4. Tamsyn
Tamsyn
C ada noche, nos reuníamos para cenar en una gigantesca mesa en forma de V a la que se sentaba la manada entera.
Todo era de lo más civilizado. En el centro de la mesa colocaban candelabros con gemas incrustadas, y los platos y los cubiertos eran de oro resplandeciente.
El menú ofrecía comida en abundancia: suculentas carnes asadas y verduras que nadaban en sabrosas hierbas, quesos y bayas, pan recién hecho, crujiente por los bordes y con un centro tierno, que se servía con mantequilla recién elaborada, budines dulces, pastas…
La mesa real de Penterra habría estado orgullosa.
Los dragones se tomaban sus comidas muy muy en serio. Gozaban —gozábamos— de un inmenso apetito. Desde que mi dragón se había manifestado, comía de verdad: consumía alimentos como nunca lo había hecho, como si cada bocado fuese tan necesario para mi cuerpo como el aire que respiraba.
Todos teníamos nuestros asientos asignados, decididos de ese modo hacía mucho tiempo, desde antes de que yo llegara.
Había una jerarquía establecida. Allí, en aquel lugar, existía una sociedad compleja, rodeada siempre por aquella neblina perpetua que abrazaba cada cima y cada despeñadero, que llenaba cada hueco y recorría cada túnel profundo y antiguo, que nos alcanzaba en nuestras cavernas…
Los hilos de vapor se nos enroscaban en los tobillos y las pantorrillas incluso entonces, sentados a la mesa.
Vetr se sentaba en la cabecera de la mesa en forma de V, una ubicación estratégica que le permitía ver a todos y cada uno de los miembros de la manada sin moverse del sitio. Incluso a mí, que estaba mucho más lejos, casi en un extremo, en el asiento que se me había asignado.
Se me había hecho sitio a mi llegada, pero ni por asomo ocupaba una posición de honor. Era evidente que la creencia compartida era que mi lugar se encontraba en los estratos más bajos de la jerarquía.
Si Fell no se hubiera empeñado en irse aquella primera noche y hubiese acabado muerto, ¿se habría sentado cerca de su hermano, al frente del grupo?
Podía imaginarlo con una claridad cristalina.
Habrían recibido a Fell con los brazos abiertos y lo habrían acogido en su círculo de confianza; quizá, incluso lo habrían nombrado skeppar.
A él sí que le habrían hecho sitio. Era familia de Vetr.
De su misma sangre. La pieza que faltaba.
El hermano perdido hacía tantos años, en casa, por fin.
Quizá, si Fell hubiera seguido allí, a mí no se me habría relegado a aquel asiento.
Quizá también habría estado allí, en la cabecera de la mesa, junto a Fell y Vetr.
Quizá, quizá, quizá. Especulaciones inútiles.
Incluso el sitio que ocupaba, casi en lo más más bajo de la jerarquía, se me antojaba como una cortesía hacia el recuerdo de Fell, más que nada que tuviera que ver conmigo, personalmente.
Al menos, no me sentaba en los extremos mismos de la mesa. Trataba de aferrarme a ese pequeño consuelo. Esos últimos asientos estaban reservados para los más jóvenes de la manada. Al menos, mi posición era más alta que la de los niños.
Si quería subir escalones, tendría que ganarme mi lugar, y empezaba a sospechar que eso no ocurriría nunca. Porque, tras mi conversación con Vetr, sabía lo que me costaría.
«Necesitamos criadoras».
Alargué una mano hacia mi vino de bayas verda y bebí.
A mi lado se sentaba Bodin, un dragón de ónice de trece años que, a pesar de su juventud, era una montaña de fuerza y músculo rebosante de vigor.
Me ignoraba mientras hablaba con su amigo, Mats, otro ónice, que estaba sentado a mi otro lado.
Ambos adolescentes hablaban por encima de mí, a través de mí, de forma incansable.
De forma crónica. Lo hacían en cada comida, como si yo no existiera.
Sin embargo, su indiferencia no era lo peor a lo que debía enfrentarme: eso era mejor que la ocasional pregunta cargada de desdén que me dirigían, que siempre se me antojaba un truco, una trampa que me tendían para diversión de los demás.
Preguntas destinadas a cerrar las fauces e inmovilizarme…
porque no podría darles nunca una respuesta correcta. Y yo lo sabía.
A menudo, los demás intercambiaban miradas con ojos burlones cuando yo no sabía algo que ellos consideraban fundamental. Cualquier cosa que dijera me dejaba desprotegida ante la vergüenza y el ridículo, pero yo intentaba resolver mis dudas de todos modos. ¿De qué otra forma iba a aprender?
«¿Qué son bayas verda?».
«¿Qué es un dragón anunciador? ¿Y uno de ónice? ¿Y un visiocriptor? ¿Y un dragón hipnos?».
«¿Cuántas minas hay?».
Yo no sabía nada, y ellos querían que fuera muy consciente de ello. Que me cociera en mi propia ignorancia y sintiera mis carencias como un moratón doloroso.
Me sentía agradecida de contar con Kerstin.
