La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 6. Tamsyn #2
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6. Tamsyn #2

Harald volvió con unos caballos. Arran había continuado el camino hacia un pueblo más grande, Porthavn, más lejos en dirección sur a lo largo de la costa, que era donde nos reuniríamos con él.

Allí buscaría alojamiento en una posada para pasar la noche y reuniría el resto de las cosas que fuesen necesarias.

Vetr no se dignaba a explicarme nada. Su plan para aquella rekon era un misterio, lo que me resultaba frustrante, por descontado.

¿Cómo iba a aprender nada si no me enseñaban?

¿Si no me consideraban digna de recibir instrucciones?

Era casi como si me culpasen a mí por mi falta de conocimientos, por mi ignorancia sobre las costumbres de los dragones.

Y, sin embargo, me había traído con ellos.

¿Por qué? Me confundía. Él me confundía.

Me esforcé todo lo posible por observar y prestar atención, por absorber no solo lo que se decía, sino todo lo que me rodeaba. Los gestos casi imperceptibles entre Vetr y Harald, las miradas que intercambiaban, los hombros que se tensaban y los ceños que se fruncían. Descifraba todo lo que podía.

Los tres viajábamos por un camino por el que habían hecho lo mismo muchos antes que nosotros, una senda muy transitada, plagada de profundos surcos y marcas, como la corteza de un árbol viejo y nudoso. Había llovido hacía poco, lo que volvía complicado e incómodo maniobrar a lomos del caballo.

De vez en cuando, nos cruzábamos con otros viajeros.

Algunos iban a pie, y otros, en carromatos, pero todos ellos tenían ojos sombríos y nerviosos, tensión en los rostros adustos y tirantes que nos escrutaban sobre nuestras monturas.

Aquellas personas, las gentes de Penterra, no presentaban buen aspecto.

Parecían necesitar un plato caliente y ropas mejores y más abrigadas.

Algunos no llevaban los pies cubiertos más que de unos harapos.

Y, más que eso, lo que me preocupaba era cómo nos miraban, casi con temor. ¿Acaso se olían algo? ¿Sentían la magia que habitaba en nuestro interior?

Pero enseguida comprendí que no era posible que sospecharan lo que éramos.

No, simplemente, estaban tan oprimidos que cualquiera que pareciera más fuerte o más próspero representaba una amenaza.

Aquellas gentes parecían perseguidas porque lo estaban, y no por la amenaza de la magia.

Eran los pertenecientes a su propia especie quienes los pisoteaban.

Recordé mi travesía hacia el norte, las pruebas de la pobreza y la hambruna que había visto por todas partes.

Recordé los bandidos que habíamos encontrado en el camino.

En aquel entonces, las cosas ya iban mal, y aún habían empeorado más desde entonces.

Sin Fell liderando el norte, tenían que ir peor.

Lo sabía. Lo sentía en el aire carente de niebla.

Lo saboreaba sobre mi piel. Lo respiraba por los poros.

Sentí el peso de una inmensa culpa sobre mis hombros, porque no se me había ocurrido que aquello pudiera estar pasando. Había pensado solo en mí, en mi dolor y en mi supervivencia…, en mis necesidades.

Cuando estábamos ya más cerca de Porthavn, pude comprender del todo la verdadera degradación de aquel mundo. El camino se dobló en una curva que luego se ensanchaba al acercarse al pueblo. Allí había varias picas alineadas en la vía principal, y verlas fue como una bofetada en la cara.

—Por los putos infiernos —maldijo Harald, que estaba a mi lado.

Nos detuvimos en seco.

Me quedé helada, con la piel pegajosa del sudor que me humedecía las axilas.

Respiraba acelerada y bruscamente; y mi yegua tampoco estaba muy contenta.

No hacía más que menearse donde estaba y patalear contra el suelo, agitada por el aroma de la sangre, por los gritos de agonía.

Cogí las riendas con fuerza y tiré de ellas para tratar de controlarla.

—Y nos llaman monstruos a nosotros —masculló Vetr con gran disgusto—. Mira lo que se hacen los unos a los otros. A los de su propia especie.

Y yo miré.

No podía no mirar.

Miré y respiré pesadamente, con el estómago del revés. La comida que había engullido amenazaba con volver a salir por donde había entrado.

Las picas estaban profundamente enterradas en la tierra, a lado y lado del camino, y en las barras de madera había cuerpos clavados.

