6. Tamsyn
Tamsyn
A ntes, solía soñar siempre con fuego. Nunca comprendí por qué.
Pero ya lo entendía.
Ahora soñaba con lo de antes… Con Penterra, donde moraban los humanos.
El único hogar que había conocido. Era un lugar que ya no me pertenecía, pero, aun así, Penterra protagonizaba todos mis sueños…
, junto con otras cosas. Cosas que habían sido.
Cosas que yacían bajo la superficie, bajo la piel, escondidas en mis recovecos más profundos, que en mis sueños resurgían y acudían a mi encuentro.
Volamos escondidos por el manto de la noche, surcando aires fríos y húmedos llenos de partículas de hielo que se clavaban en mi piel de dragona como agujas afiladas.
Supe que nos dirigíamos hacia el sur de los Riscos, en dirección a las Tierras Fronterizas, por el sudeste, por la costa, porque paladeaba el aire salobre con mi lengua de fuego.
Mientras el cielo se iluminaba, pasando de una oscuridad tenebrosa a un púrpura oscuro más suave, aterrizamos en unos matorrales.
No era un sitio cualquiera, sino una ubicación que habían elegido de forma deliberada.
Allí, entre los árboles y la hierba dorada que se mecía, había una pequeña cabaña apartada cuyos tablones de madera estaban desvaídos y resecos por el paso del tiempo, y que se mezclaba con los colores marrones y dorados del bosque.
Yo estaba desnuda. Las plantas de mis pies descalzos se hundían en el barro y las hojas, que crujían con suavidad bajo mi peso mientras giraba, oteando mis alrededores.
Siempre nos desnudábamos antes de manifestarnos —de lo contrario destrozábamos una muda entera de ropa— y también de pie, cuando nos transformábamos de nuevo en humanos.
Hacía tiempo me había sentido cohibida en esos momentos, expuesta, demasiado a la vista, tan vulnerable como una frágil mariposa en mitad de una tormenta.
Sin embargo, todos los miembros de la manada me habían visto ya desnuda, incluidos mis tres acompañantes.
Mis reservas se habían esfumado…, en su mayoría.
Pero me sentía cohibida solo de forma superficial, y me resultaba más fácil fingir que la desnudez era totalmente corriente, tan corriente como cambiar de forma, o volar, o exhalar fuego.
Tan corriente como ser algo que los humanos consideraban una abominación que no merecía más que ser destruida.
Harald y Arran se dirigieron hacia la cabaña, abrieron la puerta y entraron. Sabían perfectamente qué hacer. Era evidente que habían hecho aquella rekon y habían visitado aquella cabaña incontables veces.
Vetr me indicó con un gesto que los siguiera y yo obedecí.
Entré en la cabaña, con su madera reseca y avejentada y el suelo que crujía.
Una vez dentro, nos vestimos con ropa que parecía haberse dejado allí para nosotros, todo un surtido de prendas guardadas en una cómoda.
Una cómoda, nada menos. También había una mesa con sillas, unas camas pulcramente hechas y un suelo de madera cubierto de alfombras de yute.
Desde fuera, daba la sensación de que con una fuerte ráfaga de viento habría bastado para tumbarla, pero por dentro casi parecía un hogar, con sus muebles y sus efectos personales, como si hubiese estado aguardando nuestra llegada con el aliento contenido.
Así vestida, con unos pantalones de cuero, una sobretúnica gruesa y acolchada, una daga envainada en un costado y un manto de pelo sobre los hombros para mantener el frío a raya —como si lo necesitara—, me di cuenta de que tenía el aspecto de cualquier habitante de las Tierras Fronterizas, tan común como la niebla que…
Me detuve de golpe y corrí a la ventana.
Abrí las contraventanas y contemplé el exterior, desde donde los árboles y la hierba dorada que se mecían suavemente con el viento me devolvían la mirada.
No había niebla. Estábamos en las Tierras Fronterizas y no había niebla.
Ambas cosas habían ido siempre de la mano, tan unidas como el día y la noche.
Una mezcla indisociable. Y, sin embargo, no había ni rastro de la niebla que cubría perpetuamente aquellas tierras.
Miré hacia abajo, hacia arriba, hacia todas partes.
El cielo estaba brillante y claro bajo la luz del alba, salpicado de rayos de sol y motas de polvo.
Di un paso atrás y miré a Vetr.
—La niebla… ya no está.
Él asintió.
—Fell ya no está.
Asentí despacio al comprender la sucinta explicación. La verdad que encerraba, el significado que albergaba, resonaba en mi interior como una campana, tañendo a través de mí, reverberando profundo, hasta en el tuétano de mis huesos.
—Tú podrías proporcionar la niebla, ¿no? —pregunté, titubeante. Él también era un ocultador. Ese era su talento.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
Parpadeé. Su cortante réplica me había hecho sentir estúpida. En efecto, ¿por qué? ¿Para qué proporcionaría una capa protectora en las Tierras Fronterizas que ayudase a frustrar las acciones de los bandidos y los saqueadores de Veturlandia?
¿Para qué haría nada por ayudar a la humanidad?
