La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 104
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Nora

Elise ha tomado el mando de la cocina y anda peleándose con el exprimidor eléctrico, que no parece querer colaborar en su objetivo de sacarles el zumo a esas naranjas que nunca se acaban en el supermercado, porque todas las semanas llega un arsenal nuevo a casa.

Yo la observo con la mente aún en lo que ha pasado en los últimos días.

—Mi ginecóloga dijo que podía tomar una o dos tazas diarias de café, así que deja de batallar con ese electrodoméstico del demonio y enciende la cafetera, que es más agradecida, te lo aseguro.

—Max me pidió que te vigilase con el hierro, que sé que también te lo recomendó tu ginecóloga, así que no me ocultes información.

Resoplo. Justo en ese momento, Elise consigue hacerlo funcionar.

No tarda en poner frente a mí un vaso hasta arriba, y yo tuerzo el morro, aunque reconozco que en las últimas semanas no me ha sabido tan malo. Pero me niego a ceder con las malditas naranjas…

—¿Pretendes que me beba una pinta de zumo? ¿Entera?

—Sí. La vitamina C es muy saludable.

—Eres una tirana —protesto. Me meto la pastilla en la boca y le doy unos cuantos tragos al vaso.

—Y tú, una embarazada insufrible.

Vuelvo a resoplar, pensando cómo devolverle el ataque, y entonces mi móvil vibra sobre la encimera de la isla, anunciando una llamada entrante de un número desconocido, con prefijo irlandés.

—¿Quién es? —pregunta Elise al verme la cara.

—No lo sé, es de Irlanda.

—¡Contesta! —me apura.

Le hago caso y me llevo el teléfono a la oreja.

—¿Diga?

—¿Nora O’Connor?

—Sí, soy yo.

—¿Es usted pariente de Deirdre O’Connor?

Algo en mi interior se tensa de golpe.

—Sí, soy su hija. —Trato de no perder la calma.

—La llamo del hospital St. James, de Dublín. Su madre ha sufrido un accidente doméstico; se ha fracturado la cadera y ahora mismo la están interviniendo. La tenía a usted como contacto de emergencia.

—¿Qué? —El estómago se me contrae de golpe—. Pero ¿está bien?

—De momento está siendo atendida. Llamamos para informarla.

—Vale…, está bien… Iré en cuanto pueda.

—De acuerdo, un saludo.

Cuelgo la llamada y me quedo inmóvil, procesando la información.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunta Elise.

—Es mi madre. Están operándola porque se ha roto la cadera.

—Ay, Nora. No estarás pensando en serio en ir a Dublín ahora, ¿no?

No quiero ir.

La sola idea de verla me revuelve por dentro.

Pero…

—Tengo que ir.

—¿Después de todo lo que te ha hecho?

—Elise, es mi madre. —Trago saliva—. Y soy su única familia.

Mi amiga reflexiona unos segundos, observándome con atención.

—Está bien —suspira—. Pero iré contigo.

Asiento, aunque me invade cierta inseguridad.

Porque ahora no solo se trata de ella. Ahora debo tenerme a mí más presente. Y al bebé.

Y, aun así…, no puedo no ir.