106
Nora
Odio con toda mi alma los hospitales: cómo huelen, los sonidos, el dolor que parece impregnar las paredes…
Avanzo por el pasillo buscando el número de la habitación de mi madre, seguida por Elise.
Cuando llego, me paro ante la puerta, como si tuviera que armarme de valor para entrar.
—Yo te esperaré fuera, ¿vale?
—Vale… Gracias.
Al fin entro. Y al verla postrada en la cama, tan… frágil, se me estruja el alma.
—Hola, madre.
—Nora…
Pronuncia mi nombre con un deje extraño en la voz. No es alivio. No es emoción.
Es… nerviosismo.
—¿Cómo estás?
—Bien, estoy bien.
Mueve las manos sin saber qué hacer con ellas. Parece haberse espabilado de repente.
—¿Por qué estás nerviosa?
—No estoy nerviosa. —Amaga una sonrisa—. Es solo que… no esperaba que vinieras.
—Oh, ya entiendo. ¿Greg está por aquí?
—No, no… Lo de Greg no salió como esperaba.
—Vaya, lo siento.
—¿Quién te ha avisado?
—Me llamaron del hospital. Soy tu contacto de emergencia.
—Ah…, claro… Tiene sentido.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí… Es solo que… no deberías haber venido. De verdad. Estoy bien, esto no es para tanto.
Frunzo el ceño.
—Pero necesitarás ayuda cuando salgas, ¿no?
No responde, y entonces lo noto: no está incómoda, está asustada.
La puerta se abre y una mujer bajita, con el pelo blanco recogido en un moño impecable, entra en la habitación.
Se frena en seco al verme.
—¿Quién eres tú?
Frunzo el ceño.
—¿Cómo que quién soy? —Miro a mi madre—. ¿Madre?
—¿«Madre»? —repite la mujer, confundida y mirando también en dirección a la cama.
—Eh…, mamá… —mi madre traga saliva—, esta es Nora. Nora…, tu abuela.
Siento que el sonido del mundo se apaga por completo.
—¿Nora? —La mujer da un paso hacia mí—. ¿Tú eres Nora?
Por unos instantes, no puedo articular palabra.
—Sí…
La señora me repasa de arriba abajo, con la boca abierta, tan sorprendida como yo.
—Dios mío…
—No entiendo nada, madre.
Parpadeo, tratando de asimilar lo que no puede ser otra cosa que una broma pesada.
—Mi abuela está muerta —aclaro.
—No, no lo estoy —afirma la mujer, y vuelve a centrarse en su presunta hija—. ¿Le dijiste que estaba muerta, Deirdre?
Mi madre parece a punto de desfallecer, entre el nerviosismo y la vergüenza.
—Te mentí, Nora. Yo solo quería protegerte.
—¿Protegerme? —Siento un peso ya familiar en el pecho—. ¿De qué?
—Nora… —mi madre cierra los ojos—, no estoy bien. ¿Puedes no montar un drama en este momento? Te lo pido por favor.
—Pero si no está montando ningún drama. —Mi presunta abuela me respalda.
—Ya es suficiente. Dejadme en paz, las dos. Por favor.
—No. —Avanzo hacia la cama—. Me dijiste que estábamos solas. Que habías repetido la historia de tu madre y esta, la de su madre. Que las mujeres de la familia estábamos condenadas a sufrir, embarazadas y abandonadas. Dijiste que estábamos… malditas.
—¿Qué clase de patraña cruel…? —La señora no termina la frase; parece realmente escandalizada—. Tu madre nunca ha estado sola en el mundo, Nora. Tiene a su familia: sus padres y sus hermanos.
El corazón empieza a latirme más rápido.
—¿Familia?
Miro a mi madre, aturdida, pero ella intenta ocultarse entre las sábanas. ¿Cómo se puede ser tan cobarde?
Mi… abuela prosigue:
—Tu madre se marchó de Limerick cuando se quedó embarazada.
No quiso quedarse con nosotros por miedo al qué dirán.
Nos pidió ayuda para subsistir en Dublín, pero no teníamos los medios económicos suficientes para mantenerla.
Se distanció de nosotros, apenas teníamos contacto…
hasta hace unos meses, en que volvió a casa, pidiendo ayuda y asegurando que volvería pronto.
El aire se me queda atascado en el pecho.
—¿Volver?
—Con su familia —añade—. Donde siempre debió estar. Así que no sé qué embustes te ha contado, pero, francamente, me indigna la situación.
Me llevo las manos al vientre, intentando proteger al bebé de todo cuanto estoy sintiendo. Mi madre no se ha percatado de mi embarazo, cosa que no me importa en absoluto.
—Yo… dije muchas cosas, Nora —interviene mi madre, sin mirarme.
Y, en este momento, todo empieza a encajar.
Me ha estado mintiendo toda mi vida.
—Es increíble lo mucho que te pareces a él… —comenta la señora, mirándome, y siento que escupe las palabras.
No digo nada más, no hago nada. Solo… me voy.
Necesito estar lejos de todo esto.
—¡Nora!
Escucho la voz de Elise, que corre detrás de mí, pero no soy capaz de explicarle lo sucedido. Antes… necesito entender en qué momento todo dejó de ser verdad.