Epílogo
Nora
El jardín está lleno de risas, de voces y del chapoteo del agua de la piscina, donde un niño rubio, de ojos grises y gesto alegre, se divierte junto a su tío en la parte menos profunda.
—¡Mamá! —me llama—. El tío ha vuelto a echarme agua en la cara.
—¡Markus! —lo reprende Elise, a mi lado—. Deja de molestar a Björn, haz el favor.
Yo me río y me llevo una mano al vientre por inercia; alguna de las gemelas se mueve como si quisiera unirse al juego.
Agradezco que mi amiga medie en la causa, porque estoy de siete meses y el calor no favorece ni mi movilidad ni mi buen humor…
Aunque, con la familia que tengo, es imposible no ser feliz.
Sigo con la mirada a mi hijo mientras chapotea con sus manguitos azules y naranjas, enfrascado en el juego que se trae con Markus, y pienso en lo mucho que se parece a su padre.
—Dime, por favor, que ya tenéis nombre para las niñas —inquiere Elise desde la tumbona contigua.
—Qué va, todavía no.
—A este paso, lo decidiréis en el último momento, como con Björn.
Me encojo de hombros. Probablemente tenga razón.
—Tía Elise, ¡ven! —grita el aludido desde la piscina.
Ahora puede llamarla «tía» con todas las de la ley, porque Markus y ella se casaron hace cuatro meses.
Y algo me dice que mi amiga se está replanteando su postura con respecto a la maternidad, porque, aunque siempre que sale el tema pone los ojos en blanco y finge que no le apetece, tarda menos de un segundo en levantarse e ir hacia el niño. Ríe mientras se mete en el agua.
—En el fondo, te encanta jugar con ellos —le digo.
—Es que, si me lo pide así, no puedo resistirme —se excusa, lanzándole la pelota hinchable a Björn.
Meneo la cabeza.
Max se acerca a mí. Trae un vaso de agua fría y se inclina un segundo para darme un beso en los labios, antes de sentarse en el borde de mi hamaca.
—¿Estás bien, cariño?
—Sí. —Apoyo la cabeza en su hombro y acepto el vaso—. Estaba pensando.
—¿En qué?
Miro hacia la piscina, donde se divierten Elise, Markus y nuestro hijo. Después, me fijo en mi marido.
—En la familia tan maravillosa que estamos construyendo. Juntos.
Entrelazo mis dedos con los suyos y Max aprieta mi mano con suavidad.
—Una familia preciosa. Juntos. Siempre juntos —añade, sonriente, y yo no puedo más que imitarlo.
Porque ya no le tengo miedo a nada, y porque lo elegiría a él todos los días de mi vida.
—Te quiero, Max.
—Te quiero, Nora.
Sellamos nuestras palabras con otro beso, esta vez más intenso, y después nos unimos al juego en la piscina, disfrutando de algo que, durante mucho tiempo, no imaginé que podía ser tan maravilloso: mi propia familia.