2. Tamsyn
Tamsyn
M e sentía agradecida por tener mi propia guarida.
Era el único lugar de toda la manada, el único, que era mío y solo mío.
Un lugar al que podía escapar, donde podía disfrutar de mi intimidad y donde no tenía que fingir ni ser fuerte.
Allí, podía respirar y derrumbarme, y no tenía que ser nada ante nadie.
No tenía que ser un dragón, ni tampoco una humana. Podía ser, simplemente, yo.
Había una cama a ras de suelo cubierta con suntuosas pieles y mantas, y un baúl de madera en el que guardaba mis pocas pertenencias, las que me habían dado desde mi llegada.
Nada era mío de verdad. Lo único que poseía era el collar que me adornaba el cuello, un regalo de Fell, cuyo peso era algo muy presente y bienvenido.
Era lo único que me quedaba. Eso y su recuerdo, su corazón palpitante en la palma de mi mano…
Que ahí seguía, aún. Quizá para siempre. Un bálsamo a la vez que un tormento.
Mi guarida tenía las mismas comodidades que cualquier alcoba; lo único que le faltaba era una ventana con vistas al mundo exterior.
Sin embargo, las vistas eran otras, y eran espectaculares: hermosas piedras preciosas de todas las formas y colores incrustadas en las paredes de piedra de la cueva que trazaban diversos patrones y arrojaban un caleidoscopio de colores por toda la estancia.
Noche tras noche, una sutil danza de luces arcoíris salpicaba la oscuridad, como partículas vivas.
Fascinada, alzaba una mano y movía los dedos en la oscuridad como si pretendiera atrapar con ellos la luz, y absorbía la energía que arrojaban esas gemas, disfrutando de ella y de la magia que se vertía en mi interior y me arrullaba, acercándome al sueño con la misma suavidad con la que las olas mecen un barco, mientras restauraba todos los pedacitos heridos y en carne viva de mí.
Bueno…, casi todos.
Porque la ausencia de Fell era un dolor constante, una herida que nunca terminaría de sanar, un miembro cercenado que jamás volvería a crecer. Y, sin embargo, no habría querido librarme del dolor ni aunque pudiera.
Seguía ahí, dentro de mí, y su corazón palpitaba rápido y firme en la palma de mi mano, donde habíamos unido nuestra sangre. Un vínculo que ni la muerte podía cortar, que no podía partir de forma limpia.
Al principio, hacía un año, había pensado que significaba que seguía con vida, y la esperanza había florecido en mi pecho como la luz del sol ilumina la oscuridad, penetrando a través del manto de tristeza que su muerte había arrojado sobre mí.
La esperanza me había hallado donde me derrumbé: estaba desplomada en el suelo tras recibir la noticia, olvidada, congelada tras haber visto que Vetr volvía solo del desafortunado viaje que él y Fell habían emprendido a la cueva de su nacimiento, al lugar en el que había muerto su madre.
Me quedé congelada al mirar a Vetr, tan ensangrentado y roto que tardé en reconocerlo.
Congelada, salvo por mis ojos enloquecidos, que miraban hacia todas partes, casi de forma dolorosa, buscando señales de Fell detrás de Vetr, alrededor de Vetr, en cualquier parte…
Pero no había ni rastro de Fell.
Solo un montón de desconocidos de rostros ansiosos porque Vetr estuviera bien, porque Vetr hubiera sobrevivido. Vetr.
Y las palabras que este pronunció, entre jadeos —«Lo… han… cogido…»—, se retorcieron en mis entrañas.
En ese momento, me caí fuera de mi cuerpo. «Lo han cogido».
Vetr había vuelto sin Fell porque ya no había un Fell.
Ya no estaba.
Estaba muerto.
Aquellos pensamientos se enredaron en mi interior, girando como canicas en círculos interminables, rodando y rodando y rodando, buscando un final, un hogar, un lugar donde detenerse y descansar.
Ese día, me dejé caer en el frío suelo de piedra.
El enorme espacio en el que estábamos reunidos bullía de actividad, lo que me recordaba al Gran Salón de mi antiguo hogar, Penterra.
Solo que era una caverna. Una red de cavernas, en realidad, un laberinto.
Y en el centro de ese espacio, con sus mesas y sus sillas y sus bancos con cojines llenos de borlas, estaba yo, inerte, silenciosa, quieta como un cadáver.
Me mordí el interior de la mejilla y el sabor metálico de la sangre que manó de ella me llenó la boca.
Lo supe porque la saboreé, ya que no sentía el dolor que ejercía la presión implacable de mis dientes.
Había una chimenea en la que el fuego crepitaba, con su conducto de piedra, que llevaba a un techo de roca lejano, por el que el humo salía a través de una de las aberturas que habían tallado como ventilación.
El calor llegaba hasta mí y me lamía el rostro, pero tenía frío de todos modos.
Mucho frío. Un frío que nacía en lo más profundo de mis huesos, ante la extraña ausencia del calor que me caracterizaba.
Entonces, saliendo de mi estupor de conmoción y pena, parpadeé como despertándome de un sueño, una pesadilla…
Un hechizo, una maldición en vida, salvo porque no había ninguna bruja a la que culpar por haber conjurado una aflicción semejante contra mí.
