La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 5. Tamsyn
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5. Tamsyn

Tamsyn

D urante el desayuno, Aksel anunció que debíamos reunirnos en la arena.

La mirada ámbar oscuro del skeppar se deslizó sobre la manada, como buscando signos de desobediencia, aunque tampoco los iba a encontrar.

Todo el mundo estaba bien entrenado y hacía gala de una lealtad inquebrantable, a pesar de que algunos de los dragones más jóvenes de la manada mostraban algún que otro signo de terquedad.

Pero no era una terquedad incorregible. Nadie vacilaba ante anuncios como ese, ni siquiera yo. Me puse al lado de Kerstin mientras nos dirigíamos a la arena.

Vetr no había estado presente durante el desayuno, otra comida que iba mucho más allá de nada que yo hubiese experimentado en Penterra.

Mis hermanas y yo solíamos tomar gachas con miel en el salón adyacente al aula.

Nunca nos atiborrábamos de dulces ni de incontables lonchas de beicon, pero para la manada eso era una mañana como otra cualquiera.

A veces, Vetr —y aquellos a los que se les hubiera asignado la tarea de vigilancia— se saltaba el desayuno.

Ese día, sus obligaciones habían requerido de su presencia en otra parte.

Sin embargo, sí que estaba en la arena, cuando todos entramos y nos sentamos en los bancos de piedra que formaban un semicírculo alrededor de la pista.

Una vez que nos hubimos sentado, fijamos la mirada sobre él.

Aksel asintió una vez para indicarle que todo el que debía estar presente ya lo estaba.

—He decidido que nos conviene partir hacia el sur en una rekon antes de que llegue el invierno —empezó Vetr.

El anuncio provocó gran revuelo en la manada.

Miré a mi alrededor y me fijé en los rostros de los demás, radiantes de expectación.

Desde mi llegada, habían partido dos expediciones en dirección sur, a Penterra, y otra en dirección norte, a Veturlandia.

Rekons, las llamaban. Su propósito era obtener información de las poblaciones de humanos que nos rodeaban por ambos lados, hacia el norte y hacia el sur…

Y abastecerse de provisiones que no se encontraban en los Riscos.

Sin embargo, el objetivo principal de las rekons era conseguir información.

Las expediciones las lideraba siempre Vetr o alguno de sus skeppars. Siempre.

—Y me llevo conmigo a… —examinó a la manada con la mirada— Harald y…

Todo el mundo se inclinó hacia delante, esperando con expectación, con la esperanza de que el siguiente nombre que anunciara fuese el suyo.

Al fin y al cabo, oír el nombre de Harald no había sido ninguna sorpresa: a menudo era seleccionado para participar en aquellas incursiones.

Tenía un vínculo con Anders, un skeppar, y era capaz, digno de confianza y uno de los más fuertes de la manada, quizá el que más, ya que era un dragón de ónice.

Ser seleccionado era un privilegio. Aquellas rekons no eran simples patrullas por los Riscos para cazar y recolectar alimento, no eran un paseo por los territorios circundantes.

Duraban días, y a veces incluso más, semanas.

Partir a una rekon significaba que Vetr consideraba que ya estabas preparado, que tenías las habilidades y la agudeza necesarias para desenvolverte entre los humanos en situaciones de muy alto riesgo, en las que con un solo error podías exponerte y ponernos a todos en peligro.

Sin embargo, como Vetr lideraría la expedición, ninguno de los skeppars formaría parte del grupo.

Las incursiones las guiaba o bien él, o bien uno de los otros dragones de la cadena de mando, porque era importante dejar una autoridad competente en el seno de la manada.

Esta debía estar siempre bien protegida y fortificada, y ser capaz de seguir funcionando si algo le ocurría a Vetr o al skeppar que liderase la expedición.

—Arran. —El alfa detuvo la mirada sobre el único dragón hipnos de la manada.

Igual que Harald, Arran era elegido a menudo, pues su talento complementaba bien al de Vetr.

Arran era capaz de rellenar los huecos que dejaban atrás en las mentes borradas de los infelices humanos a los que Vetr ensombrecía con su talento de ocultador.