Desalentada, me aparté de la ventana. Harald y Arran se movían a través de la estancia a toda prisa sin prestarme la menor atención. Arran levantó una de las piedras de la chimenea, cogió un saquito del interior de la cavidad oscura y lo lanzó arriba y abajo con la mano, sopesándolo.
—Debería bastar.
Vetr asintió, lo que no hizo sino aumentar mi malestar. Tenían sus tareas. Sabían lo que hacían. Yo, en cambio, no tenía nada que hacer, más que quedarme a su lado y observarlos.
Harald y Arran se marcharon sin mediar palabra y yo me quedé sola con Vetr.
—¿Adónde han ido?
—Hay un pueblo a pocas horas de aquí. Han ido a comprar monturas para todos y algo de comida. —Claro. Comida. En la cabaña no había nada de comer. Ni nada vivo, como un caballo, que poder montar para salir de allí.
Miré de nuevo a nuestro alrededor. Todo estaba cubierto de una fina capa de polvo. Hacía tiempo que nadie pisaba aquella cabaña. Vetr se puso manos a la obra enseguida, amontonando leña para la chimenea. Allí agachado, se volvió hacia mí y me apremió con un gesto.
Tardé unos segundos en entender a qué se refería. Parpadeé y me puse en marcha, soplando una llama rizada sobre los troncos hasta que se prendieron.
Le dediqué una sonrisa burlona.
—¿Para esto me has traído? ¿Para que os encienda el fuego?
Él no me la devolvió. Vetr no sonreía nunca.
—Te he traído para que aprendas un par de cosas.
—Yo pensaba que a las rekons solo iban aquellos a los que se les considera preparados. —No los que todavía necesitan entrenar y aprender «un par de cosas».
En la penumbra de la cabaña, sus ojos brillaban como dos orbes iluminados desde dentro, y me pregunté si eso era porque simplemente él era así o si tendría que ver con la magia que lo definía… La que nos definía a todos nosotros, los dragones.
—Estás más preparada de lo que piensas.
Cambié el peso de un pie a otro. Esa mirada sobre mí, esa voz grave que vibraba a través de mí, el aire que parecía parpadear a nuestro alrededor… Todo aquello no hacía sino enfatizar que estábamos completamente a solas.
—¿Ah, sí?
—Hay una primera rekon para todo el mundo.
—Supongo —murmuré. Solo que en la manada había varios miembros que nunca habían salido de los Riscos. Nayden, Kerstin… y muchos otros. ¿Pensaba que estaba más preparada que todos ellos? Era halagador…, pero poco probable.
—Lo harás bien. Hay fuerza dentro de ti. Vi las pruebas de ello desde el momento en que llegaste.
Ladeé la cabeza con brusquedad, algo sobresaltada por sus alabanzas. Había dado por hecho que lo único que veía en mí era debilidad. Dolor y dificultades. Las cosas que veía reflejadas en los ojos de los demás cuando me miraban.
Aunque sabía que yo era más que eso, por supuesto.
Me habían educado para resistir, para soportar el dolor y el malestar. Y, sin embargo, me reforzaba el ánimo que otro, el alfa de la manada, el hermano de Fell, reconociera que no era débil ni insignificante.
Señaló una de las camas.
—Tardarán en volver. Descansa un poco.
Asentí, me acerqué a la cama y aparté el cubrecama polvoriento.
Las sábanas que había debajo parecían limpias, así que me metí entre ellas, deslizando la palma de la mano bajo mi mejilla.
Antes nunca dormía así, con la mano acunándome el rostro, pero se había convertido en una costumbre.
Me reconfortaba sentir la carne protuberante de la «x» contra la mejilla.
Desde la cama, eché un vistazo a la cabaña.
Cuatro paredes. Un techo. Una única ventana, con contraventanas.
Y una puerta. Una puerta maciza, con su pestillo y su cerrojo de hierro.
Todos los artificios del mundo humano. Tan familiares…
y a la vez no. Era como algo salido de un sueño.
Como una ilusión. Como un recuerdo nublado por el tiempo, un viejo libro leído hasta desgastar sus páginas, hasta que se le rompiera el lomo.
Deslicé los pies descalzos sobre las sábanas, inquieta.
Oí su voz desde el otro lado de la habitación, como una caricia profunda sobre mi carne más sensible.
—Duerme.
No iba a dormir. Ya lo sabía.
Había vuelto a Penterra. Al lugar que destruía a aquellos que eran como yo.
Su voz me encontró de nuevo.
—Todo irá bien, Tamsyn. Ya lo verás. Tú te criaste aquí…, entre ellos. Se te dará bien.
—¿El qué?
—Encajar. Moverte entre ellos, interactuar…, reunir información.
Ah. ¿Por eso me había traído con ellos? ¿Porque pensaba que se me daría bien espiar a los humanos?
«Todo irá bien».
Eso no te lo podía prometer nadie. Lo único que se podía hacer era intentarlo.
Intentar sobrevivir. Intentar no morir. Intentar dar con un lugar seguro. Con un hogar, en esa vida.
—Espero que tengas razón.
Aquel mundo era como un viejo abrigo que, tras ponértelo después de haberlo descartado durante otra estación, ya no quedaba igual que antes, que había cambiado, a pesar de seguir teniendo el mismo corte.