frente a frente con un dragón —una criatura que, según le habían enseñado, era una plaga para la humanidad, un dragón que resultaba ser alguien que él había creído una amiga de toda la vida—, se había precipitado hacia la locura.

Era eso lo que lo había convertido en el Terror de las Tierras Fronterizas.

—Cualquier persona que se atreva a alzar la voz en su contra, o en contra de sus soldados, recibe el tratamiento del que habéis sido testigos al llegar al pueblo…

—¿Quieres decir que eso no ha sido un acontecimiento único? —pregunté afligida.

Arran lucía una expresión sombría.

—El empalamiento se ha convertido en una práctica común. —Volvió a mirar tras ellos con cautela—. Se dice que el grupo que hemos visto se estaba reuniendo en secreto, reclutando y fomentando una rebelión. —Se encogió de hombros—. Alguien los delató.

La gente del norte estaba sufriendo. ¡Muriendo! Por culpa de Stig.

«Por culpa mía».

Sentía ganas de vomitar. Unos ojos entre grises y verdes afloraron fugazmente en mi mente.

Si no le hubiese revelado mi dragona a Stig, Fell y él nunca se hubieran enzarzado en una batalla. Fell seguiría ostentando cómodamente su papel de señor de las Tierras Fronterizas. Esas personas aún estarían vivas.

Cuánta muerte, cuánta miseria y cuánta sangre… Y toda ella estaba en mis manos.

Vetr suspiró con pesadez, como si ya estuviese cansado de la conversación.

—¿Has oído algo sobre los asuntos que de verdad nos interesan?

Le dirigí una mirada de reproche. Era como si hubiera dicho que los asuntos de los humanos no nos importaban en absoluto. Al menos, si no nos afectaban directamente.

—Solo que el ejército se está adentrando en los Riscos más de lo que lo habían hecho nunca.

Vetr asintió con el ceño fruncido.

—Nuestras patrullas ya lo habían detectado. ¿Alguna idea de por qué?

Arran negó con la cabeza con una expresión de impotencia. No sabía la razón.

Pero yo, presa de la desolación, sí la sabía. Yo sí sabía por qué.

Me estaban buscando a mí.

Stig me estaba buscando a mí.

Nos quedamos en silencio cuando llegó la tabernera y nos colocó delante unos platos llenos de comida con pesados golpes. Tenía largos y sudados mechones de pelo que le caían desordenados ante el rostro sonrosado del esfuerzo. Nos miró con los ojos cansados.

—¿Queréis algo más?

Harald señaló nuestras jarras.

—Otra ronda, por favor.

Me sorprendí al darme cuenta de que ya casi me había terminado el hidromiel. Tras un año bebiendo zumo o vino de bayas verda, el sabor de la bebida me resultaba desagradable.

La tabernera asintió y se alejó, y nosotros empezamos a comer. Mordisqueé la carne grasienta dudando, en aquellos tiempos de tanta escasez, de que fuera verdaderamente el cerdo asado que habíamos pedido. Traté de no pensar en qué animal podía ser.

Mientras masticaba la carne correosa, observé con atención las expresiones tensas de mis acompañantes, preguntándome cómo podía explicarles que la razón de que los Riscos se estuviesen llenando de soldados era yo, ni más ni menos.

No me parecía que fuese ese el momento. No en mitad de aquella taberna, rodeados por los humanos a los que consideraban enemigos.

La taberna estaba llena de gente y se oía el murmullo constante de las conversaciones, pero todas se detuvieron de repente cuando la puerta se abrió y entraron un grupo de soldados, vestidos con el uniforme del sur.

Se oía el ruido de las cotas de malla mientras caminaban, y las capas de color escarlata que tan bien conocía ondeaban a sus espaldas.

Yo dejé de respirar y agaché la mirada. El corazón me latía con tanta fuerza que estaba segura de que todo el que me rodeaba podía oír su clamor. Fingí sentir un gran interés por mi plato, mientras casi notaba la sombra de Stig cayendo sobre mí y su voz resonando en mi oído como una oscura caricia.

Pero no. Me arriesgué a echar un vistazo y confirmé que no era más que un grupo de soldados. De sus soldados, que estaban allí sin él. Por supuesto: el señor de las Tierras Fronterizas no iba a rebajarse a ir a una taberna cualquiera.

Sus fuertes pisotones resonaban sobre el suelo de madera, mucho más estruendosos ahora que nadie en la estancia pronunciaba palabra.

