4. Tamsyn #2
Asentí despacio, porque parecía necesitar algún tipo de respuesta.
Y entonces, de repente, plantó las manos pegajosas sobre la mesa y, con una total falta de decoro, gritó:
—¡Dejadlo ya! ¡No os quiere a ninguna de las dos! ¡Elegid a otro!
Tanto Gudru como Estrid la oyeron. Todos la oyeron. Debieron de oírla hasta en el Borg. Se oyeron gritos ahogados, risas nerviosas, murmullos y algunas carcajadas.
Los ojos marrón oscuro de Gudru se tornaron tan duros como el pedernal. Fulminó con la mirada a Kerstin… y a mí. Como si ambas fuésemos cómplices en el drama que se había montado. Como si yo fuese culpable por asociación.
Estrid, por su parte, hizo un gesto maleducado que reconocí perfectamente. «Que te den» tenía una traducción universal.
Kerstin se rio un poco, y yo sentí que se me escapaba una sonrisa, muy a mi pesar, mientras daba un bocado al pan calentito y crujiente infusionado con hierbas y untado con mantequilla fresca.
—¿Kerstin? —la llamó una voz, tensa y desaprobadora—. ¿Ocurre algo? —Eran palabras educadas, pero estaban envueltas en una capa de acero. Desvié la mirada hacia la propietaria de la voz: Brenna, una skeppar y la única dragona verda que había entre nosotros.
Los skeppars eran los miembros más antiguos de la manada, lo que no significaba que fuesen viejos. Brenna solo era unos años mayor que yo, pero tenía mucho más mundo. En efecto, era una veterana, mientras que yo era poco más que una novata.
Había una cadena de mando, y quienes transmitían las órdenes eran normalmente los skeppars de Vetr: Anders, Brenna o Aksel. Brenna era, tal vez, la más formidable de los tres. Entornó los ojos verdes con una expresión perspicaz. Era evidente que la conversación no se le había pasado por alto.
La pálida piel de Kerstin se tiñó de rosa. Se puso recta, aún sentada a mi lado, y adoptó una expresión inocente, con los ojos muy abiertos.
—Está todo bien, Brenna. —Inclinó el plato casi vacío como demostrando lo que decía—. La cena de hoy estaba deliciosa.
Al ser una verda, Brenna era una maestra en todo lo relacionado con las plantas y las hierbas, desde la preparación de las comidas hasta el cuidado de los jardines y los cultivos, pasando por crear remedios herbales y tinturas para los enfermos y los heridos.
Gozaba de un amplio abanico de talentos.
Era ella quien supervisaba varias de las tareas que se me habían asignado.
Me dedicaba al jardín varias veces por semana, y me habían llamado más de una vez para ayudar en la enfermería cuando era necesario otro par de manos, como en la primavera anterior, cuando tanto Brynhild como Vestar habían sido corneados repetidas veces por una piara de jabalíes de guerra y habían estado a punto de morir.
Domados gracias a los hechizos de las brujas, los jabalíes de guerra se habían usado durante la Trilla.
Soldados de todos los reinos habían cabalgado hacia el Lamento a lomos de las enormes bestias con grandes colmillos.
Tras el final de la Trilla, después de que las brujas perdieran el favor de los humanos, los hechizos que los domaban se habían disipado y los jabalíes, de nuevo salvajes, se habían refugiado en las tierras pantanosas y los Riscos, igual que habían hecho los dragones.
Eran especialmente agresivos, sobre todo cuando estaban en celo.
Brenna asintió secamente. Aparentemente complacida de que el arrebato de Kerstin hubiera terminado, volvió su atención de nuevo hacia su compañero, Nils, que estaba sentado a su lado.
Kerstin se relajó un poco y cogió dos bollos más de pan aromatizado. Me dejó uno en el plato.
Gudru y Estrid ya no nos miraban.
Me metí el pan salado en la boca. Tenía ganas de irme, pero sabía que no podía. Vetr y sus skeppars eran siempre los primeros en marcharse. Nadie podía hacerlo antes que ellos, y no parecían listos para partir: sus platos seguían rebosantes de comida.
Por fortuna, esa noche no me tocaba trabajar en las cocinas.
Podría retirarme a mi guarida en cuanto la cena llegase a su fin.
Suspiré y miré a mi alrededor, hasta que mis ojos se toparon con los de Nayden, que me estaba fulminando con la mirada.
Le devolví el gesto, decidida a no acobardarme.
Comía con la cara pegada al plato, metiéndose las verduras y el cordero asado en la boca con la ayuda de un pedazo de pan a modo de pala, todo ello sin despegar su feroz mirada de mí.
—Ese chico… —Kerstin chasqueó la lengua, como si él fuese mucho más joven que ella—. No está bien desde que llegaste tú.
—¿Ah, sí? —pregunté, todavía sosteniendo la mirada del muchacho—. Tal vez entonces debería irme.
No tenía pensado decir tal cosa, pero las palabras salieron de mi boca por voluntad propia.
Mi encuentro con Vetr me había dejado fracturada, inestable…
y un poco desesperada. No debería haberle dicho eso a Kerstin, pero ya era demasiado tarde.
Las palabras flotaban libres, pendían del aire mientras esperaban a que alguien las atrapara, y ella lo hizo.
Sentí el peso de su mirada en un lado de mi rostro.
—¿Por qué querrías hacer eso? No tenemos adónde ir.
—Había perplejidad en su voz, pero también algo más.
¿Curiosidad, tal vez? Como si, en caso de existir otras posibilidades, quisiera que yo las compartiera con ella enseguida—.
Tu sitio está aquí. Este es nuestro hogar.
Es lo que querían los Antiguos… Por eso nos trajeron aquí, junto a Vetr. Para construir una vida.
«Antiguos», en este caso, sí que significaba viejos.
Después de la maldición de Vala, cuando los dragones empezaron a dar a luz a humanos en lugar de a crías de dragón, algunos de ellos no mataron o abandonaron a sus bebés humanos. Poco a poco, se fue formando una nueva generación de dragones.
Durante aquellos primeros años, Vetr vivió solo: era un niño salvaje que se las arreglaba sin nadie en los Riscos, con la ayuda ocasional de algunos Antiguos que empatizaban con sus dificultades. Y no solo sobrevivió, sino que salió fortalecido.
A medida que maduraba, cada vez más Antiguos empezaron a dejar a sus retoños humanos junto a él, al menos, aquellos que no eran capaces de asesinar a sus hijos. Vetr fue formando una manada. Esa manada.
Yo pensaba a menudo en mi madre dragona. Si hubiera sabido de la existencia de Vetr, ¿me habría dejado con él en lugar de hacerlo en el patio del palacio? Qué diferente habría sido mi vida.