Era capaz de persuadirlos para que creyeran cualquier relato que deseara proporcionar a sus mentes.

Cuando trabajaban juntos, Vetr y Arran hacían gala de un poder formidable a la hora de aventurarse en tierras peligrosas.

Vetr, Harald y Arran. Eran los mejores de todos nosotros.

Bueno, algunos de los mejores, pues en la manada abundaban dragones que eran muy buenos en lo que hacían.

Y luego estaba yo, que avanzaba a trompicones para conseguir seguirles el ritmo, tratando de alcanzarles como una joven desgarbada.

Me sacaba de quicio. Todavía me quedaba mucho que aprender, y yo no tenía la excusa de la juventud.

Los más jóvenes de la manada carecían de la experiencia y el refinamiento que les conferiría el tiempo. A mi edad, yo ya tendría que haber tenido todo eso. Tendría que haber sido eso.

Pero me juré que lo sería.

—Tamsyn.

Al principio, el sonido de mi nombre no pareció llegar a mis oídos. Estaba demasiado ocupada dando vueltas a cómo me labraría un camino para seguir avanzando.

Así pues, no reaccioné: me limité a seguir mirando a Vetr con el rostro inexpresivo. Pero no tardé en comprender que el nombre que había pronunciado era el mío, aunque no entendía por qué.

Kerstin me dio un fuerte codazo, sobresaltándome. Parpadeé y miré a mi alrededor hasta detenerme en los ojos de escarcha de Vetr, tan calmos, tan firmes como mares sin vientos. Distintos de los de los demás, que me miraban sorprendidos y, en el caso de Nayden, también resentidos.

—¿Ella? ¿Quieres llevártela a ella a una rekon? —Nayden negó con la cabeza, claramente contrariado. Se negaba a aceptarlo—. No. ¡No está preparada! ¡Llévame a mí! ¡Yo sí lo estoy!

«¿Yo?».

Anders emitió un áspero rugido alojado en su garganta y dio un paso hacia Nayden con aire amenazador. Vetr, en cambio, parecía más relajado. Alzó dos dedos en el aire de un modo sutil y poco apresurado para detener los avances del imponente Anders, que murmuró:

—Diciendo eso ya demuestras que no estás preparado.

«¿Y yo sí lo estoy?». Tragué saliva con fuerza.

A Nayden le ardía el rostro; se le tiñó de un rojo bastante más llamativo que el de su colorido cabello. Cerró las manazas en sendos puños que mantuvo fijos a los lados de su cuerpo, como si estuviese luchando contra el impulso de emprenderla a golpes.

A Vetr no le pasó desapercibido. Ladeó la cabeza con brusquedad.

—Doy por hecho que tú y yo no necesitamos tener otra charla en privado, ¿no es así, cachorrito?

Por un instante, me dio la sensación de que tal vez Nayden aceptase el desafío, pero entonces Mats le puso una mano en el hombro para tranquilizarlo y le susurró algo al oído.

Fuera lo que fuese, debió de ser un buen consejo, y sirvió para recordarle a Nayden que más le valía morderse la lengua. Bajó la vista y asintió dócilmente, como un niño al que acabasen de regañar. No habría más protestas ni críticas, al menos no en ese momento.

Vetr detuvo entonces los ojos sobre mí, clavándome la mirada penetrante, fija, lo que fue una acometida en sí misma, porque temí que viese lo poco preparada que estaba.

Había llegado a mis oídos lo peligrosas que podían llegar a ser esas rekons, y, aunque yo no era ninguna debilucha, tenía ante mí una larga hilera de dragones mejor entrenados que yo.

—Tamsyn. —Pronunció mi nombre sin inflexión alguna—. ¿Estás preparada?

Sentí sobre mí el peso de todas las miradas, a pesar de que yo solo tenía ojos para él, para Vetr, el alfa que consideraba que estaba lista para volar hacia el sur. Hacia el lugar de donde venía, hacia el lugar que había creído mi hogar.

Vuelta al principio.

Despacio, asentí.