La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) 1. Tamsyn
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Tamsyn

Tras un año en los Riscos…

L a acometida me alcanzó en la sien.

La fuerza del golpe se irradió por toda mi cabeza, amenazando con derribarme.

La violencia no era una ocurrencia extraña para mí y, sin embargo, mi vida como muchacha de los azotes no me había preparado para aquel último año, para aquel ciclo interminable y penoso de dolor, sangre, pérdida y soledad.

Apreté los dientes de golpe, clavándomelos en la lengua.

El sabor metálico me inundó la boca y el líquido me empapó los dientes y la lengua.

Giré la cabeza para escupir sangre, y la sustancia resplandeciente aterrizó en el suelo.

Ni me inmuté al verla. Ya no. Solo me afectó que fuese púrpura.

Maldita fuera mi sangre. Quizá nadie más se hubiese dado cuenta. Aún me quedaba esa esperanza.

Traté por todos los medios de no perder el equilibrio, a pesar de lo mucho que me pitaban los oídos. Si me derrumbaba, se abalanzarían sobre mí al instante como una manada de lobos, y entonces todo terminaría.

Y eso no podía pasar.

Soplé para apartarme los mechones de pelo de la cara y seguí adelante. Si me detenía tan solo un segundo a recomponerme o a recuperar el resuello, sería mi final. El momento en el que me atraparían.

Así que sacudí la cabeza una única vez, con fuerza, decidida a seguir en pie. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula y me mantuve recta, a pesar del malestar, frente a mis atacantes.

Eran dos. El muchacho era más joven que yo, pero también más grande, con el rostro ancho y la frente y la barbilla como los bordes toscos de una roca.

Era tan fuerte e inamovible como los más viejos árboles de los Riscos, aquellos con gruesas raíces que se hundían hacia los lados, profundamente, en las laderas serradas de las montañas.

El dolor palpitante de mi cabeza no era sino una prueba de su fuerza: todavía notaba los ecos que había dejado su grueso puño al estampárseme en el rostro.

Se lanzó contra mí, serpenteando tan rápidamente que me costaba seguirlo con la mirada mientras se enrollaba como el viento a mi alrededor. Maldito fuera, qué rápido era. En general, mi velocidad me daba ventaja, pero él corría de izquierda a derecha casi sin tocar el suelo con los pies.

Mi otra atacante se acercó poco a poco, con una actitud aparentemente dócil y poco agresiva… Inocente, inofensiva, con un tamaño mucho más reducido y unos encantadores ojos entre bronce y avellana que ofrecían una gentileza de mentira.

Pero ya sabía que no debía permitir que me desarmara.

Las cosas más brutales y despiadadas venían siempre en el paquete más pequeño. Eso era lo que había aprendido: a no subestimar jamás a un oponente.

En ese mundo, nada era lo que parecía. Había toda clase de dragones, pero, a veces, los más pequeños, los más hermosos, con sus hipnóticos ojos de unos colores que ni siquiera sabía que existían, eran los más letales.

La seguridad no estaba nunca garantizada.

Un enemigo era siempre un enemigo, pero un amigo no era siempre un amigo.

Eso me lo había demostrado mi experiencia con Stig.

Había cometido un error al confiar en él y había estado a punto de pagar por ello con mi vida.

Y lo habría hecho de no haber sido por Fell.

Fell…

Se me hizo un nudo en la garganta, como me pasaba siempre que mis pensamientos se detenían en él. De repente, me escocían los ojos, sentía la nariz congestionada y taponada y un dolor sordo en el pecho.

Fell me había salvado. Fue entonces cuando se mostró verdaderamente ante mí, cuando me enseñó quién era en realidad, en el fondo.

Cuando me enseñó su corazón. A él también lo habían educado para creer que los dragones eran los monstruos —sin que él mismo supiera que era uno de ellos—, pero me había salvado la vida de todos modos.

Solo que nada de eso importaba ya.

Yo no sabría nunca lo que podría haber sido.

No tendría nunca un futuro con él. No estaríamos juntos. Y esa pérdida era una herida más, un dolor profundo más poderoso que el daño que me infligían día tras día.

Y, aun así, continué. Porque Fell no lo habría querido de otro modo.

No podía parar. No podía rendirme.

Allí, cada día era una lucha. Una batalla constante para entrenar, para prepararme. Lo había aceptado. Había aceptado que debía aprender a ser aquello que era.

Cumplía con lo estipulado, con las rutinas diarias de la manada, con una determinación vigorosa e indoblegable.

Cumplía con las tareas que se me asignaban, me presentaba voluntaria para hacer otras, entrenaba y luchaba hasta sangrar.

Trabajaba hasta que me ardían y temblaban músculos que ni siquiera era consciente de poseer.

Era necesario. Era lo que debía hacer para demostrar mi valía.

Cada noche, me derrumbaba en mis pieles y me rendía a un sueño tan profundo y arrollador que bordeaba la muerte.

Por las mañanas, me despertaba y empezaba de nuevo todo el proceso, luchando junto a aquellos que me miraban con recelo y desconfianza, por ser la muchacha que se había criado entre humanos.

