La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 2. Tamsyn #3
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2. Tamsyn #3

Desvié entonces la mirada hacia los daños que me había causado Nayden, inspeccionando la carne quemada con frialdad.

El fuego era menos peligroso para mí que para los demás, ya fueran dragones o humanos.

Con el fuego suficiente se me podría destruir, sí, pero, al ser una piroexhaladora, mi tolerancia era más alta.

Haría falta más que una mera escaramuza con las llamas para herirme.

Para acabar conmigo, sería necesaria una exposición al fuego prolongada.

Ladeé el rostro y me di cuenta de que la piel ya se estaba curando; ya se veía menos chamuscada.

Estaba de un color ligeramente rosado, como la piel fresca de un recién nacido, y el tono rosado y brillante se parecía bastante a mi piel natural.

¿Natural? Hice otra mueca. Mi piel humana, pues. Supuse que eso era lo que quería decir.

Ya no estaba segura de qué podía considerarse natural en aquel mundo, y «normal» no era una palabra en la que me gustase pensar en absoluto. Me daba la sensación de que era… errónea. Palabras como «normal» o «natural» solo te reprimían. Alimentaban las inseguridades y el desprecio por uno mismo.

Me quité los zapatos y la ropa sucia, hasta quedarme solo con la combinación, para entonces lavarme el resto del cuerpo: el cuello, los brazos, el pecho, las piernas…

Me limpié la mugre del día lo mejor que pude.

Si quería darme un baño, cerca de allí había unas aguas termales.

La intimidad no estaba asegurada, pero siempre era reconfortante tras un duro día de entrenamiento.

Recorrí con la mirada la pared de gemas incrustadas mientras me llevaba el trapo húmedo y fresco al cuello.

El patrón de piedras preciosas ya estaba grabado en mi memoria, pero eso no me disuadió de examinar todas y cada una de ellas, buscando fútilmente un ópalo negro como el que Fell había llevado colgado del cuello.

Desde que había llegado a aquel lugar, había estado tratando de atisbar alguno en las superficies a la vista de las cuevas de la manada, no solo de mi guarida, sino en todas partes.

Al menos, en las zonas comunes. Había guaridas privadas, por descontado, donde dormían los demás, pero nadie me había invitado a entrar en su santuario.

Aunque ya hubiera pasado un año, no tenía con nadie una relación tan cercana como para eso.

Sabía que el collar ya no estaba, que se había perdido junto a Fell, pero eso no impedía que deseara volver a ver otro igual.

Solo para rememorar, solo para recordar cómo era.

Aquel ópalo negro era especial. Tan grande como la mitad de mi mano y de un negro intenso, salpicado de vetas rojas, verdes y azules.

Terminé de limpiarme y me sequé con una toalla bajo el resplandor de las gemas.

Era indignante pensar en cuántos humanos habrían sido capaces de matar por una sola de ellas.

En cuántos de ellos, es más, lo habrían hecho.

Solo uno de esos rubíes, esmeraldas, diamantes o zafiros serían motivación suficiente para cortarle a alguien el cuello.

Durante la Trilla —e incluso después—, tropas enteras de soldados se habían adentrado en los Riscos para apoderarse de cuanto pudieran de los tesoros de los dragones.

Como humana, jamás se me había ocurrido que los dragones hicieran acopio de aquellos tesoros por ninguna razón que no fuese la avaricia: esa era la creencia que perpetuaban los humanos.

Aquello era lo que se recogía en las crónicas de la historia. Era lo que me habían enseñado.

Jamás se les había ocurrido a los humanos, ni a mí, que la razón, la verdad, podía ser algo tan fundamental, tan necesario, como que los dragones necesitaban gemas para vivir.

Que extraían las piedras preciosas de las profundidades de las montañas para subsistir, que para ellos eran tan vitales como el aire.

Como el agua para el sediento. Como la comida para el muerto de hambre. Como la sangre para el cuerpo.

Yo ya lo había entendido, porque también sentía esa necesidad, que era tan profunda como los huesos. La sentía desde que me había convertido durante la travesía hacia el norte y lo que yo era en realidad había despertado.

Alargué la mano hacia el collar que colgaba de mi cuello. Hacia las gemas rojas como frambuesas en la pesada cadena que Fell me había regalado en el Borg… para compensarme por el collar que había tenido que entregar a unos bandidos.

Las piedras susurraron contra mi piel. Se filtraban en mi interior, se fundían con mi carne y se cobijaban en mis huesos.

Alimentaban mi alma, y no sabía si lo hacían simplemente porque eran joyas y yo era yo, y era eso lo que ocurría con los dragones, o si se debía a algo más, algo más profundo, más excepcional, porque eran joyas que me había regalado Fell.

Me volví hacia mi reflejo para admirar las gemas que descansaban sobre mi cuello, para apreciar su calor y regodearme en el flujo de energía que emitían. Y, justo entonces, las pieles que cubrían el umbral de mi guarida se abrieron de par en par.

Y, sin más preámbulos, entró Vetr.

Sin anunciar su llegada. Sin pedir permiso.

Ahogué un grito y me di la vuelta, apartando las manos del collar que canturreaba contra mi clavícula como si me hubieran descubierto haciendo algo que no debía hacer.

Las cortinas de cuero o de piel eran lo único que hacía de puerta en aquel lugar y, sin embargo, hasta entonces no me había sentido vulnerable. Siempre había dispuesto de mi intimidad. Nadie había invadido antes mi espacio.

Hasta ese momento.