Humanos. Personas. Hombres y mujeres empalados.

Eran más de una docena, tal vez veinte. La mayoría eran cadáveres, pero no todos estaban muertos.

Algunos seguían con vida, retorciéndose y gimiendo, rogando por que sus vidas terminasen de una vez.

Gorgoteaban palabras ininteligibles mojadas de sangre y de mocos, impedidos por las picas de punta redonda que asomaban por sus bocas.

—Sádicos. Usan puntas redondas para que los pobres desgraciados no mueran de inmediato —explicó Harald—. Así no se atraviesa ningún órgano vital y viven más tiempo. Se desangran poco a poco.

Ya no pude seguir conteniendo las arcadas que se agitaban en mi estómago. Me incliné sobre mi yegua y vomité el desayuno en el suelo. Luego, tapándome la boca con el dorso de la mano, volví a mirar a los cuerpos clavados en las picas.

Me tragué la bilis, y espoleé a mi montura para que se acercase a una mujer empalada. Era joven. De mi edad.

Nadie merecía un destino tan horrible. Iba más allá de lo imaginable. Observé a Vetr, cuya expresión era fría, impasible. No se desprendía absolutamente nada de su mirada de escarcha.

Señalé a la mujer con la cabeza.

—Bajémosla.

—Ya está muerta —replicó Harald con voz inexpresiva, instando a su caballo a continuar, sin mirar ya a ninguno de ellos—. Están todos muertos. No hay nada que podamos hacer.

—Ella sigue viva. ¡Y está sufriendo!

Harald me ignoró y siguió adelante, evitando mirar a la izquierda o a la derecha, montando por el centro del camino que llevaba al pueblo. Tal vez para él era más fácil no mirarlos, fingir que no estaban allí.

Pero, por espantosa que fuera la imagen, yo no era capaz de hacer lo mismo que él.

No era capaz de apartar la vista del horror, del amasijo de carne y de sangre que antes había sido una vida humana.

Contemplé sus ojos fuera de las órbitas, esos pozos profundos y colmados de dolor, una mezcla de gris y verde que no parpadeaba.

De algún modo, sentía que si apartaba la vista la estaría abandonando.

Estaría desertando a esa mujer que no conocía y en la que, sin embargo, me veía a mí misma.

Perdida, aterrorizada y sola, aun rodeada de gente.

Yo era lo único que le quedaba en ese momento, que a ella debía de antojársele una eternidad. No pensaba marcharme. No la dejaría sola. No podía.

Fuera yo lo que fuese, me convirtiera en lo que me convirtiese, no podía hacer eso.

De repente, Vetr estaba a mi lado, moviéndose montado en su caballo entre la mujer y yo y tapándomela con su enorme cuerpo. Blandió su espada con fuerza, haciéndola silbar en el aire.

Me incliné hacia delante y miré.

Los ojos de la mujer se abrieron más durante un instante con un destello de sorpresa…

y también de gratitud. Luego se apagaron, se encogieron; la desgracia empezó a desvanecerse junto con su luz interior, hasta que nada de ella quedó atrás.

Una pátina apagada cayó sobre aquellas esferas que ya no veían nada.

Exhalé. Había perecido.

—Ya está —declaró Vetr—. Está hecho.

Me estremecí y contuve un sollozo entrecortado, aunque tampoco se habría oído por encima de los patéticos gemidos de quienes todavía se aferraban a la vida.

Vetr siguió adelante y terminó con los demás. Fue un acto de piedad, y no supe si lo había hecho por mí o por ellos, aunque se lo agradecí de igual modo. Fuera como fuese, su sufrimiento había terminado por fin.

Yo avancé tras Harald, que me contempló con extrañeza y luego miró a su alrededor con cierto recelo, como si tal vez pudiera haber alguien observándonos.

—No creo que a quienes los han puesto ahí les parezca bien lo que hemos hecho —dijo.

—¿Debería importarnos lo que quieran los monstruos responsables de esto?

—le espeté. Por lo que a mí respectaba, solo la escoria de la humanidad sería capaz de algo semejante.

Lo más bajo, lo más despreciable. Seres desalmados.

Sentí que se me erizaba la piel, que las brasas ardientes se reunían en el fondo de mi garganta, como una tormenta gestándose—.

¡Espero que estén mirando! ¡Que lo vean!

—solté con insolencia, deseando hacerles probar mi fuego.