La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 3. Tamsyn
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3. Tamsyn

Tamsyn

C omprendí en ese momento que si nadie había irrumpido en mi guarida hasta entonces era porque nadie se había interesado en mí lo suficiente para hacerlo.

Yo no le importaba a nadie. Lo único que despertaba en los miembros de la manada era indiferencia, en el mejor de los casos.

Para ellos, siempre sería la que había vivido entre los humanos, la que se había creído humana durante veintiún años, la que se había tragado todas las mentiras sobre los dragones que le habían contado y habría estado dispuesta a seguir creyéndoselas.

Ellos se habían criado juntos. Eran una familia. Hermanos.

La forastera era yo.

Irónico, teniendo en cuenta que había sido una forastera desde mi nacimiento. Ese había sido mi papel en mi vieja vida y volvía a serlo en este nuevo mundo. Un papel que siempre acababa encontrándome.

Sin embargo, no era la indiferencia lo que había traído a Vetr hasta mi guarida. Me miró a la cara, tensando los tendones de su cuello, y dijo de malos modos:

—¿Se puede saber qué ha sido eso?

Tragué saliva con dificultad, concentrándome en visualizar los movimientos de mi cuello, en tratar de hallar las palabras, y no en qué aspecto debía de tener ante él, vestida solo con una combinación.

Recordé a Fell y lo mucho que se parecían, del mismo tamaño imposiblemente grande. Fuera de lo común.

—No sé a qué te refieres. —Y entonces, recordando que nadie le había dado la bienvenida a mi espacio, que no había sido invitado, me puse recta y busqué mi dignidad, esforzándome por hacer caso omiso de mi semidesnudez, de que nada cubría mis piernas desde la mitad de los muslos hasta los pies—.

Y ¿cómo te atreves a entrar aquí sin llamar antes?

Él parpadeó.

—¿Llamar? —Pronunció la palabra con tanta incomprensión que incluso me pregunté si comprendía el concepto mismo… Al fin y al cabo, en aquel lugar no había puertas.

Hice un gesto con la mano, tratando de explicar.

—Ya sabes a qué me refiero. A llamar, a avisar, a pedir permiso para entrar…

Se señaló el centro del pecho.

—¿Que cómo me atrevo… yo?

Y pronunció «yo» con tanta incredulidad, como si fuera imposible que yo me refiriese a él, a un hombre —o dragón— que no estaba acostumbrado a nada que no fuese una total deferencia, y a despertar puro asombro en los demás.

Era el soberano de aquella comunidad. Tal vez no fueran más de treinta, pero eran dragones.

Eran poderosos, destructivos. En conjunto, eran capaces de acabar con todo un ejército, y él, su líder, capaz de inspirar un gran temor.

A no ser, por supuesto, que fueses un miembro del skelm.

En ese caso, el mismo Vetr tendría que enfrentarse a sus garras, a sus colmillos, al fuego, a la amenaza de una hoja de hueso en la garganta.

O, al menos, eso era lo que cabía esperar antes de que se hubiese acordado la tregua.

—Sí. Tú. Me da igual quién seas. Yo no soy como los demás, que te siguen a ciegas.

—Señalé con desdén las guaridas que nos rodeaban, consciente de que era muy probable que fuese esa actitud lo que me separaba de la manada, lo que me impedía encajar.

Sin embargo, no podía evitarlo. Por mucho que lo intentase, no era una de ellos—. Yo no respondo ante ti.

Pero, ya mientras pronunciaba tan audaces palabras, me daba cuenta de que no habría nadie en esa manada que estuviese de acuerdo conmigo.

Día tras día, seguía sus reglas. Cumplía con las tareas que se me asignaban sin proferir queja alguna.

Solo que, en realidad, esa no era yo. Era una versión de mí misma, un autómata que representaba un papel mientras yo —mi verdadero yo— se escondía, aprendía, se transformaba…

Me estaba convirtiendo poco a poco en lo que fuera que debía ser para sobrevivir y encontrar mi lugar.

Pero eso de aceptarlo todo a ciegas simplemente porque así lo establecían las reglas, o la costumbre, se había terminado. Ya me había inclinado una vez ante un rey, y ¿adónde me había llevado mi lealtad? A la punta de un látigo. A un matrimonio forzoso con una reputada bestia.

Stig me había convencido de que ser una muchacha de los azotes constituía un honor, y yo me lo había creído.

De niña, había recorrido la galería del palacio y había contemplado los retratos de aquellos que habían desempeñado mi papel antes que yo con admiración y reverencia, pero lo único que había hecho era engañarme para poder seguir viviendo, para ser capaz de respirar en aquel espacio, para continuar existiendo con mi dignidad intacta.

Pero eso de existir sin más se había terminado.

Lo de mentirme a mí misma se había terminado.

A veces, oía a Fell en mis pensamientos, escuchaba sus palabras hinchiéndose dentro de mí, buscando una vía de escape. «Eres alguien… Algo».

Se había terminado eso de inclinarme ante nadie, por mucho que ahora viviera allí.

Quizá la manada funcionase como un pequeño reino en el que Vetr estaba al mando, pero yo no pensaba seguir poniéndome por debajo de otros.