—¿Qué pasa? ¡Qué calladitos estáis todos!

Desde fuera parecía una fiesta —exclamó uno de los soldados—.

No dejéis de divertiros por nosotros. —Echó un vistazo a su alrededor; su capa era una mancha escarlata que se me antojaba similar a un chorro de sangre esparciéndose en el aire.

Miró a sus camaradas buscando su aprobación—.

Con lo que nos gusta a nosotros una buena fiesta.

Hace que el duro trabajo del día merezca la pena, ¿no os parece, muchachos?

«¿El duro trabajo del día?».

Me atreví a mirarlos de nuevo y me fijé en las manchas de sangre de su cota de malla, y entonces lo supe.

Hasta mis huesos lo supieron: eran esos hombres quienes habían empalado a los desgraciados que agonizaban en la entrada del pueblo, y el «duro trabajo» mencionado era ni más ni menos eso.

Sentí la acometida de las náuseas. La sensación empezaba a ser algo que formaba parte de mí, una constante.

Los clientes de la taberna permanecían en silencio, mirando a su alrededor con ojos rápidos y temerosos, con los hombros hundidos en un intento de empequeñecerse, de hacerse invisibles.

Motitas de polvo entre gigantes. Las taberneras habían desaparecido en el interior de la cocina.

Aquellas gentes estaban muy versadas en la lucha por la supervivencia.

¿Así eran ahora las cosas en las Tierras Fronterizas? ¿Vivía toda la gente acobardada, tratando de no ser vista, aferrándose a cualquier cosa que los ayudase a no ser devorados por ese fuego infernal?

«Lo llaman el Terror de las Tierras Fronterizas, ¿sabéis?».

Cuando había empezado mi travesía hacia el norte, después de mi boda, me impactó ver cuál era la realidad más allá de las puertas que protegían la Ciudad, ver a las gentes cansadas y macilentas, con el hambre grabada en sus rostros demacrados y en los huesos que les sobresalían de la piel como cuchillos.

En sus ojos, había visto una desesperación que me había reconcomido la conciencia.

Mientras yo había vivido en palacio cómodamente, las gentes de Penterra habían sufrido, malviviendo con lo justo.

Fell era su única esperanza. Si había ido a la Ciudad a pedir la mano de una princesa era para asegurarse de tener voz en la toma de decisiones gracias a un matrimonio real.

Para tener voz y voto, para poder llevar un cambio real a sus tierras.

Y, en lugar de una princesa, le había tocado yo.

Le había tocado yo, y eso había sellado su destino y, con él, el de las Tierras Fronterizas. Y también el mío, pero me parecía insignificante en comparación con todo lo demás.

Me reconcomían la vergüenza y la culpa por mi responsabilidad en todo lo ocurrido, porque Stig tuviera ahora al norte bajo su yugo. Mi destino era menos importante al lado del de un pueblo entero.

Me permití imaginar cómo sería la vida si Fell se hubiera casado con Alise, Feena o Sybilia. Si yo me hubiera negado a participar en el ardid de engañarlo para que acabara casándose conmigo.

Todo sería distinto. Mejor.

Para empezar, Fell no estaría muerto. Él y una de mis hermanas se encontrarían cómodamente instalados en el Borg, y los moradores de las Tierras Fronterizas no estarían viviendo este horror. Ni acabarían empalados en picas.

El arrepentimiento se propagó a través de mí, clavándoseme como un tornillo.

Si yo no hubiera revelado mi dragona, si no me hubiera llevado a Fell conmigo tan egoístamente, él todavía lideraría el norte y podría proteger a esta gente.

Su gente. Era una luz que iluminaba con firmeza, que luchaba contra la oscuridad, y yo me la había llevado y la había apagado.

El tornillo dio otra dolorosa vuelta, clavándose en mi carne.

Todo aquello era culpa mía. Todo aquello lo había hecho yo, y saberlo era como tener una roca aplastándome el pecho.

Las botas se detuvieron cerca de nuestra mesa, y yo me obligué a no levantar la vista, a dejar la mirada fija en la carne grasienta de origen misterioso y los rostros de mis acompañantes, que, a diferencia de todos los presentes, se mostraban tranquilos e impertérritos, sin revelar ni una gota de la violencia que tenían guardada debajo de la piel, ni una gota de la magia que nadaba bajo la superficie, dispuesta a salir a borbotones en cuanto se la invocara.