Por mucho que me colmara los oídos con su parloteo intrascendente, era una distracción…
y también una bienvenida fuente de información, debía reconocerlo.
Mucho mejor que el malencarado de Bodin, que se comportaba como si le hubiesen tirado algo contaminado en la silla de al lado.
Con Kerstin nunca tenía que hablar mucho.
Podía limitarme a escuchar, a comer, a beber y a mirar al frente para observar a los demás, para vigilarlos, para registrar todas sus actividades, palabras y movimientos.
Eso era lo que resultaba de hallarme sola en un mundo en el que los monstruos eran reales.
En el que yo misma había resultado ser uno de los monstruos.
—Puaj. Mira cómo babean por él —gimió Kerstin, como si sintiera dolor físico.
Yo cogí la comida de mi plato, me la puse en la boca y mastiqué sin mi apetito habitual. Todos comían con gusto, tras haberse llenado los platos hasta los topes, pero después de mi conversación con Vetr yo tenía el estómago lleno de bilis.
No necesitaba mirar a qué se refería Kerstin, ni pedirle que me explicase el comentario.
Era un tema habitual de las comidas. Estrid y Gudru se desvivían por las atenciones de Vetr, como hacían todos los días.
No eran muy sutiles: se daban codazos la una a la otra y se siseaban, rabiosas, como un par de serpientes.
Era una cosa realmente extraña. Contaban con todo un abanico de posibles parejas para elegir —era evidente que los números iban a su favor—, pero solo tenían ojos para Vetr, como si él fuese el único merecedor de caer en sus redes.
El segundo al mando de Vetr, Anders, estaba sentado a su derecha junto a su compañero, Harald, que se hallaba a su lado, lo que obligaba a Estrid y a Gudru a estirarse para esquivar a Harald y poder hablar con Vetr.
No hacían más que acribillarle con preguntas, compitiendo constantemente entre ellas para ver quién conseguía que se enfrascara en una conversación.
Yo observaba la escena mientras las palabras de Vetr resonaban en mis oídos.
Estrid y Gudru eran dos de las cinco hembras de la manada que no se habían unido a nadie.
También estaba Kerstin, pero, a sus dieciséis años, era demasiado joven.
Y, por último, quedaba Erling, que ya tenía una relación muy cercana con Arvid.
No me cabía duda de que esos dos no tardarían en formalizar su unión en una ceremonia oficial.
—Son patéticas, ¿verdad? —dijo Kerstin—.
Creo que serían capaces de matarse la una a la otra por la oportunidad de compartir con él sus pieles.
Adiós a la solidaridad femenina, supongo.
—Me dio un golpecito en el hombro y bajó la voz para añadir—: Nayden me ha contado que anoche vio a Gudru colarse en la guarida de Vetr, y que salió escopeteada menos de dos minutos después con la cara como un tomate.
—Soltó una risita casi con demasiada alegría—.
Él no quiere nada que ella pueda ofrecerle.
Observé a Gudru, evaluándola. No pude evitarlo.
Me parecía encantadora: era una dragona térrea con el pelo brillante del color de la caoba pulida y un rostro de pestañas largas, ojos luminiscentes y unos labios carnosos y gruesos.
¿Por qué no querría Vetr unirse a ella? Sobre todo en un entorno en el que se propiciaba que nos emparejáramos, en el que incluso se esperaba eso de nosotros.
Levanté la vista hacia el otro lado de la mesa, juzgándolo en silencio.
Me acababa de soltar un sermón sobre la perpetuación de la especie.
¿No pensaba seguir su propio consejo? ¿No debería aceptar a Gudru o a Estrid como compañeras?
¿Ponerse él mismo a trabajar en la tarea de aumentar la población de la manada?
Como si sintiera el peso de mi mirada, Vetr desvió la vista hacia mí, y sus ojos de color escarcha se encontraron con los míos. Parpadeé y aparté la vista a toda prisa.
Kerstin se echó los salvajes rizos castaños con reflejos dorados por detrás de los hombros.
No parecía capaz nunca de domar su melena, ni aunque solo fuera un poco: era una maraña indomable que necesitaba desesperadamente un cepillo.
Cuando luchaba en la arena, suponía, sin duda alguna, una desventaja para ella: más de un oponente la había agarrado del cabello para subyugarla o vencerla.
Más de una vez había oído a los demás sugerirle que se la cortase, pero ella no hacía caso.
Kerstin era encantadora y estaba llena de vida, y hacía solo lo que a ella le daba la gana, aunque eso significara que Vetr o sus skeppars la regañaran constantemente.
La chica siguió hablando, sin amilanarse ante mi continuado silencio.
—Me siento humillada solo de mirarlas. En serio.
—Hizo una pausa para dar un mordisco a un pastelito de miel relleno de bayas y nueces que nunca había probado antes de llegar allí.
Siguió hablando con la boca llena, lanzando migas por todas partes—.
Que se traten así la una a la otra cuando él no tiene ningún interés en formar un vínculo con ninguna de las dos…
—Me dirigió una mirada interrogante—. ¿Entiendes?