Tenía que haber un modo de sobrevivir, de labrarme un lugar en esa vida sin perderme a mí misma por completo.

Seguí hablando, haciéndome valer.

—Puedo marcharme cuando yo quiera.

—¿Y adónde irías? —resopló. Los planos de su rostro empezaron a teñirse de un rojo furioso, y fue en ese momento cuando me di cuenta de que yo lo había provocado.

Él, al entrar en mi espacio sin aviso previo, sin invitación, había cruzado un límite invisible y, de algún modo, había sido yo quien lo había empujado a hacerlo.

Tendí los brazos hacia los lados y luego los dejé caer en un gesto dramático.

—A cualquier parte.

—O sea, que no tienes ni idea de adónde irías. Solo estás hablando… por hablar. —Ahora se estaba burlando.

—No soy ninguna prisionera.

Ajeno o indiferente a la tormenta que se estaba gestando en mi interior, señaló hacia el exterior de mi guarida.

—Cuando estés en esa arena, tienes que luchar como si no fuese un entrenamiento.

Parpadeé, desconcertada, mientras mis pensamientos se realineaban. Se refería al entrenamiento de ese día. Había venido por lo ocurrido en la arena.

—Pero es un entrenamiento —repuse despacio—. Es para practicar. Por eso lo llamamos así —le recordé con aspereza.

—Cuando estás bajo una amenaza, luchas. —Escupió la última palabra como si fuese una cosa dura, un pedazo de carne seca que estuviera cortando con los dientes—. Respondes de igual modo. Nayden te atacó con fuego y tú te contuviste.

Apreté los labios y negué con la cabeza.

Me confundía. Él me estaba confundiendo.

Arriba era abajo; abajo era arriba. En ese lugar, todo me hacía sentir como si estuviera sobre terreno inestable, sobre la cubierta de un barco que se agitara violentamente en las aguas del Canal Oscuro, con monstruos acechando bajo las aguas turbulentas, esperando para devorarme.

—Recibimos la instrucción de entrenar en forma humana —repuse—. Fuiste tú quien nos la dio.

—Y aun así has fracasado —me espetó—. Sigues sin dominar la byta.

Me ruboricé.

—Estoy trabajando en ello.

—Ha pasado un año.

—Bueno, vosotros habéis tenido toda una vida para dominarla.

Por irónico que parezca, fue él quien apartó la vista, como si verme, oírme, fuese demasiado para él, demasiado frustrante, fuera del alcance de su comprensión. Que era justo como yo me sentía siempre en ese mundo tan lejos del mundo.

Era una variable extraña y desconocida. No era del todo un dragón. No era del todo una humana. No era como los demás. Y era incapaz de comprender las costumbres de los dragones con la rapidez suficiente.

Me miró entonces como si pensase que fuese a derrumbarme, a partirme, a romperme en pedacitos que jamás podrían volver a recomponerse.

Y más que eso. En sus ojos, vi que no solo le preocupaba perderme a mí… Le preocupaba perderlos a todos, a la manada entera, por mi culpa. Lo leí en la escarcha de su mirada. Era tan impredecible y poco digna de confianza como una ventisca formándose y creciendo en la entrada de las cavernas.

No importaba todo lo que había entrenado ese último año. No estaban impresionados conmigo. Tanto Vetr como todos los demás pensaban que lo estaba haciendo mal.

Y «lo» hacía referencia a todo.

Mi adoctrinamiento había sido inmediato.

No había habido tiempo para llorar a Fell.

Me habían zambullido en las costumbres de la manada de golpe: en su funcionamiento interno, en su jerarquía, en sus hábitos.

Por no hablar de que había tenido que aprender a luchar, a trabajar en las minas, a dominar el arte de la byta, a patrullar, a explorar, a buscar alimento, a cazar.

Ah, y a volar como era debido. Maniobras de evasión tanto por aire como por tierra.

Lo único que no me habían enseñado era a participar en las rekons, cuando partían a reunir información entre los humanos. De esas expediciones se me excluía. Su confianza en mí no era tan profunda como para devolverme al mundo que habitaba su mayor enemigo.

Sin embargo, los humanos no eran la única amenaza.

Había también otros dragones que consideraban que su especie estaba maldita de verdad.

El skelm: los dragones que no estaban satisfechos con su —nuestra— evolución.

Preferían el viejo mundo, cuando los dragones eran dragones y no esta versión diluida de lo que antaño habían sido.

Para ellos, el enemigo era todo aquel que estuviera en su contra.

A pesar de la tregua, los evitábamos. Tal vez no nos atacasen con el asesinato en mente, pero estaban ansiosos por aumentar su población, así que nada les impediría llevarse a cualquier hembra o cualquier joven que descubriesen merodeando cerca de los Riscos.

Años antes, habían encontrado sola a la hermana de Brenna y se la habían llevado, un relato aleccionador que me habían contado en susurros poco después de mi llegada.

Nadie se atrevía a salir solo, y cada incursión debía ser aprobada por Vetr o uno de sus skeppars.

Vetr me clavó una mirada penetrante.

—La supervivencia y la continuación de nuestra especie lo son todo.