La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 107
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Nora

Le dije a Elise que quería salir de allí.

Alejarme de Dublín. Poder… respirar. Que necesitaba ir a cualquier parte donde pudiera pensar.

Donde no tener que hablar. Que necesitaba…

descansar. Ella no me pidió explicaciones, no me preguntó si estaba bien, pues debía de intuir que no lo estaba.

Solo me pidió cinco minutos. Solo cinco, en los que permaneció concentrada en la pantalla de su móvil, organizándolo todo, y después paró un taxi y nos fuimos a Howth, donde había reservado una habitación en un bed and breakfast en el que teníamos que compartir la cama, pero ni siquiera eso me importó.

Pasé horas dando vueltas entre las sábanas, sin poder dormir.

Sin derramar ni una sola lágrima. Levantándome una y otra vez al baño, porque el embarazo no perdona.

Elise insistió en que cenara algo, pero yo no tenía hambre.

Aun así, consiguió que al menos comiera unas galletas.

Y, entonces, se lo conté. Todo. Mi amiga escuchó hasta el último detalle, incluida la parte correspondiente a mi padre y el encontronazo que tuvimos en Berlín.

No sé cuánto tiempo pasé hablando, hasta que en algún momento el cansancio pudo conmigo y me quedé dormida.

—Nora… —Una voz me llama—. Nora…, venga, despierta.

Parpadeo y la distingo agachada frente a mí. La luz del nuevo día entra por la ventana.

—¿Qué hora es?

—La del desayuno. Tienes que salir de esta habitación y moverte, así que venga… No pienso traerte la comida a la cama.

—Está bien.

Salimos a la calle y caminamos bajo un chirimiri constante que, lejos de molestarme, me espabila un poco. Llegamos a un local pequeño, con pocas opciones en el menú, pero suficientes para salir del paso.

—Anoche, cuando te quedaste dormida, hablé con Max. Le conté alguna cosa, pero no todo, tranquila.

—Elise…

—Lo sé, tal vez no debí, pero estabas destrozada, Nora, y él necesitaba saberlo.

Bajo la mirada hacia el café.

—Debí escribirle, pero me quedé dormida. Soy una egoísta.

—De eso nada. Estabas agotada, física y mentalmente. Y estoy segura de que él lo entiende.

No digo nada, solo doy un pequeño sorbo al café.

—Le escribiré cuando volvamos a la habitación. Además, lo echo de menos…

—Pues tranquila —Elise se acoda en la mesa—, porque hoy va a venir a buscarte.

Mi corazón da un vuelco.

—¿Qué?

—Está de camino.

—Elise, no quiero que venga —aseguro, aunque ni yo misma me lo creo—. Debe de estar destrozado después de tantas horas de viaje; él también tendría que descansar.

—Ya —conviene—, pero sabes cómo es y lo mucho que te quiere.

Nos tomamos nuestro tiempo para desayunar. Las dos estamos tan cansadas que no hablamos mucho.

—Creo que voy a dar un paseo —anuncio cuando regresamos al exterior, donde parece que ya no va a llover.

—Te acompaño.

—No, por favor. Tu descansa. Yo… la verdad es que me vendría bien estar un rato sola.

Elise duda, pero al final acepta.

—De acuerdo, pero, cualquier cosa, llámame.

—Descuida.

Sonrío y, después de dejarla en la puerta del alojamiento, me alejo hacia el paseo que da a los acantilados. Siempre me han transmitido una libertad y un consuelo difíciles de hallar en otro sitio, por eso, pasear este mediodía por los de Howth me resulta casi sanador.

En algún momento, consciente de que llevo mucho rato caminando, y de alguna gota que ha comenzado a caer, saco el móvil para mirar la hora, pero se ha quedado sin batería.

Tal vez debería ir al hotel; no quiero que me pille la lluvia por aquí.

Además, necesito saber de Max, ya que lo último que me dijo fue que nos veríamos pronto.

Mientras avanzo, el viento revuelve mi cabello y me deja ese frío húmedo en la piel, aunque no es suficiente para despejarme. Me gustaría entenderlo todo, pero, cuantas más vueltas le doy, menos sentido tiene. Más absurdo y más… injusto me parece.

Me llevo la mano al vientre, casi de forma inconsciente. Al menos, esto sí es real.

Alzo la mirada hacia el horizonte y el corazón se me detiene durante un segundo.

Está ahí, a lo lejos. Lleva un abrigo de paño gris oscuro, el cuello levantado para protegerse del aire, el pelo revuelto; camina hacia mí con decisión.

Yo no puedo evitar sonreír, alegrándome al comprobar que, cuando se acerca, él me devuelve el gesto.

Y en este momento no importa nada más: él es mi realidad. Mi vida de verdad. La única que no ha sido una mentira.

Cuando está frente a mí, nos miramos sin decirnos nada, puesto que no hace falta. Max acaricia con delicadeza mi mejilla y yo poso mis dedos sobre el dorso de la mano con la que me toca, justo antes de fundirnos en un beso que alargamos, en el que nos entregamos.

—Max —susurro contra sus labios—, tengo que contarte algo.

—Vale.

Nos retiramos hasta una roca plana en la que podemos sentarnos los dos.

Sin soltar su mano, le revelo todo: lo de mi madre, las mentiras que me contó desde que yo era pequeña, que sembraron mis miedos y condicionaron mis decisiones y mis actos.

Le hablo de mi abuela y lo que dijo de Limerick.

Él me escucha, sin juzgar, sin interrumpirme, como hace siempre.

—Nora —dice cuando ya me he vaciado por completo—, lo que te han hecho no está bien. Pero eso no define quién eres, ni en quién te has convertido, ni la vida que estamos construyendo juntos. Porque solo tú tienes la capacidad de escribir tu propia historia.

—Max…

—Déjame seguir, por favor. Porque siento que siempre llego tarde a lo importante, y no quiero hacerlo esta vez.

—Coge aire antes de proseguir—: Te dije que te elegía a ti, y lo haré todos los días de mi vida, porque deseo todo contigo, asumiendo lo bueno que venga, pero también lo complicado.

Quiero que nunca vuelvas a sentirte sola.

Quiero estar contigo en cada paso. Quiero construir contigo una vida que sea nuestra, de verdad.

Quiero pasar contigo lo que me quede en este mundo…

Suelta mi mano para sacar una cajita negra del bolsillo del abrigo. La abre, mostrando un anillo de oro con hojas engarzadas entre diamantes, rodeando al solitario que brilla en el centro como una promesa.

—¿Quieres casarte conmigo?

Miro el anillo y después a él, que me observa con esos ojos grises que tantas emociones me despiertan.

—Max, si hay algo de lo que siempre he estado segura es de ti. Porque a tu lado no tengo miedo, y contigo quiero todo. Así que, sí.

—¿Sí?

—Sí, me casaré contigo.

Baja la mirada a mi mano y yo se la extiendo. Cuando desliza la joya por mi dedo anular, siento que todo encaja de nuevo.