La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 7. Tamsyn
24%

7. Tamsyn

Tamsyn

E l olor salobre del mar me inundó la nariz cuando por fin llegamos a Porthavn y, a pesar de que no llovía, sentía el océano sobre la piel como el peso de una manta.

En la distancia se veían los mástiles de los barcos, dibujados sobre el aire gris como grandes agujas en el suelo.

Las olas rompían contra la pared rocosa del puerto con un ritmo idéntico al de los fuertes latidos de mi corazón.

Recordé cuando Stig me había propuesto que huyéramos, que embarcáramos en un navío rumbo a Acton, sin temor alguno de las aguas llenas de monstruos del Canal Oscuro.

Una sugerencia indefendible por parte de un muchacho que había resultado ser tan imposible e irreal como sus fantasiosos sueños de escapar.

A los lados de la calle principal había tiendas y escaparates.

Éramos un trío formidable, lo que nos hacía ganarnos más de unas pocas miradas mientras recorríamos la calle.

Era comprensible: no es que pasáramos precisamente desapercibidos.

Eso no sería posible para un hombre con el aspecto de Vetr o Harald, gigantes entre hormigas.

Eran como pedruscos encima de sus caballos, sobre todo Harald, que debía de medir más de dos metros.

Era un dragón de ónice, así que estaba hecho para la guerra, hecho para la batalla.

Sentía pena por su caballo. La pobre criatura parecía bastante más cansada que el mío.

Había ajetreo en las calles, llenas del polvo y la arenisca que levantaban los cascos de los caballos y las ruedas de los carromatos.

Los vendedores ambulantes ofrecían su género a gritos, y un denso olor a pescado permeaba el aire.

Las gaviotas sobrevolaban en lo alto, llamándose las unas a las otras con sus largos y agudos graznidos. Caac, caac, caac.

A la luz de la tarde, percibí el destello de cotas de malla entre la gente.

También había soldados caminando por las calles, ante las tiendas, apropiándose de mercancías a placer sin pagar por ellas y diciendo ordinarieces a las mujeres que pasaban.

No eran guerreros de las Tierras Fronterizas: tanto las cotas de malla como las capas rojas pertenecían al uniforme de los soldados del sur, los soldados con los que yo había crecido: los mismos que poblaban la Ciudad y las provincias al sur de las Tierras Fronterizas.

Fruncí el ceño al preguntarme por qué no se habrían quedado más cerca del Borg.

Seguimos hacia la posada donde Arran nos estaba esperando. Un mozo de cuadra se llevó nuestros caballos tras recibir una moneda como recompensa e instrucciones por parte de Vetr.

Ver al alfa allí, en el mundo humano, comportándose y desenvolviéndose como si fuera un hombre, me descolocaba.

Nunca me había recordado a su hermano tanto como entonces, caminando, hablando y moviéndose con autoridad, como si fuese un soldado de sangre roja que estuviera en el lugar que le correspondía.

La conversación se detuvo en cuanto entramos en la posada.

Los ojos de hielo y plata de Vetr otearon la taberna como una gélida ráfaga de viento.

Harald no lo hizo mucho mejor con sus ojos negros de brillo iridiscente.

El mensaje que ambos transmitían estaba muy claro: prometían dolor a cualquiera que los contrariase.

Eran gigantescos como verdaderos árboles…

y se disponían a unirse al tercero de esos árboles, Arran, que nos estaba esperando en una mesa.

Sus botas resonaron contra el suelo cuando cruzaron la estancia.

Varias miradas se deslizaron hacia ellos con recelo, observando aquellos cuerpos altos, de pecho amplio y anchos hombros que se extendían bajo los mantos de pelo.

Tenían brazos musculosos y piernas como los troncos de robles viejos; hasta sus cuellos eran gruesos y fuertes.

Por mucho que se hicieran pasar por humanos, nada podía esconder su naturaleza animal.

Todo en ellos gritaba que eran algo más que meros hombres, que eran guerreros… asesinos.

Por eso Fell se había ganado una reputación tan formidable. No había sido una coincidencia que se le pusiera el sobrenombre de la Bestia, porque era igual que ellos. O había sido igual que ellos. Tragué saliva con dificultad. Salvaje, en el fondo.

Me quedé un poco atrás, pues no me sentía inclinada a destacar, aunque sabía que a mí también se me percibía con cierta aprensión.

En parte porque iba con ellos, pero también por mi tamaño.

Mis ojos quedaban a la altura de los de cualquier hombre que hubiera en aquella estancia, si no por encima, y a las mujeres les sacaba como mínimo una cabeza.

Siempre había sido más alta que la media, pero, por imposible que pareciera, había crecido desde que me había convertido.

No sabía cómo, pero me había hecho más alta y mucho más fuerte, y los músculos de mi cuerpo se habían vuelto más tonificados, más esbeltos.

Arran se hallaba encorvado ante una jarra de hidromiel de la que no parecía estar disfrutando mucho, a juzgar por cómo arrugaba el labio cada vez que daba un trago. Cuando nos unimos a él, alzó una comisura de la boca en una sonrisa carente de alegría.