Se me descongelaron los brazos y las piernas, me puse recta y me levanté de mi sitio, para luego avanzar a tumbos por las cavernas en las que la manada tenía su hogar.
En aquel entonces no sabía gran cosa sobre los dragones, ni tampoco sobre la manada.
No sabía cuántos eran, ni tampoco los nombres que se asociaban a las caras y los cuerpos entre los que me abría paso.
El único rostro y el único nombre que conocía era el de Vetr, porque su rostro era igual al de Fell, porque era el hermano de Fell, y porque nos había encontrado y nos había traído hasta allí.
Porque él tendría las respuestas que yo necesitaba.
Así que debía llegar hasta él, debía encontrarlo, donde fuera que lo hubiesen llevado tras su regreso, cargado de heridas y tragedias.
Nadie me ayudó. Nadie me señaló la dirección correcta.
Nadie pareció ni siquiera verme hasta que no llegué allí, a la entrada de su guarida, y me abrí paso entre los ansiosos rostros que se apelotonaban en la puerta para irrumpir en su cámara mientras Brenna curaba las heridas que había sufrido luchando contra los dragones que habían matado a Fell y que habían tratado de matarlo a él también. Los dragones que habían matado a Fell…
Ese pensamiento rebotó a través de mí, golpeando y masacrando a su paso todo lo que encontraba, dejándome el cuerpo tan dolorido y magullado que no logré aunar ni una pizca de instinto de supervivencia entre aquellos seres que tenían más de animal que de humano, más de mágico que no, y en cuya compañía debí haber hecho gala de más cautela.
Deslicé la mirada sobre su cuerpo destrozado y en carne viva, y sentí que la bilis me trepaba por la garganta.
Más adelante, aprendería que las heridas infligidas por un dragón eran más difíciles de sanar que aquellas causadas de otro modo.
Las garras de un dragón —igual que las armas fabricadas con sus huesos— eran mucho más peligrosas, mortales, incluso, si el golpe era lo bastante grave.
Me bastó con una sola mirada a Brenna para saber que las heridas de Vetr podían ser fatales.
Quizá tendría que haberlo respetado y haberlo dejado en paz, pero necesitaba saber lo que había ocurrido.
Así que, mientras Vetr se retorcía y se agitaba de dolor bajo las manos de la curandera, le pregunté:
—¿Dónde está Fell? ¿Qué le ha pasado?
Brenna acercó una botella a los labios para que diera un trago de vino de bayas verda —otra cosa sobre la que aprendería más adelante—, que poseía propiedades tanto curativas como embriagadoras.
—¡Sacadla de aquí! —gritó una voz entre los presentes.
Hubo otras voces que secundaron el reclamo, y unas manos me cogieron bruscamente para sacarme de la habitación. Oí más palabras de odio a mi alrededor, como espinas clavadas en mi carne.
«Jamás tendríamos que haber acogido a ninguno de los dos. No son como nosotros».
«Claro, tenía que ir… ¡Estaba empeñado en verlo con sus propios ojos! ¡Él ha tenido la culpa!».
«Tanta paz lleve como descanso deja… Él mismo se lo ha buscado».
Hice caso omiso de aquellas venenosas palabras y logré zafarme de los brazos que tiraban de mí. Blandí mi mano hacia ellos, con su «x», que estaría grabada para siempre sobre mi piel.
—¡Todavía lo siento! ¡Lo siento aquí! ¡No puede estar muerto!
A nadie le importó. Alguien me rodeó por la cintura con un brazo y me levantó en volandas, dispuesto a sacarme a la fuerza de la guarida.
—¡Dejadla!
La orden resonó como un látigo cortando el aire. Me soltaron de inmediato.
Me tambaleé hacia delante; me sentía tan salvaje y desesperada como lo parecía el hombre que yacía en aquel lecho. Mi mirada colisionó contra la suya, contra sus dos pupilas vibrantes rodeadas de hielo y escarcha.
Vetr se incorporó hasta sentarse, no sin sufrimiento, y fijó su atención en mi mano.
Su corpulencia me impactó a pesar de lo débil que se encontraba.
La losa que era su musculoso pecho estaba manchada de sangre púrpura.
La poca piel que no se encontraba cubierta de sangre parpadeaba, encendiéndose y apagándose, contrayéndose hasta convertirse en un tono entre plateado y perla cuando respiraba una vez y volviendo a ser piel humana en la siguiente.
—Es el vínculo —explicó con dientes apretados, negando con la cabeza, como si detestase tener que confirmar esa certeza—. Yo… lo siento.
Se dejó caer de nuevo en la cama mientras soltaba una tos húmeda, y exhaló de forma temblorosa.
Oí el pesar que le teñía la voz —en el esfuerzo que le había llevado hablarme— con tanta claridad como la autoridad implacable que había emanado de ella cuando ordenó a los demás que me dejasen en paz. Aquel desconocido idéntico a Fell sentía mi dolor, a pesar de estar batallando contra el suyo.
Sentía haber perdido al hermano que acababa de encontrar.
Todo estaba mal, todo estaba terrible, terriblemente mal.