6. Tamsyn #3
—¡Estúpida! ¡Claro que debería importarte!
—gruñó Vetr al alcanzarme, fulminándome con una mirada censuradora mientras limpiaba su espada con movimientos duros y enfurecidos.
Era evidente que estaba resentido por haberse visto obligado a usarla.
Que estaba resentido conmigo. Con ese colosal fracaso como dragona.
Demasiado tonta, demasiado lenta, demasiado débil—.
Estamos aquí para observar y aprender lo que piensan y cómo se comportan, para conocerlos.
Para que nunca nos ataquen por sorpresa, para no ser nunca víctimas de otra Trilla.
No estamos aquí para llamar la atención del régimen actual.
Lo que se hagan los unos a los otros no nos concierne —me abroncó con rabia, y sus palabras me golpearon como lo hacían los látigos que en otra vida me habían desollado la piel.
Y, sin embargo, había hecho algo al respecto. Había dado un paso al frente y había sido piadoso.
Me lo quedé mirando, desafiante.
—Entonces ¿por qué poner fin a su sufrimiento?
Harald le dirigió una mirada penetrante, como si también él se estuviese preguntando lo mismo.
—Ya basta. Dejemos atrás esta macabra escena. —Arrugó la nariz—. El hedor de la sangre humana me ofende.
Vetr espoleó su montura y nos adelantó para entrar al pueblo. Yo lo observé alejarse preguntándome si de verdad tenía tan poco corazón.
Aceleré para alcanzarlo y lo miré de reojo, apenas molestándome en echar un vistazo al pueblo costero que había aparecido ante nosotros.
—¿Quién haría algo así?
—¿Quién si no? —Se encogió de hombros—. Los humanos.
«Los humanos». Lo había dicho con una mezcla de odio y burla.
Nos odiaba de verdad. Los odiaba, a ellos.
Algún día no tendría que corregirme. Algún día me sentiría más dragona y menos humana.
Ya estaba ocurriendo. Con cada día que pasaba en los Riscos, otro pedacito de mi viejo yo desaparecía, se descascarillaba, para abrirle el paso al nuevo.
Para Vetr, los humanos eran todos iguales. Él no hacía diferencias entre los residentes de las Tierras Fronterizas y quienes habitaban en el sur. De hecho, era probable que ni siquiera supiera la diferencia. No le importaban lo suficiente para saberla.
Los penterranos más prósperos vivían en el sur, con sus ciudades bulliciosas y llenas de vida, con sus escuelas y sus bibliotecas, su cultura y su alta sociedad.
Allí, el palacio se erigía con sus torres blancas y besadas por el sol que resplandecían bajo la luz del día.
Mi hogar. O lo que solía ser mi hogar. Los bárbaros vivían en el norte, la parte más inhóspita y agreste del país.
Ningún humano era igual que otro, pero, para él, un humano era un humano. Todos eran lo mismo. Todos eran malvados. Y eso, justo eso, era lo que lo hacía un dragón, más que sus alas o su carne cubierta de escamas: su incapacidad de ver a un humano como otra cosa…, como algo bueno.
—Por lo que he observado, la brutalidad no es un rasgo exclusivamente humano.
Vosotros también lucháis contra… otros. —No me atreví a pronunciar la palabra en voz alta.
No pondría nombre a lo que éramos. Me parecía demasiado arriesgado pronunciarlo allí, en voz alta—.
No estáis por encima del conflicto con los de vuestra propia naturaleza.
—¿Los defiendes? —Me miró con una expresión desdeñosa.
Tragué saliva. Aquello había sido un paso en falso. Entre ellos, no se toleraba nada que pudiera interpretarse como simpatía hacia la humanidad.
—Solo hablo de lo que veo. Toda moneda tiene dos caras.
—Hablas como toda una diplomática.
—Quizá lo sea. —Lancé aquella respuesta con atrevimiento, y luego me arriesgué a añadir—: Quizá eso sea lo que puedo ofrecer. Un puente entre dos mundos.
Me miró de hito en hito un largo momento, y luego arrugó la nariz y resopló con fuerza. Sabía que eso era más de lo que quería de mí. Más de lo que me estaba pidiendo.
Lo que quería eran mis conocimientos. Me había llevado con ellos porque yo había habitado aquel mundo como humana, y había pensado que tal vez se me diera bien sonsacar información al enemigo. No quería que fuese una especie de embajadora entre nuestros dos mundos.
—Yo no quiero un puente —respondió al fin, recorriendo mi rostro con la mirada, contemplándolo en su totalidad—.
Lo que quiero es un muro entre nosotros y ellos.
Tu trabajo —añadió, señalándome con el dedo—, para que te quede claro, es proporcionarme los ladrillos para construir ese muro.
No hay nada que pueda interponerse ante eso.
Nada puede impedirnos proteger a la manada. ¿Entendido?
Asentí bruscamente, a pesar de que sentía que cada pedacito de mí quería rebelarse contra sus palabras, contra su tono autoritario. ¿Por qué la seguridad de uno debía significar la perdición del otro? ¿Por qué tenía que ser o los dragones o la humanidad?
¿Por qué no podían ambos, simplemente, ser?
Quise decirle que no. Negarme a ayudarlo a construir ese muro.
Negarme a aceptar que me diera órdenes, por mucho que fuese mi alfa.
Negarme a darle información sobre un mundo en el que aún vivían personas que a mí me importaban, pocas, pero las suficientes para hacerme vacilar ante cualquier cosa que tal vez les hiciera daño.
No, no y no.
Ya no era una muchacha de los azotes a la que se la pudiera mangonear y controlar. Ya no.
Pero me mordí la lengua. A veces, lo más inteligente era no decir absolutamente nada.
Él miró al frente y siguió adelante.