2. Tamsyn #2
Aún desesperada, aún negándome a creer lo que decía, me acerqué a él y le tendí la mano para mostrarle la «x», como si necesitase verla de cerca. Las palabras escaparon dando tumbos de mis labios, afirmando que si todavía podía sentir a Fell era porque tenía que estar vivo.
Él levantó la vista para mirarme. Tenía cuatro cortes frescos en la cara, un zarpazo cortesía de una garra de dragón.
La sangre púrpura coloreaba los bordes de la carne hecha jirones, ya cosida limpiamente tras las artes con hilo y aguja de una mano habilidosa.
Si le hubieran acertado un poco más arriba, habría perdido un ojo, y dudaba que nadie pudiera recuperarse de algo así, por dragón que fuera.
En un hombro tenía una quemadura con muy mal aspecto que era imposible cerrar con puntos.
La herida era tan grande y profunda que vislumbré el hueso a través del amasijo de carne y tejidos.
Se me puso el estómago del revés al verla, pero me quedé donde estaba con testarudez y le acerqué más la mano, poniéndole mi palma delante, como si solo necesitase ver la marca en la que Fell y yo nos habíamos unido por la sangre para entenderlo todo.
Apenas se molestó en mirarla. En lugar de eso, observó el brebaje de hierbas que Brenna estaba preparando. Luego volvió la vista hacia mí.
—El vínculo es fuerte —murmuró, como si con esa explicación bastara.
—Puede seguir vivo una vez que el cuerpo ya no esté —añadió Brenna distraídamente mientras llevaba un poco de la mezcla verde al rostro de Vetr.
Yo los miré al uno y a la otra como enloquecida. Era como si estuviesen hablando en otro idioma.
Cuando Brenna empezó a aplicarle el menjunje verde en la cara, él siseó.
Arqueó su enorme cuerpo de la cama mientras ella extendía generosamente el remedio sobre su piel.
Se le tornaron salvajes los ojos; el gris plateado se estremeció mientras, en el centro, las pupilas se transformaban en dos rayas verticales.
Ella chasqueó la lengua.
—Estos cortes tienen que curar como es debido. No querrás cicatrices en esa cara tan bonita que tienes, ¿no?
Él se apartó de sus manos, huyendo de sus cuidados, y soltó una exclamación parecida a un rugido.
—Me importa un bledo mi cara, Bren.
—¿Ah, sí? Pues a mí no. Prefiero no tener que verte la cara desfigurada y saber que podría haberlo remediado, así que deja de resistirte.
Recorrí su cuerpo destrozado con la mirada y sentí que me mareaba al pensar en Fell y en cómo debía de haber sufrido, en lo que los otros dragones debían de haberle hecho si así era como habían dejado a Vetr.
—Eh —dijo una voz ronca. Lo miré a la cara de golpe. Sus ojos se habían calmado; las pupilas se redondearon, tornándose más humanas, mientras me observaba—. No ha sufrido.
Lo dijo casi con amabilidad y con mucha seriedad, como si quisiera convencerme de aceptar aquella afirmación como cierta.
Yo inhalé de forma entrecortada; no estaba segura de creerlo. Si Fell hubiera sufrido, ¿acaso me habría contado la verdad? ¿Habría querido que conociese la horrible realidad?
Froté la carne protuberante y palpitante de la palma de mi mano con las puntas de los dedos, como si estuviese tocando a Fell, como si lo estuviese reconfortando. Un acto que a Vetr no se le pasó por alto.
—Incluso después de la muerte —prosiguió—, el eco de un compañero perdido puede…
perdurar. —Hablaba a trompicones, interrumpiéndose con jadeos y muecas de dolor mientras Brenna se ocupaba de los cortes y las quemaduras que salpicaban su ancho pecho.
Las iba limpiando con un trapo húmedo que luego escurría en un cuenco, hasta que el agua se tiñó de púrpura con tanta sangre.
Un compañero.
¿Eso era lo que había sido Fell? ¿Mi compañero?
Aquella idea viajó por mis pensamientos, asentándose poco a poco hasta echar raíces. Fue una revelación vacilante y sobrecogedora, un hecho que nunca había sido tal para mí hasta aquel momento.
Fell, mi compañero.
Aquello se me antojó mucho más importante, mucho más significativo, que ser marido y mujer.
Nuestra unión siempre había parecido más bien una farsa, un matrimonio de conveniencia que nos habían impuesto a los dos. Un matrimonio nacido de mentiras y engaños.
Pero ¿ser compañeros?
Sí, aquello tenía un aura de verdad. Y, con él ardiéndome en la palma de la mano, la certeza de aquella afirmación penetró mi conciencia. Demasiado poco y demasiado tarde.
Me quedé mirando las líneas cortantes de la «x» que me marcaba la palma de la mano, que brillaban y latían.
—¿Estás seguro? —susurré, con una voz tan débil y temblorosa como la hoja más frágil.
Quería que Vetr estuviese equivocado. La esperanza era así: cruel y amable a la vez.
Te contaba mentiras para que pudieras aferrarte a algo que se asemejase a la paz.
Era como si una persona estuviese muriendo de sed y tragase agua de mar ansiosamente para disfrutar de un alivio momentáneo que no haría sino acelerar la llegada de la muerte.
—¿Y tú viste…, viste a esos otros dragones…? —Me resultaba difícil pronunciar esa palabra—. ¿Los viste matar a Fell?
