La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2) Prólogo. Ashild
1%
La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2)

La cicatriz en el hueso (Fuego en el cielo 2)

Por Sophie Jordan

© inepub.com

Prólogo. Ashild

Prólogo

Ashild

Los Riscos

Setenta y siete años antes del Lamento

E l cielo estaba rojo.

Rojo como la sangre. Mientras atravesaba volando su vasta inmensidad, batiendo las alas oscuras en el aire rojizo y formando así fuertes ráfagas de viento, sintió que pareciéndose tanto a la sangre se mofaba de ella, porque eso la hacía pensar en comida.

Se le hacía la boca agua pensando en carne gruesa, jugosa y blanda bajo sus colmillos…

Lo que ansiaría desesperadamente cuando regresara a casa con las manos vacías de nuevo.

Por segundo día consecutivo. Nada que comer.

Nada con lo que alimentar sus estómagos famélicos.

Nada.

La neblina era fina como el agua, en absoluto lo bastante opaca.

En circunstancias normales, jamás habría abandonado el refugio de su guarida cuando el cielo la ocultaba tan poco, y jamás antes de que cayera la noche, pero qué hambrientos estaban…

El hambre era demasiado demandante, era más imperiosa que la voz en su cabeza que le recordaba que fuese cauta.

Era un hambre que exigía ser aliviada, así que había decidido arriesgarse.

Arriesgarse a revelar su existencia ante ojos enemigos.

A veces, los riesgos no podían evitarse. Ashild no podía más que seguir adelante con el aliento contenido, más que volar y desplazarse por los aires más rápido que el viento, y conservar la esperanza. La esperanza de que todo terminase bien.

Aterrizó, notando la roca fresca bajo sus patas.

Plegó un poco las alas correosas, pegándolas bien al cuerpo, y descendió por el túnel serpenteante, sumergiéndose más y más y más en las cavidades de la tierra, en la oscuridad susurrante y perpetua.

Sus ojos centellearon al dilatársele las pupilas, que se aclimataron a la repentina ausencia de luz.

Bajó y bajó por las tripas de la montaña, en las que el aire húmedo y dulce parecía escarcha en su piel que se contraía. Un beso gélido. Una mano helada. Un aliento glacial.

Se movía tan fluida y rápidamente como un ovillo desenrollándose en el suelo. Ansiosa por ver, por tocar, por abrazar, por inhalar esa carne que olía tan parecida a la suya a pesar de sus muchas diferencias.

Era eso, y solo eso, lo que la hacía seguir adelante cuando todo lo demás le pedía a gritos que se rindiera. Que parase, que se uniera a los muertos, a sus hermanos, a su compañero, a la legión de dragones perdidos.

El túnel se estrechó hasta ser casi demasiado angosto para su cuerpo, pero se las arregló para atravesarlo, a pesar de que se arañaba con las paredes; era más fácil ahora que estaba tan flaca, ahora que no era más que piel y tendones hambrientos, endebles como las velas de un barco por encima de los huesos.

Siguió adelante hasta que emergió en su guarida y pudo hundir los pies en un suave lecho de musgo.

Su hogar.

Una carita le dio la bienvenida. Cuando se acercó a ella con sus piececitos tambaleantes, sintió que se le aligeraba el corazón, que flotaba tan liviano como una burbuja de aire en su pecho.

Aquella sonrisa hacía que todo mereciera la pena: cada riesgo, cada comida a la que renunciaba para que fuera su estómago el único que rugía de hambre.

Ver aquella alegre sonrisa era lo que le daba las fuerzas para seguir a pesar de todo lo que había perdido: su manada, su compañero, un futuro en el que los dragones vivieran en prosperidad, yendo y viniendo a voluntad.

A pesar del dolor atroz y persistente de su vínculo perdido con Sigurd… , aún le quedaba eso.

El pequeño llegó hasta Ashild y lanzó sus bracitos hacia ella. La cabeza no le llegaba ni siquiera a sus rodillas. Ella se inclinó y acarició con el morro los brillantes bucles negros, tan parecidos a su piel de color ónice.

Y, a pesar de lo grande que era ella, y a pesar de lo pequeño que era él, se daba cuenta de que aquel no era un niño menudo y enclenque que fuese a doblegarse como una ramita ante el viento.

Sintió que se le henchía el pecho de amor de madre.

Los niños humanos no eran, ni por asomo, tan robustos, fuertes ni, en su opinión, hermosos como el suyo.

Había visto niños humanos desde lejos. Tan frágiles como conchas en la orilla del mar.

Había sido hacía años, demasiadas décadas atrás como para contarlas, cuando aún era seguro ir donde gustase, alzar el rostro hacia los rayos del sol, sobrevolar sus pueblos, ser vista y ver todo lo que el mundo podía ofrecerle en toda su vastedad, porque nada podía tocarla.

Nada podía acabar con ella. Los días en los que su vínculo con Sigurd era fuerte, cuando también lo era ella, antes de convertirse en esa versión debilitada de sí misma.

Echó un vistazo al cesto en el que guardaba a buen recaudo la comida: no quedaban más que dos peras y unas cuantas bayas.

