Prólogo. Ashild #3
El sonido del chorro de sangre le llenó los oídos, como un río distante.
Bajó la vista y vio el líquido púrpura y brillante que manaba como el agua de un arroyo…
de su propio cuerpo. De repente, sintió frío, más frío del que había sentido nunca en cualquier invierno al que hubiera tenido que enfrentarse.
Trató de buscar otro rugido en su garganta, pero esta vez solo consiguió emitir un maullido quejumbroso, tan débil y patético como el de un ratón asustado.
Jadeó débilmente, tratando de respirar entre los balbuceos que se le escapaban.
Las líneas que rodeaban los ojos del guerrero se marcaron más, arrugándose a medida que se ensanchaba su sonrisa.
—Tu tiempo ha terminado. Adelante…, déjate ir. Muere.
Le cedieron las piernas y se desplomó en el suelo: su cuerpo era demasiado grande, demasiado fornido, como para seguir soportando su propio peso… Y cayó donde estaba con un fuerte golpe, mientras la sangre que manaba de su interior humedecía el suelo, tornándolo blando y esponjoso.
Él se abalanzó entonces sobre ella: saltó sobre su espalda en un movimiento sorprendentemente ágil para un hombre que ya había dejado muy atrás la juventud. Ella se quedó sin aire; las pausas que había entre sus respiraciones eran cada vez más largas, más superficiales.
No podía moverse. No podía luchar, ni tampoco resistirse.
El cuerpo se le tornó fláccido. Roto, acabado.
Hasta sus párpados se le antojaban como pesas de plomo.
Le costaba mantener los ojos abiertos, incluso cuando él bajó una mano hacia su cabeza y se inclinó para agarrarla de uno de los pinchos de su gola.
Tiró de él con fuerza, obligándola a echar la cabeza hacia atrás y a dejar expuesta su carne más vulnerable.
Expuesta ante él. Notó un tirón en el cuello: le había arrancado la cadena.
Atisbó el ópalo negro que Sigurd le había regalado.
Otra reliquia más, perdida para siempre.
Mantuvo los ojos abiertos, consciente de que aquel era el final. Como él había dicho…, su tiempo había terminado.
Pero no el de los dragones.
Ellos habían encontrado una forma de seguir adelante. Una forma de sobrevivir.
Una paz repentina se adueñó por completo de ella.
Se sentía más ligera, boyante, casi como si estuviese flotando sobre sí misma, mientras buscaba con la mirada entre los rostros ávidos de los guerreros, que le parecían todos iguales, todos con mirada enloquecida y manos ansiosas flexionadas sobre las empuñaduras de sus armas.
Por fin encontró lo que buscaba: a su hijo. Lo miró a los ojos atónitos y trató de transmitirle que no tuviera miedo. Trató de contagiarle fuerza, de asegurarle que todo iría bien. Que él estaría bien.
Aunque ella le faltase, prosperaría, crecería fuerte.
La paz se propagó por su cuerpo, hundiéndose en él, hallando cada grieta, cada resquicio, cada punto vacío y dolorido.
Él sería lo último que viese, la imagen que se llevaría consigo. Y aquello la llenaba de alegría, a pesar de que él tuviera que presenciar su asesinato. Con suerte, el tiempo sería amable y le borraría ese recuerdo, lo limpiaría de su mente como la lluvia. Era joven. Lo olvidaría. La olvidaría.
Un bálsamo que la aliviaba tanto como daño le hacía.
Exhaló profundamente un aliento entrecortado.
Su pequeño clavó en ella la mirada de escarcha, moviendo los labios con palabras que no había formado todavía.
Ella miró hacia atrás, al viejo guerrero sentado sobre ella, para quien Ashild no era más que una bestia sin razón, carente de corazón, de amor, de sueños, de una conciencia profunda.
No podía verlo del todo bien, pero atisbó un destello de su hacha, y su resplandor en el aire nebuloso cuando la sostuvo sobre ella, preparado para asestarle el golpe final.
Aquello era el final.
Volvió a mirar a su hijo. Apenas unos segundos la separaban del fin, y no tenía miedo. No se arrepentía de nada. No deseaba haber vivido de un modo distinto. Al menos, se iría con ese consuelo.
Sus únicos pensamientos fueron para ellos. No para sí misma. No para su propia vida.
Para sus hijos.
Apartó la mirada del primero, buscando… al otro. Nunca andaba demasiado lejos. Necesitaba verlos a los dos una última vez.
Allí. Ahí estaba, su pequeño escalador. Vetr. Estaba en lo alto de la guarida, en un saliente que llevaba a otra caverna que a él le gustaba explorar. Era su pequeño aventurero, el más salvaje de los dos, más atrevido que su gemelo, al que le gustaba más quedarse cerca de su madre.
Pero allí estaba, escondido, apartado de la vista de todos, con los ojos muy abiertos y fijos en ella.
Miró al uno y luego al otro, sus hijos, sus crías de dragón que eran dragón y no lo eran. Pero, fueran lo que fuesen, eran suyos. Y lo serían para siempre.
Ignoró todo lo demás. Ignoró a aquellos malditos guerreros. Ignoró la inminencia de su muerte. Nada de eso importaba.
Y, cuando el hacha cayó sobre su cuello silbando en el aire, se permitió mirarlos con libertad, dejar que su amor por ellos la consumiera y la cegara ante todo lo demás, que se quedase grabado en ella…, en lo que fuese que iba a convertirse. «Ellos sobrevivirán. Seguirán adelante».
Fue lo último que pensó antes de que le cercenaran la cabeza, separándosela del cuerpo.