La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) Prólogo. Ashild #2
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Prólogo. Ashild #2

Era evidente que la habían descubierto durante aquella última salida.

La habían seguido y le estaban dando caza.

Su gran miedo, que le dejaba un sabor fétido y constante en la boca, se iba a cumplir por fin.

No perdió el tiempo enfadándose consigo misma, ni llamándose estúpida, débil o descuidada. Aquello era inevitable.

La gola de pinchos, afilada como la obsidiana, que le rodeaba el rostro se desplegó de un golpe y vibró, armándola y protegiéndola, preparándola para la batalla, mientras esperaba a la amenaza a la que habría de enfrentarse.

La última batalla. El final.

Llegaron al fin: un grupo de guerreros se abalanzó en la boca de su guarida.

Una docena de humanos acompañados de su hedor, con armas en los puños sudados y crueles ojos como dagas que le arañaban la piel, que se clavaban en su madriguera, en su hogar, donde estaba su botín y tesoro. Unas bestias avariciosas y asesinas.

Llamaban a los dragones monstruos, pero los monstruos eran ellos.

Eran ellos quienes les daban caza, quienes los derribaban de los cielos, decididos a borrarlos de la faz de la tierra, una gesta que creían haber logrado.

Y ella lo sabía: sabía que eso era lo único que mantenía a salvo a los dragones que todavía estaban vivos.

Era lo que la había ayudado a mantenerse a salvo a sí misma durante los años previos.

Aquellos humanos, henchidos de victoria, de triunfo, como garrapatas saciadas de sangre, habían dejado de buscarlos.

Cuando se aventuraban a adentrarse en los Riscos era para buscar tesoros, reliquias de los dragones pasados.

Haberla descubierto, haberla encontrado…

, había sido solo una cuestión de suerte.

De mala suerte para ella.

Una oleada de amargura le heló hasta los huesos.

Abrió las fauces y emitió un rugido cuya potencia hizo temblar la montaña misma, alertando a cualquier dragón que hubiera cerca de que uno de los suyos estaba en apuros.

Aunque tampoco es que pudieran ayudarla.

O quisieran. E incluso si hubiesen estado lo bastante cerca, incluso si hubiesen decidido investigar lo que ocurría, no habrían llegado a tiempo.

El niño, encogido a sus pies, gimoteó y se hizo un ovillo tembloroso. Nunca había visto esta faceta de su madre, nunca había oído sus rugidos estruendosos ni había visto sus colmillos.

Uno de los hombres se antepuso a los demás guerreros.

Era mayor que los que lo flanqueaban: en su barba había más pelo gris que castaño.

Además, era grande para ser un humano: corpulento, de pecho ancho y fuerte, con unas piernas como troncos de árboles.

Los demás estaba inmóviles tras él, con la perplejidad por la inesperada presencia de Ashild escrita en el rostro.

Sin embargo, el de la barba canosa no parecía sorprendido, ni tampoco alarmado.

Parecía… complacido. Como si acabase de encontrarse con un tesoro, una mina rebosante de gemas en las profundidades de los Riscos, lo que, Ashild supuso, no dejaba de ser cierto: tras ella había montones y montones de piedras preciosas que habían pertenecido a su familia durante generaciones.

Sin embargo, no creía que fuese solo su tesoro lo que le provocaba ese brillo en los ojos, porque la recorría con la mirada como si ella misma fuera la recompensa.

Un dragón, cuando ya no debería existir ninguno.

Cuando no deberían ser más que recuerdos borrosos, cuentos, fantasmas y rumores que ya nadie se tomaba en serio.

—Me alegro de seguir llevando esto conmigo —gruñó el hombre.

Flexionó las manos gruesas como garras sobre la empuñadura de su hacha de guerra y blandió la hoja de hueso en el aire, como si la estuviera probando.

Hacía mucho tiempo que ella no se encontraba con una hoja de esa clase, forjada con huesos de dragón.

No veía una desde el Lamento, la batalla final de la Trilla, en la que habían perdido la vida muchos miembros de su estirpe.

Su padre, su madre, sus abuelos… Casi todos los miembros de su manada habían perecido ese día, y ella había albergado la esperanza de no volver a ver jamás un arma así.

Ese día, Ashild había huido con un pequeño grupo de supervivientes, entre los que se encontraba Sigurd. Y después se habían escondido, y habían evitado tanto a los humanos como a sus lobos insaciables… para hacerles creer que habían dejado de existir. Que estaban extintos. Muertos.

Se habían enterrado en lo más profundo de los Riscos. Habían enterrado su magia.

Habían permitido que los humanos creyesen que habían ganado.

Bajó la mirada, que se le endulzó unos instantes al ver al niño encogidito a sus pies. Su hijo.