El niño que tenía delante tal vez tuviera aspecto de humano, pero poseía el voraz apetito de una cría de dragón.

Cazar, encontrar y hurtar comida era un trabajo constante; aquel cesto debía rellenarse continuamente.

Se miró las garras vacías y sintió una fuerte punzada en el corazón. «Mañana». No podía volver a fallar. Al día siguiente iría una vez más de caza y, esta vez, traería comida. Algo más sustancioso que la fruta. Traería carne. Frutos secos.

O…

O quizá hubiese llegado el momento.

Tragó saliva con el corazón encogido. Quizá hubiese llegado la hora de hacer aquello que se había jurado no hacer jamás. Quizá ya no le quedase otro remedio.

Quizá hubiese llegado la hora de unirse a una de las pocas manadas que quedaban, enterradas en lo más profundo de los Riscos.

Sabía que había al menos dos grupos que se iban reduciendo en número, sí, pero se aferraban a la vida igual que las últimas hojas de un árbol a las ramas de invierno.

Aún sobrevivían. Albergaba la esperanza de que hubiera también otras manadas, tan bien escondidas que ignoraba su existencia.

Al comienzo de su exilio autoimpuesto, la comida que podía hurtar y cazar era abundante, pero ya cada vez había menos presas: lo único que quedaba era el paisaje duro y arrasado por la nieve, que, baldío, no hacía sino devolverle la mirada.

Había ido de cacería por toda la zona que los rodeaba, y no podía permitirse alejarse más.

Ya salía demasiado. Ya se arriesgaba demasiado.

Pero el cuerpecito que en ese momento se apretujaba contra ella la consolaba, la motivaba a seguir sobreviviendo, existiendo.

Tenía los mismos ojos que su padre: unos iris gris plateado, reflejo de la niebla que rodeaba las cimas de los Riscos.

Se le encogió el corazón al recordar a Sigurd, que ya no estaba a su lado.

Habían pasado ya dos años desde que lo había perdido, poco después de dar a luz, pero su pena era todavía un desgarro sangrante y en carne viva, una enorme herida abierta en el lugar en el que antaño había estado su vínculo.

Se había ido a cazar una mañana. Ashild aún sentía el eco del cálido soplo de su aliento cuando le había acariciado la mejilla con el morro para despedirse.

Todavía veía el brillo de sus ojos de color escarcha y el parpadeo que emitió su piel iridiscente cuando se volvió y se marchó de la guarida que compartían.

Aquella había sido la última vez que lo había visto. Como la niebla que se disipa, nunca había regresado.

Sabía que ya no existía. Que estaba muerto.

Nada más lo habría apartado de ella, y, además, había notado el momento en el que su vínculo se había roto, el lazo que se cercenaba para siempre.

Cuando lo había sentido, de pie, en su guarida, el dolor se le había clavado en el centro del pecho, le había robado el aliento y la había derribado.

Y sin embargo…

Unirse a las filas de una manada, acogerse a su protección y hacer uso de sus recursos implicaría aceptar a otro compañero, pues de ella se esperaría que se uniera a alguien y se reprodujera para ayudar a repoblar el mundo de dragones, que eran cada vez más escasos. No podía ni pensarlo.

Se le hizo un nudo en la garganta. Durante aquellos dos últimos años, no había estado dispuesta a pagar tan alto precio. Prefería arreglárselas sola, vivir con el dolor del vínculo perdido con Sigurd y no confiar sus vidas a nadie más.

Y, además, había otra razón: bajó la vista hacia el pequeño que se balanceaba alegremente, agarrado de su pata. ¿Podía confiar en que los dragones lo aceptasen? Algunos lo verían como una aberración, una afrenta a la especie y a las viejas costumbres.

Mientras su hijo le tiraba de la pata, reclamando su atención, recorrió la guarida con la mirada, contemplando las gemas brillantes y los montones de oro acumulados en la pared del fondo, que brillaban como la luz del fuego en la oscuridad.

Eran un sustento para su alma. Al menos le quedaba eso.

Cuando la falta de comida la hacía sentir débil, se aferraba a la energía que sus tesoros imbuían en su interior.

Continuó buscando, vigilando, explorando…

De repente, oyó el eco sordo de un ruido tras ella. Venía de las profundidades de la montaña. Lo oyó otra vez.

Y otra.

Eran una serie de golpes rítmicos, un martilleo cadencioso, un ruido tras otro, idéntico… Como de unas botas avanzando hacia ella, acompasándose con los latidos acelerados de su corazón.

Se volvió despacio hacia la boca de la guarida.

Abrió las alas de golpe y las hizo temblar, preparada para defenderse, a pesar de que se le había caído el alma al suelo.

Contuvo el aliento, todavía aferrada a la esperanza de que no fuera nada.

Y, sin embargo, el golpeteo continuaba, aumentando su volumen y su intensidad.

Un martilleo… Unos fuertes pasos que avanzaban.

Iban a por ella. Estaban ya cerca de la boca de su guarida y emergerían de un momento a otro en la oscuridad.

Las alas le vibraban y se estremecían. Se elevó ligeramente en el aire para parecer más grande, para resultar más intimidante.