Junto a hermanos que no parecían hermanos.

Y, sin embargo, mi lugar no podía hallarse en ninguna otra parte. Estaba allí, a pesar de que Fell no estuviera. A pesar de que la «x» de la palma de mi mano palpitara constantemente con el recuerdo de él.

Olvidé la punzada de mi mano en el momento en que ella se abalanzó sobre mí.

La esquivé al instante, girando en un círculo.

Y fue entonces cuando él aprovechó la oportunidad. Trabajaban juntos, unidos en un tándem brutal, para tratar de vencerme. Me sacaban toda una vida de entrenamiento como ventaja y, en algún momento, habían decidido aliarse contra mí.

Allí era yo la forastera. La que estaba en los márgenes, mirando hacia dentro. Dudaba que aquello fuese a cambiar nunca: a sus ojos, jamás podría despojarme de mis comienzos.

Su alianza funcionó, como de costumbre. Yo era capaz de aguantar el tipo en un combate uno contra uno, pero, si eran dos contra uno, la suerte no estaba a mi favor.

De todos modos, allí no aplicaban cuestiones como la justicia.

La desigualdad no era nunca una excusa, no en la arena, pues en la vida real tampoco importaría.

Aprovechándose de mi atención dividida, el chico se lanzó contra mí, derribándome de golpe, y me inmovilizó contra el suelo con su cuerpo, más grande que el mío.

Esbozó una triunfal sonrisa, enseñándome los dientes un poco demasiado puntiagudos: los bordes romos de sus dientes humanos empezaban a revelar sus colmillos.

—Pues no eres tan dura, ¿no, piroexhaladora?

—me jadeó en la cara, con la piel sonrosada en una mezcla entre agotamiento y placer.

Y algo más… Su carne parpadeaba: un instante era la piel de un dragón, entre roja y dorada y brillante, y al siguiente…

no. Solo la carne corriente de un muchacho, como si no fuese capaz de decidir lo que era, si humano o dragón.

Pensaba que ya me tenía. Que había vencido.

Tragué saliva con fuerza, luchando contra el fuego que amenazaba con escapar de mí. Siempre era así, siempre. El fuego estaba vivo, se movía en mi interior a su propia voluntad.

Me resistí, retorciéndome bajo él para quitármelo de encima. Él se enrolló en la mano mi gruesa trenza, sinuosa como una serpiente sobre la tierra en la que estaba postrada. Tirando fuerte de ella, como si de una cuerda se tratara, me golpeó la cabeza contra el suelo, una, dos veces.

Se me nubló la vista, tiñéndose de manchas de distintos colores. Y, por un instante, el mundo se tornó completamente negro, y dejé de ver su rostro. Parpadeé para aclararme la visión, luchando porque recuperase su nitidez.

Estaba convencido de haberme vencido. Lo vi en el orgulloso fulgor de sus ojos, en la mueca de satisfacción de sus labios. Pero se equivocaba.

Yo ya no era la misma muchacha de los azotes que se había unido a ellos.

Era muchas cosas que no había sido hacía un año.

Era más dura. Más lista. El dolor tenía ese efecto, igual que la pérdida. Te enseñaba cosas. O bien te marchitabas y morías, o bien sobrevivías, crecías, mejorabas, te fortalecías. Te volvías dura donde antes habías sido blanda e indefensa.

Me quedé fláccida, dejando los brazos muertos a los lados, los dedos abiertos como pétalos desplegándose. Delicados. Vulnerables. Dejé un cuello tierno expuesto a una espada certera.

Y la rigidez se esfumó de su cuerpo. De repente, la presión que ejercía con el peso de su cuerpo disminuyó, y dejó de agarrarme tan fuerte del pelo: sus dedos ya no me atenazaban.

—¡Ya la tienes! —gritó la chica, que no andaba muy lejos.

Él resopló encantado, triunfal, y se sentó. Seguía encima de mí, pero ya no me aplastaba tanto.

Así que di un brinco y me puse de pie al tiempo que me lo quitaba de encima.

La chica se había quedado boquiabierta. La lancé contra el suelo de una patada en la cara antes de que le diera tiempo siquiera a reaccionar. Los espectadores soltaron una exclamación al unísono.

Me volví para terminar con el chico, pero ya se había puesto de pie, y tenía los puños cerrados, vibrando de furia. Puro fuego llameaba en sus ojos; las pupilas se le estrecharon hasta convertirse en dos rayas verticales, y eso fue toda la señal que yo necesitaba. Sabía lo que me esperaba.

Me aparté justo cuando él exhaló un chorro de fuego que siseó por encima de mi cabeza, prendiendo fuego a los mechones sueltos de mi trenza, que ondeaban en el aire.

Me tiré al suelo y rodé. El fuego seguía viniendo a por mí, como una serpiente hambrienta, devoradora, como una ráfaga abrasadora sin fin que tenía el firme objetivo de calcinar mi carne. Me dolía la cara; me ardía la oreja.

De repente, un nuevo cuerpo se interpuso y una ráfaga de viento atravesó la arena.

Ahogué un grito y me detuve. El fuego había desaparecido; ya no ardía en el aire… Ni tampoco en mí.