1. Tamsyn #3
Me toqué la frente con los dedos. La tenía empapada en sudor, a pesar del aire gélido de la cueva.
Todavía estaba caliente, febril, recalentada por el esfuerzo y por haber danzado con el peligro.
El fuego burbujeaba en mi interior. Yo había seguido las instrucciones y lo había mantenido a raya durante la pelea…
Sin embargo, acechaba bajo mi piel, deseoso de estallar, escapar y ser libre.
Vetr me miró y su expresión cambió al hacerlo.
No sé qué vio en mí, pero se le ensombreció el rostro.
Cruzó la arena y se detuvo ante mí, donde me miró durante un rato, recorriéndome de arriba abajo con los ojos plateados, evaluándome.
Sí, eran los ojos de Fell. Y, aun así, no lo eran.
Los ojos de Fell eran más cálidos. No como esta telaraña congelada.
—¿Estás herida? —preguntó.
—N… No. —Odiaba el sonido trémulo de mi voz, así que volví a intentarlo, y conseguí pronunciar la palabra con más firmeza—. No.
Le sostuve la mirada, sin apartar los ojos de él. «No apartes nunca la vista. No vaciles nunca. Jamás muestres tu miedo…, como ante cualquier depredador».
No pasaba nada por sentir miedo, pero jamás podías mostrarlo. Y todos eran depredadores. Todos y cada uno de ellos.
Incluida yo.
Alargó una mano hacia mí, claramente insatisfecho con mi respuesta.
Sus dedos fríos se detuvieron sobre mi barbilla para inclinarme el rostro hacia arriba, y yo luché por mantenerme firme, por ser más valiente de lo que era en realidad.
Soltó un gruñido de desaprobación al examinarme, pero yo no perdí la compostura.
Eso fue lo que hice. Fingir ser valiente para, tal vez, ganarme su aceptación. «Finge y no te derrumbes». Estaba obligada a vivir con extraños, a depender de ellos para todo. No había nada más que pudiera hacer.
Nunca dejaba ver lo mucho que me había roto perder a Fell, porque las cosas rotas estaban…
, en fin, rotas. Nadie las apreciaba. Nadie las valoraba.
Nadie las respetaba. Las cosas rotas se desechaban, se tiraban como basura, y, a pesar de todo lo ocurrido, yo estaba decidida a sobrevivir en la manada.
Era lo que Fell habría querido. No se habría arriesgado tanto por mí de no ser así.
Vetr acarició los mechones rebeldes que enmarcaban el lado derecho de mi rostro, o, más bien, el lugar en el que antes habían estado esos mechones rebeldes.
Antes de que Nayden los incinerase. Rozó con cuidado la pelusa corta que quedaba.
Fruncí el ceño y alargué una mano para explorarlo yo misma, evitando por poco tocar los dedos de Vetr.
Frotaba los resquicios quemados con las yemas de los dedos y el sonido áspero me inundaba los oídos.
Y entonces sus movimientos cambiaron y sentí la caricia de su pulgar, deslizándose suavemente por un lado de mi sien.
Me estremecí al darme cuenta de que la piel estaba quemada.
Si reaccioné así no fue por ninguna otra razón.
Vetr se apartó. Tenía el pulgar manchado de ceniza negra.
—Te ha quemado. —Fulminó con la mirada la dirección en la que Nayden se había marchado, mientras los comienzos de un rugido empezaban a resonar en su pecho.
Los ojos le temblaron durante un breve instante en el que las pupilas se convirtieron en dos rayas verticales.
Nayden tenía suerte de haberse ido ya, porque no me cabía duda de que, de haber estado allí en ese momento, Vetr habría vuelto su ira contra él.
Los castigos que el alfa pudiera imponerle al muchacho escalaron rápidamente en mi mente.
No era lo que yo quería: eso no mejoraría mi relación con los más jóvenes.
Además, Nayden también era un piroexhalador.
El único que había en la manada, además de mí.
Debíamos llevarnos bien: si llegaban tiempos convulsos, tendríamos que trabajar juntos.
Di un paso atrás, apartándome de las caricias de Vetr.
—No es grave. Se curará. Mañana volveré a estar como siempre —le recordé a toda prisa, pues no quería darle más importancia de la necesaria, ni a la herida ni, sobre todo, al papel que Nayden había desempeñado en ella.
Yo ya destacaba entre ellos por razones obvias. No necesitaba que el alfa de la manada armase un lío por mí —sobre lo que no sería más que una herida insignificante— y abriera un camino de represalias en mi nombre.
Sostuve la mirada gélida de Vetr, deseosa de convencerlo de que me encontraba bien.
Al final, cedió con un gesto, un único y firme asentimiento. Y yo exhalé, aliviada de que lo dejara estar. Tampoco era la primera vez que resultaba herida en un entrenamiento. No era poca la sangre de mi cuerpo que había manchado el suelo de aquella arena.
Los demás también parecieron relajarse.
—Ya es suficiente por hoy —proclamó Vetr. Echó otro vistazo a su alrededor antes de clavar de nuevo sus ojos de escarcha en mí. Tras una larga e impertérrita mirada, se dio la vuelta y se marchó, presumiblemente para lidiar con Nayden.
Al quedarme sola con los demás, sentí todo el peso de sus miradas resentidas.
Inhalé y curvé los dedos para acariciarme la palma de la mano, buscando el consuelo familiar que siempre encontraba ahí, la sensación de que no estaba sola, de que seguía conectada a alguien, aunque no fuese real.