Al fin y al cabo, no teníamos el cuerpo. Vetr era afortunado de haber regresado con vida. Quizá Fell estuviera vivo todavía, ahí fuera, destrozado, pero no muerto.
Contemplé todo tipo de posibilidades allí, de pie en aquella guarida. Dentro de mi corazón, la esperanza luchaba con uñas y dientes por no extinguirse. Quizá aquellos otros dragones lo hubieran capturado. No era una posibilidad muy alentadora, pero era mejor eso que la muerte.
—Sí, lo vi. —Sus ojos grises como el hielo estaban colmados de pena y remordimientos. Me recorrió con ellos y me dejó desnuda, sin piel, toda hecha de huesos y vacío. Yo misma me había convertido en un fantasma.
—Es un milagro que hayas conseguido volver —murmuró Brenna, negando con la cabeza con tristeza mientras seguía curando sus heridas. Se apartó un mechón de pelo de las cejas oscuras.
—No sin pagar un precio. —Cambió ligeramente de postura y el dolor afloró de nuevo a su rostro.
Poco a poco me di cuenta de que sus palabras, aquellas palabras, provocaron un cambio en el ambiente. Un revuelo palpable entre los cuerpos que lo rodeaban.
—¿Qué precio? —preguntó alguien.
Me mordí la lengua para no dar la respuesta airada que palpitaba en mi lengua. Fell. Fell era el precio, pero él no se refería a Fell, y todos lo sabían.
—Les he dado la mina que hay al oeste de la Gran Catarata. —El anuncio de Fell atravesó a los presentes como un rayo. Todo el mundo se quedó inmóvil.
Al cabo de unos instantes, Brenna se aclaró la garganta.
—Esa mina tiene la mayor reserva de gemas de todos los Riscos. ¿Por qué…?
—Por la paz —la interrumpió con rabia—. He negociado una tregua para que dejemos de luchar contra los de nuestra propia especie, para que dejen de ir al sur a saquear y nos pongan a todos en peligro. —Suspiró con el aliento entrecortado—. Y por mi vida.
Todo el mundo empezó a hablar a la vez.
«¿Una tregua? ¿Con ellos?».
«¡No se puede confiar en el skelm!».
«¡Esa mina era nuestro botín!».
«¡Kaldr es despiadado! ¡Es un monstruo! ¡No podemos esperar paz de él!».
El dolor le atenazaba a Vetr la garganta, de lo contrario habría hablado, habría tratado de explicar o defender lo que había hecho. Sin embargo, fue la voz de Brenna la que se elevó por encima del bullicio.
—¡Ya basta! Vetr es nuestro alfa. De no ser por él, no tendríamos nada.
Fue él quien nos unió a todos, es el corazón de esta manada, y yo lo seguiré.
—Sus ojos verdes resplandecían como el musgo tocado por el sol.
Desafiantes, se clavaron en cada uno de los rostros presentes, hasta que estos apartaron la vista—.
Si ha negociado una tregua con Kaldr para poder volver con nosotros, que así sea.
Las expresiones de los demás se relajaron. Sus miradas se suavizaron. Sus voces se calmaron hasta convertirse en murmullos de aceptación que se fueron propagando por toda la estancia.
Yo miré a mi alrededor, confundida. Nada de lo que estaba ocurriendo me reconfortaba.
Tenían a su alfa, sí. Y una tregua con su enemigo. Solo les había costado no sé qué mina repleta de gemas. ¿Y qué pasaba con Fell?
Nada de aquello me parecía bien.
Me sentía el interior de las orejas grueso y aislado, el oído amortiguado.
Las palabras de todos los que me rodeaban eran cada vez más inteligibles y, al mismo tiempo, sus rostros se distorsionaban, sus rasgos se emborronaban.
A diferencia de ellos, yo no era capaz de sentir ningún alivio, a mí no me había invadido ninguna sensación de paz.
—Lo siento. No pude salvarlo —susurró Vetr al reparar en mi mirada, al verme, al percibir mi dolor a pesar de que él estuviese sufriendo el suyo. Echó un vistazo a mi mano, cerrada en un puño, y añadió—: Ya no está. Lo que sientes no es más que un eco de vuestro vínculo.
—Un eco. —Fruncí el ceño mientras trataba de digerir aquella información, una de las muchas lecciones sobre los dragones que aprendería a partir de ese momento.
Lo que sentí entonces no era más que un eco de Fell. Y lo seguía siendo.
Porque aún lo sentía.
Era su fantasma, que seguía vivo en mí. No era él. No era… real.
Me había costado mucho aceptar aquella decepcionante verdad.
A medida que los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, los meses en un año, el frágil hilo de esperanza al que me aferraba, el que me decía que tal vez Vetr estuviera equivocado, se fue deshilachando y desvaneciendo hasta quebrarse por completo.
Fell no podía seguir vivo después de tanto tiempo. Era consciente de ello.
Sumergí un trapo en la jofaina de agua de mi lavamanos y luego lo pasé con cuidado por un lado de mi rostro, al tiempo que estudiaba mi imagen en el espejo que colgaba sobre la palangana, mirando a una muchacha que ya apenas reconocía.
Ni siquiera era una muchacha: era una mujer.
Una mujer a la que ya no conocía. Hice una mueca.
Eso tampoco era exacto. No era una muchacha ni una mujer. No era humana.