Sabía lo que aquel hombre veía, lo que todos ellos veían. Y, lo más importante, también sabía lo que no veían.

Ellos no veían una cría de dragón.

No veían lo que era en lo más profundo de su ser: un dragón, igual que Ashild.

Lo que veían era un niño. Un humano.

Y comprendía que aquello, en sí, no era malo. Pasara lo que pasase, su hijo estaría a salvo siempre que no reconociesen su verdad. No matarían a alguien que identificaban como uno de su propia especie, uno de los suyos.

—¡Tiene un niño, mi señor! —exclamó uno de los guerreros.

El de la barba canosa asintió. Era un hombre importante, con poder y autoridad.

—Sí. Tened cuidado. No le hagáis daño.

Olvidó su alivio momentáneo, presa de un ramalazo de ardiente furia. ¿Pensaban que haría daño a su propio hijo? ¡Como si ella fuese la amenaza para él! ¡Como si ella fuese el peligro, la enfermedad infecciosa!

Aunque, lógicamente sabía que esa creencia mantendría a salvo a su pequeño, no podía evitar que la enfureciera.

No hacía sino aumentar la sed de sangre contra ellos: volvió a rugir, alargando el cuello, desgarrándoles los oídos con un estruendo que rebotó en las paredes de la caverna y más allá, pues su eco siguió serpenteando a través de los túneles de la montaña.

Su hijo corrió hacia la pared del fondo de la guarida con unos ojos como platos. El pecho pálido le subía y le bajaba con violencia, y se le notaban las costillas bajo la piel mientras se contraía en sollozos mudos.

Ashild se alegró de que se hubiese apartado de su lado.

Se alegró de que no estuviera por medio cuando uno de los guerreros se abalanzó contra ella, seguido de cerca por otro.

Que no quisieran hacerle daño al pequeño no significaba que estuviese a salvo.

Nadie estaba a salvo de un accidente, sobre todo en mitad de una batalla.

Se volvió trazando un ancho arco con la cola y lanzó al primer humano contra la pared, contra la que se estampó con un satisfactorio crujido, soltando un chorro de sangre caliente.

Al otro, al que había derribado con el mismo movimiento, lo pisó con su gigantesca zarpa, aplastándole el cráneo tan fácilmente como habría machacado un melón.

Uno ya estaba muerto, y otro probablemente inconsciente e incapacitado tras su colisión contra la pared, tal vez incluso muerto… Y, si no, no tardaría en estarlo, a juzgar por sus ojos vidriosos.

Pero todavía quedaban diez.

Diez de más.

No volvieron a cometer el error de avanzar contra ella uno por uno o en parejas.

Se lanzaron todos a la vez, profiriendo sus gritos de batalla.

Eran demasiados, incluso para su fuerza y su gran tamaño, pero Ashild no pensaba rendirse sin luchar.

Sin causar todo el daño posible. En el pasado quizá hubiese podido con todos ellos, cuando era más joven y fuerte.

Cuando no estaba debilitada por la falta de comida.

Cuando no estaba debilitada por la pérdida de su vínculo.

Pero la abrumaron con una gran acometida, cargando contra ella, trepando por su cuerpo y apuñalándola; le clavaban las espadas allá donde alcanzaban sus hojas de acero. Pero ninguna la hirió gravemente. Ninguna herida era mortal. Nada que no se curase con un poco de tiempo.

Sin dejar de rugir, se retorció y giró con violencia para quitárselos de encima, hasta que se volvió justo hacia la acometida de un arma que ya la estaba esperando. De una hoja que no era de acero, una hoja que sí podía causarle una herida mortal.

Y lo hizo.

No era de acero. Ni siquiera era una espada: se trataba de un hacha de hueso de dragón, como las que habían usado para matar a los dragones durante la Trilla. La muerte la había alcanzado al fin, tras todos esos años. El hacha se le clavó hondo, hasta alcanzarle el esternón. Hueso tocando hueso.

Se quedó paralizada. Clavó la mirada en quien la blandía: era el líder, que tenía unos ojos hondos e insondables en los que sintió que se ahogaba, que se hundía, como si fuesen un pantano que la apresaba, arrastrándola hacia él. Arrastrándola hacia ese hombre, su ejecutor.

Bajó la vista hacia el hacha que tenía clavada, hacia la sangre que manaba de la profunda herida. El líquido púrpura resplandecía alrededor de la hoja blanco tiza, humedeciéndola.

Él sonrió con regocijo, con la saliva burbujeando alrededor de sus labios y salpicándole la barba, y se aferró mejor a la empuñadura del hacha. Con un gruñido exultante, le hundió aún más la hoja en el pecho y, ensanchando el corte que la partía, la abrió en dos y le rompió el esternón.