3. Tamsyn #2
«Nuestra especie». Aquellas palabras resonaron en mi interior.
No sabía qué me sorprendía más, si que me considerase uno más de ellos o que creyera que había hecho algo que iba contra ese principio. Me gustara o no, yo también era un dragón. Yo también quería que todos sobreviviéramos, por supuesto que quería. No deseaba nuestra extinción.
—Este mundo es un lugar peligroso —prosiguió Vetr—.
La vida aquí no es fácil. —Exhalé con impaciencia.
¿Acaso se pensaba que de donde yo venía era todo de color de rosa?
—. Si Nayden te ataca con fuego, tú contraatacas con fuego.
—El destello blanco de sus dientes destacaba en la oscuridad de mi guarida—.
Es el único modo de enseñarle que no te puede hacer eso a ti.
No dejes que te pisotee. Protégete, cueste lo que cueste.
—¿Es que Nayden no es también… valioso? —¿Estaría Vetr ante Nayden ahora, de haber ocurrido los hechos a la inversa?—. ¿Es que su vida no se debe proteger?
No vaciló antes de responder.
—No a expensas de la tuya.
Fruncí el ceño, preguntándome por qué. ¿Por qué debería yo ser más importante? Nayden también era un piroexhalador. Sería fundamental en una batalla, en la defensa. Y suponía que yo también lo sería. Llegado el momento.
Solo que, entonces, comparada con Nayden, a mí no se me había puesto a prueba. Él, en cambio, ya había demostrado su utilidad en escaramuzas con el skelm y las manadas de lobos que merodeaban por los Riscos, todavía espoleados por su hambre de carne de dragón.
Cuando Vetr nos encontró a Fell y a mí juntos en aquella cueva, su atención se dirigió a él, por supuesto. Era su hermano. ¿Yo? Yo no era más que un añadido.
Y, desde entonces, la cosa no había cambiado mucho.
A veces, su mirada se deslizaba sobre mí como si yo ni siquiera estuviera, razón por la cual no comprendía qué hacía en ese momento en mi guarida, insistiendo en que era valiosa.
Vetr ladeó la cabeza y me examinó de un modo que me sacó de quicio, que se me antojó más animalesco que humano. Me contuve para no moverme, nerviosa, presa de su escrutinio.
—¿Fuiste a la escuela en Penterra? —preguntó al cabo de unos instantes.
—¿A la escuela? —repetí, perpleja ante la inesperada pregunta.
—Sí. ¿No es eso lo que hacen los humanos con sus hijos? ¿Mandarlos a escuelas para que los eduquen como es debido aquellos que son considerados cualificados para hacerlo?
No se me pasó por alto el desprecio de su voz. Me puse tensa, preguntándome qué motivo se escondería tras aquella clase de preguntas.
Yo nunca le había contado mi historia, ni a él ni a ningún otro miembro de la manada.
A no ser que Fell le hubiese revelado mi pasado en el breve tiempo que habían estado juntos, Vetr ignoraba que yo hubiese crecido en palacio como una falsa princesa.
Y no se me ocurría ninguna razón por la que Fell hubiera podido contárselo.
—Tuve maestras —respondí—. Institutrices.
—Entonces supongo que aprendiste sobre números. ¿Aritmética básica?
—Pues claro —repliqué, irritada—. Las matemáticas eran una de las asignaturas que mejor se me daba.
—Pues haz los cálculos —me espetó—. Somos veintinueve, y solo nueve son hembras.
Diez, ahora que tú estás aquí. Cinco de esas hembras ya tienen vínculos con dragones de la manada.
Eso nos deja con cinco hembras que aún no se han unido a nadie.
—Alzó una mano y contó con los dedos para dar énfasis—. Estrid, Gudru, Erling, Kerstin… y tú.
Me lo quedé mirando. ¿Me contaba a mí entre ellas? ¿Me contaba como una de las que no tenían vínculos?
Me acaricié la palma de la mano. Un calor parpadeante me lamió los dedos, refutando lo que él había dicho.