—Bienvenidos. —Alzó la jarra a modo de saludo—. ¿Qué os ha parecido ese pequeño espectáculo en la entrada del pueblo?

—¿Quién haría algo así? —pregunté. Aún buscaba una explicación más allá de que era algo propio de los humanos.

—Es un producto del nuevo régimen.

—¿El nuevo régimen? —insistí, con el estómago en un puño—. ¿Es que le ha pasado algo al rey?

Por mucho que ya hubiese comprendido que mi infancia no había sido tan encantadora como pensaba antes, por mucho que ya me hubiese dado cuenta de que no había sido un verdadero y valorado miembro de la familia real, el rey Hamlin seguía siendo lo más parecido que había tenido a un padre, y el único que conocería nunca.

No me gustaba la idea de que le hubiera pasado algo malo, ni a él, ni a la reina, ni a las princesas.

Arran miró a su alrededor y respondió en susurros:

—El rey está bien…, pero el señor Dryhten ya no gobierna en el norte. —Enarcó una gruesa ceja en un gesto cargado de significado. Todos sabíamos lo que le había ocurrido a Fell—. Ahora hay un nuevo señor de las Tierras Fronterizas.

Se me secó la garganta. Un nuevo señor de las Tierras Fronterizas.

Negué con la cabeza y me quedé mirando la superficie agitada de mi bebida. Por supuesto. Por supuesto que habría alguien nuevo al frente de las Tierras Fronterizas.

No había pensado en quién asumiría el mando después de Fell. Había dado por hecho que el rey habría nombrado a uno de los otros señores de la frontera en los que Fell confiaba, y que la vida continuaría igual que siempre, solo que sin Fell.

—¿Y quién gobierna el norte ahora? —pregunté, un poco avergonzada por no haberme preocupado de plantearlo antes.

Había estado demasiado ensimismada conmigo misma, con mis dificultades, con mis esfuerzos por acostumbrarme y encajar en la manada.

La supervivencia era, en esencia, egoísmo.

Encontraba el modo de eclipsar todo lo demás, de anular el resto de las preocupaciones.

—Nombraron al hijo del señor regente. —Escuché las palabras, pero no las comprendí.

Me quedé mirando a Arran sin entender—. Era el capitán de la guardia del rey —añadió, encogiéndose de hombros con indiferencia.

Igual que a Vetr, a él no le importaba quién hubiese asumido el mando después de Fell.

Los humanos eran todos iguales. No había ni uno bueno.

Sin embargo, lo último que yo sentí fue indiferencia.

—¿El hijo del señor regente? —repetí con una voz que sonaba extraña y aguda a mis oídos, pues ya no podía seguir escapando de la terrible realidad de sus palabras. Stig estaba vivo. ¿Cómo había sobrevivido?

Un gélido frío me atenazó la piel. El pensamiento se repetía en bucle en mi mente, se me hundió en la boca del estómago como una cosa sólida y perniciosa, se propagó como veneno por mi interior.

Stig estaba vivo.

Vetr me dirigió una mirada larga y dura antes de asentir, y me di cuenta de que debía de haber revelado algo con mi voz, con la expresión de mi rostro.

Le había dado alguna pista de que aquella noticia me había afectado, porque así era.

Me había perturbado. Había hecho que me temblaran hasta los huesos.

Stig estaba al mando. El rey lo había nombrado señor de las Tierras Fronterizas.

Reprimí una amarga carcajada. Su padre, siempre sediento de poder, debía de estar satisfecho.

Que el norte pasara de encontrarse bajo el dominio de la Bestia a hallarse controlado por su queridísimo hijo… Todo un golpe de Estado.

Sentí de nuevo ganas de vomitar. Stig era el responsable de los cuerpos empalados que había en la entrada del pueblo. De repente, todo daba vueltas a mi alrededor.

Ese día, en el bosque, me había equivocado al detener a Fell cuando se había dirigido a asestarle a Stig el golpe final.

Si yo no me hubiese interpuesto entre ellos, Stig estaría muerto, y no torturando a personas inocentes.

Me había equivocado. Había errado en tantas cosas…

Para empezar, en haberle confiado a Stig la verdad sobre mí misma.

Me quedé allí sentada, inmóvil ante aquella jarra, apretujando con los dedos la áspera arcilla, mientras trataba de hacer que la estancia dejase de girar y girar.

Quizá Stig no fuese el responsable. Era una esperanza desesperada, y me aferré a ella con todo mi empeño. Quizá desconocía los malvados actos de sus soldados.

Arran oteaba la taberna mientras hablaba, con mucha cautela, para que nadie nos oyese.

—La hambruna y los bandidos ya no son las más terribles amenazas que asolan el norte. —Se calló unos segundos—. Ahora lo es él. Lo llaman el Terror de las Tierras Fronterizas, ¿sabéis?

No. No lo sabía, y deseé no haberlo sabido.