4. Tamsyn #3
Desde que había llegado allí, y desde que me había enterado de la verdad sobre mi pasado y sobre lo que mi madre debía de haber afrontado cuando yo había nacido, cada vez pensaba más en ella.
Había dejado de ser una tenue sombra para mí.
Aún sin nombre, sí, pero ya no era solo una sombra.
Había empezado a sentir que la conocía. Me había salvado la vida.
Habría podido matarme, pero había decidido enfrentarse a los otros, tan dispuestos como estaban a matar humanos, y había volado hacia el sur para dejarme en la Ciudad.
Debía de haber pensado que aquella era mi mejor oportunidad de tener una vida.
Me preguntaba si seguiría viva. Me habían contado que algunos de los Antiguos seguían entre nosotros.
Vivían más hacia el norte, adentrados en los Riscos, donde el aire era escaso, casi inexistente.
Habitaban en túneles que se interrumpían para caer hacia el abismo, desplomándose en las mismísimas tripas de la tierra, mucho más abajo, donde ningún humano podría aventurarse jamás.
Era evidente que era justo eso lo que los Antiguos buscaban.
No querían tener nada que ver con la humanidad…
Ni siquiera con nosotros, esta nueva generación de dragones.
Llegarían al final de sus vidas sin que este mundo los rozase siquiera.
Las palabras de Kerstin reverberaron en mi mente. «No tenemos adónde ir».
No le faltaba razón. Era precisamente eso lo que me mantenía allí, atrapada en esa extraña piel intercambiable, en la que el dragón siempre bullía bajo la superficie.
¿Adónde más podría ir? Había albergado la esperanza de que aquel lugar se convirtiera en algo más que un simple refugio al que había acudido por necesidad.
Había pensado que quizá, un día, cuando hubiera aprendido todo lo que hiciera falta sobre mi dragona, cuando hubiera aprendido a encajar en la manada, me sentiría en casa.
—Nuestro lugar está en los Riscos —prosiguió Kerstin. Sus palabras brotaban con suavidad, como si ni siquiera ella estuviera muy segura. Hizo una pausa y respiró hondo, afianzándose lo suficiente para decir con más convicción—: Este es nuestro hogar.
Tragué saliva. Deseaba que fuera cierto, pero ¿cómo iba a sentir que aquel era mi hogar si yo no era como ellos? No era una dragona ni una humana. No era nada.
Al menos, la cena terminó por fin y pude volver a mi guarida y desvestirme para meterme en la cama.
Me cepillé el pelo vigorosamente, casi con rabia, con un cepillo con gemas incrustadas en el mango que habría sido la envidia de cualquier princesa, pero que era mío.
Allí no era más que un objeto ordinario.
Un cepillo con gemas incrustadas, como cualquier otro cepillo que se encontrase allí.
Me peiné los bucles de fuego en una trenza suelta, para que no se me enredaran mucho mientras dormía, y luego estudié mi reflejo, mi rostro, que parecía más delgado, de algún modo, con los pómulos más marcados… Había gastado la juventud; había perdido la inocencia.
Ya no era una muchacha. Tenía aspecto de viuda de pies a cabeza, con esos ojos cansados que parecían pertenecer a alguien mucho mayor de mis veintidós años.
Me detuve un instante al pensarlo. Tenía ya veintidós años.
Mi cumpleaños había sido hacía meses sin que nadie lo notase.
Nadie lo sabía, y no vi razón alguna para señalarlo.
El día llegó y pasó, como cualquier otro.
En todos mis cumpleaños anteriores se me había agasajado con tarta y regalos.
A mis hermanas les encantaban las celebraciones, fuera cual fuese la excusa.
Ya habrían celebrado también los suyos. Me pregunté si Feena y Sybilia se habrían comprometido ya, y con quién.
Quizá alguna de ellas se hubiese incluso casado, formando una importante alianza para Penterra.
Alise era aún demasiado joven, pero sabía que no debía dar por hecho que el rey y la reina no rompiesen la costumbre de esperar hasta que cumpliera los dieciocho si eso les beneficiaba.
Muchas cosas podían cambiar en tan poco tiempo.
Me miré la mano con la que sostenía el mango incrustado de gemas de mi cepillo. Yo lo había comprobado de primera mano.
Con un suspiro, terminé de examinarme y me puse de pie.
Por las noches no descansaba. Por cómodo que fuese mi lecho, con sus lujosas pieles, nunca encontraba una postura del todo cómoda. Era como si ya no supiese dormir sola.
La ausencia de Fell, a mi lado, era un vacío doloroso. Solo habíamos dormido el uno al lado del otro durante un par de meses, pero aún sentía su ausencia, sobre todo cuando estaba sola, en la oscuridad.
Me deslicé entre mis pieles y me ovillé hacia un lado, colocando la mano bajo la mejilla. Las líneas de los cortes de mi palma vibraban, calientes. La sensación traspasaba la piel, se hundía más allá de la carne, las venas y los tejidos, hasta llegar al hueso.
Cerré los ojos e imaginé que era su mano la que me acariciaba el rostro.
Y luego, sin pensarlo, sin darle un sentido, exhalé y susurré…, liberando su nombre, lanzándolo al éter:
—Fell…
De la nada, una ráfaga de viento se coló en mi guarida, acariciándome, moviendo algunos mechones de mi pelo. Se me puso toda la carne de gallina.
Casi me pareció una respuesta.