Yo no me sentía así. No me sentía libre ni dispuesta a formar un vínculo con nadie.
Me humedecí los labios y tragué saliva, notándome la garganta seca y áspera, como la corteza de un árbol.
—¿Estás diciendo que si soy tan valiosa es porque soy…? —No pude terminar la frase.
Sin embargo, él no se había quedado sin palabras.
—Contamos con muchos machos fuertes. Capaces y dispuestos.
Quieren compañeras. —«Capaces y dispuestos».
Capaces y dispuestos a unirse a mí; eso quería decir.
Como si yo no fuera más que un cuerpo con el que aparearse, un instrumento para aportar crías de dragón a la gran manada—.
Te necesitamos, Tamsyn. Necesitamos criadoras.
Los dragones fuimos casi destruidos. Nosotros somos los únicos que quedamos.
No pienso permanecer de brazos cruzados mientras nos extinguimos.
—Alargó una mano y acarició los mechones quemados junto a mi rostro—. Tu obligación es muy sencilla.
La palabra «obligación» despertó en mí un torbellino de sensaciones desagradables. Eran como piedras que caían en mi estómago, hundiéndome cada vez más bajo su peso. No había pensado que, después de haber abandonado mi antigua vida, alguien volvería a blandir esa palabra contra mí.
Le sostuve la mirada y esperé.
—Mantente con vida —declaró.
Le di vueltas en mis pensamientos.
—Mantenerme con vida —repetí, moviendo los labios alrededor de la orden, como anestesiada.
—Sí —respondió él, con la voz como un suave rugido—. Protégete cueste lo que cueste. Incluso de cachorritos estúpidos como Nayden. Dale una lección si es necesario. Eres una piroexhaladora. Utiliza tu poder.
Pero aquello no era todo. No lo era. Estaba diciendo mucho más que eso: debía mantenerme con vida para criar. Aquella era mi obligación. Me esforcé por tragar saliva a pesar del mal sabor que me había inundado la boca.
Vetr esperaba que me reprodujese con algún miembro de la manada, que formase un vínculo con alguno de los otros que me despreciaban y me miraban con desconfianza, los que disfrutaban rompiéndome y haciéndome morder el polvo cada vez que ponía un pie en la arena.
Esperaba que hiciese de uno de ellos mi compañero.
No. No. No. ¡No!
De repente, ya no podía respirar.
—¿Tamsyn? —Vetr me miró—. ¿Te encuentras bien?
No. No me encontraba bien. Acababa de revelarme cuál era mi horrible destino sin paños calientes, y no creía que el aire pudiera volver a pasar fácil o libremente por mis labios nunca más.
Y, sin embargo, lo miré y le mentí, porque era lo que la superviviente, la guerrera que vivía en mí, me pedía que hiciera.
Había momentos para luchar y momentos para morderse la lengua. Que Vetr no me conociera, que no viese mi verdadero yo… Parecía la estrategia más segura y sabia por el momento.
—Estoy bien. —Un segundo después, añadí—: ¿No es ya la hora de la cena?
Vetr dejó pasar un largo momento antes de asentir. Por primera vez desde que había entrado en mi guarida, su mirada gélida se deslizó sobre mí, reparando en mi parcial desnudez. Me ruboricé.
—Sí. Te dejo para que te prepares.
Me quedé muy quieta mientras la furia me lamía las entrañas, mientras prendía fuego a cada uno de mis nervios. Hasta que se fue. Una vez que me quedé sola, la tensión desapareció de mis hombros.
Cuando le había dicho que podía marcharme de allí cuando quisiese, lo había hecho sin pensar; sin embargo, mis atrevidas palabras no me parecían ya tan disparatadas.
No después de que me contara los planes que tenía con cruel detalle, no después de que mi libertad se convirtiera en algo fugaz, en una bandera arrancada de su asta, perdida en el viento, imposible de atrapar.
Al fin y al cabo, yo era una criatura de magia y leyenda. El poder irradiaba de mi piel.
Podía ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa.