1. Tamsyn #2
Observé entonces cómo un cuerpo aún más grande colisionaba contra mi atacante, derribándolo y apagando su fuego con una ráfaga de neblina gélida que emanaba de él a oleadas.
Luego se inclinó sobre el chico, que estaba en el suelo.
Los largos mechones de su pelo del color de los rayos de la luna estaban recogidos con una banda de cuero, ofreciendo una vista sin trabas de su rostro brutalmente hermoso, de la línea dura de su mandíbula y sus ojos grises de escarcha, fríos como un puñal.
Maldito fuese, todo él. Ese rostro. El rostro de Fell… y a la vez no. Eran tan parecidos… Su semejanza cayó sobre mí como una losa, como un puñetazo en el estómago. Cada vez que lo miraba, me robaba el aliento. Lo odiaba. Lo odiaba. ¡Lo odiaba!
No era Fell.
Era Vetr.
—Ya basta —proclamó, una frase como un grito estruendoso que reverberó en las cavernas que nos rodeaban.
Vetr era formidable, y lo habría sido aun sin el título de alfa.
Era un ocultador. Igual que Fell, aunque este no lo hubiera sabido nunca.
No había tenido la oportunidad de explorar esa parte de sí mismo, de conocer que poseía la habilidad de ocultar con sus sombras tanto lo que había en el aire como en las mentes.
Aquella niebla que parecía rodear siempre a Fell y a sus guerreros en el Borg —que incluso nos había rodeado a nosotros en aquella cámara en la que había tenido lugar la ceremonia de la consumación— venía de Fell mismo.
Había sido siempre él. Era su poder, su talento de dragón.
La magia habitaba en nuestra sangre. Cada dragón la poseía, algunos más que otros.
Encogido a la sombra del alfa de la manada, el chico que estaba en el suelo ya no parecía tan grande y amenazador.
—¿Qué…, qué he hecho, Vetr?
Vetr lo agarró del cuello y se inclinó sobre él hasta que sus narices casi se tocaron.
—He dicho que nada de fuego. ¿Es que no has entendido mis instrucciones? ¿Es que no lo he dejado claro, Nayden? —Vetr deslizó la feroz mirada sobre todos los demás: una docena de espectadores que contemplaban con ojos ávidos la dramática situación que estaba teniendo lugar.
Habían estado esperando a que terminase el combate para que llegase su turno de luchar en la arena, pero aquel alarde de fuerza había captado su atención.
Todos asintieron como respuesta a la pregunta que el alfa le había hecho a Nayden.
Incluso Kerstin, que todavía jadeaba del esfuerzo, y que ahora estaba sentada en el suelo, en el lugar donde yo la había derribado.
Se tocó la nariz, como si quisiera comprobar que todavía seguía en su rostro, y luego me guiñó un ojo con descaro, como diciendo: «Me has dado bien».
Nayden miró a su alrededor con los ojos como platos y la piel, normalmente de un tono cobrizo, teñida de rojo brillante, casi del mismo tono que su pelo: un rojo con tintes dorados no muy distinto al color de mi melena. Saltaba a la vista que la falta de apoyo del resto de la manada lo avergonzaba.
—No es justo —protestó, y entonces me pareció el muchacho de quince años que era.
Tal vez fuese incluso más joven; no estaba segura.
La manada tenía veintinueve miembros, pero no me había aprendido sus biografías de memoria—.
¿Por qué no podemos usar nuestros talentos?
En una batalla, ¿no deberíamos utilizar cualquier cosa que tengamos a mano? ¿Todas nuestras habilidades?
—Llegados a este punto, ya deberías haberlo entendido. —La mirada gélida de Vetr se detuvo sobre el grupo al completo—. Todos deberíamos entenderlo. Debemos saber cómo luchar en forma humana. No siempre podemos revelar nuestro dragón.
Vetr se puso recto. Rotó el enorme cuerpo, desnudo de cintura para arriba tras sus batallas anteriores en la arena, para mirar a todos los presentes a los ojos.
Tenía una figura imponente. Igual que Fell, debía de medir más de un metro noventa, y tenía una espalda muy ancha y el cuerpo musculoso.
Un cuerpo de guerrero, o eso habría pensado en el pasado.
Fue lo que pensé sobre Fell la primera vez que lo vi, pero ya era consciente de mi error.
El cuerpo de Fell —igual que el de Vetr— era un cuerpo de dragón, camuflado bajo la piel de un humano.
Pasábamos casi todo nuestro tiempo caminando y existiendo como humanos.
Era nuestro estado base, nuestro punto de partida, la forma en la que habíamos venido al mundo.
Sin embargo, el dragón siempre estaba ahí, incluso cuando no era visible.
Nadaba bajo la superficie, como una víbora bajo el agua, preparado para emerger en cuanto se le invocaba.
Todo el mundo asintió y murmuró que entendía lo que había dicho Vetr, plegándose ante su autoridad. Todo el mundo excepto Nayden.
—¿Por qué no estás enfadado con ella? ¡Ni siquiera controla su sangre!
¿No es eso igual de importante? ¿Permanecer en nuestra forma humana no significa que jamás podemos revelar nuestra sangre de dragón?
¿No es eso lo que nos has enseñado? —Nayden señaló las pruebas que me condenaban: la sangre púrpura que había escupido en la arena.
Sabía que me reprenderían por ese error, pero no imaginaba que sería ese niñato quien lo hiciera.
Tragué saliva. Me sentía muy desdichada.
Por muchas ganas que tuviera de darle un puñetazo a Nayden en el cuello por señalar mi debilidad, mi fracaso, delante de mis narices —y de las de Vetr—, no le faltaba razón.
Por mucho que me esforzase, el arte de la byta, controlar la sangre propia y mantener su color rojo cuando estuviéramos en forma humana, se me resistía.
Todos los demás lo dominaban porque tenían un dominio absoluto sobre sí mismos, sobre sus dragones.
Yo había llegado muy lejos, pero este aprendizaje todavía se me resistía. Como tantas otras cosas.
—¡Hasta que no sepa cómo hacerlo, es una inútil! —Nayden se puso de pie; los fieros ojos le llameaban, desafiantes. Se acercó a mí y me escupió a los pies, no acertando por muy poco en la punta de mi bota.
No debió haberlo hecho.
Vetr soltó un gruñido, lo agarró del cuello de nuevo y lo lanzó por los aires, hacia el otro lado de la arena. Nayden gritó al estamparse directamente en el borde hecho de rocas.
—Vamos, Nay —lo regañó Kerstin—. Solo estás resentido porque no has podido ganarla sin recurrir al fuego. —Se encogió de hombros—. Por suerte para ti, ella no ha hecho lo mismo y no ha usado el suyo contra ti.
—¡A ella no le tengo ningún miedo! —Nayden me miró con tanto odio que los ojos le echaban chispas. Se puso de pie y dio un paso al frente, pero se le deformó el rostro en una mueca de dolor. Era evidente que el trato al que lo acababa de someter Vetr no lo había dejado ileso.
El alfa avanzó amenazante hacia él.
—¿No? ¿Y qué hay de mí? ¿A mí me tienes miedo, cachorrito?
Nayden se estremeció y dio un paso atrás, y no fue necesaria más respuesta que esa. No tenía nada que hacer frente a Vetr, y lo sabía. Todos lo sabíamos. Su desobediencia no iría tan lejos. No se enfrentaría al alfa de la manada.
—No es como nosotros —se quejó Nayden con voz más débil.
Claramente, todavía pensaba que podría persuadir a Vetr—.
Se crio con ellos. —Señaló con la mano la enorme abertura que salía de la arena donde entrenábamos, indicando así el otro mundo, el mundo que había más allá de ellos, lejos de la manada, lejos de los Riscos…
El mundo de los humanos, que se hallaba al sur. Mi antiguo hogar. Penterra.
Y, una vez más, no se equivocaba. Era cierto que había crecido allí.
En mis recuerdos, seguía siendo mi hogar, un lugar que antaño me había parecido correcto y natural, el lugar en el que antes tenía a mi familia y mis amigos…
y a Stig. Aparté el recuerdo de él, enterrándolo en lo más profundo de mí.
Él era otra más de las cosas que había perdido y con las que no pensaba obcecarme.
—Ahora es una de nosotros. —La tensión se le notaba a Vetr en el rostro.
Me sobresalté al oírlo. «Ahora es una de nosotros».
¿Era posible que lo dijera en serio? Había estado esforzándome por serlo desde que había terminado allí; había intentado desesperadamente labrarme un lugar para mí entre ellos.
—Hacedme caso —dijo Vetr, dirigiendo a todos los presentes una mirada amenazante—.
Ella nos necesita a nosotros tanto como nosotros a ella.
Todos nos necesitamos. No pienso tolerar divisiones en la manada.
Ya tenemos bastante oposición fuera de aquí, ya hay bastante gente que querría vernos caer.
—Señaló hacia fuera con un gesto, refiriéndose al mundo que esperaba fuera de nuestras cuevas.
«Ella nos necesita a nosotros tanto como nosotros a ella».
Desde mi llegada, era la primera vez que oía decir a alguien que se me necesitaba. En general, todos me trataban con reservas y cierta frialdad en el mejor de los casos, o con un odio silencioso, casi siempre.
Había sobrevivido, pero no estaba en mi mejor momento.
Por mucho que lo intentara, construirme una vida allí no era una tarea fácil.
La mayoría de los días sentía que me moría por dentro, como un pez fuera del agua, boqueando y sacudiéndose, tratando de sobrevivir y muriéndose sin que a nadie le importase…
porque no había nadie a quien le pudiera importar.
Nayden apretó los labios con rebeldía hasta convertirlos en una fina línea, como si no confiara en ser capaz de morderse la lengua.
—Vete —ordenó Vetr, que, de repente, parecía cansado. Señaló el túnel que salía la arena—. Espérame en la guarida de mando. Ahí decidiré cuál es el castigo que te corresponde.
Nayden se dio la vuelta, no sin antes dirigirme una mirada llena de odio y reproche. «Estupendo», pensé. Inhalé; el olor del fuego todavía permeaba el aire, todavía me invadía la nariz.
Con un suspiro, me puse de pie y me sacudí el polvo de las manos en los pantalones. Tragué saliva, inhalé, exhalé y me aparté los mechones del rostro que se me habían escapado de la ya despeinada trenza.