La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 103
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Max

Cuando llego a mi habitación, en una de las plantas superiores de un exclusivo hotel de Tokio, me sitúo frente al ventanal y observo como las luces de los edificios se extienden en la noche, simulando una ciudad infinita en el horizonte.

Sumido en mis pensamientos, saco la cartera del bolsillo y la abro. Dentro, en un compartimento aparte, guardo la última foto que me saqué con Nora en la Puerta de Brandeburgo, el día de la gala, y también la ecografía.

Me detengo a observar ambas durante un rato, con el corazón rebosante de amor.

Quién iba a decirnos que esa noche terminaría siendo tan especial en nuestra vida…

Sonrío de nuevo al contemplar la pequeña forma borrosa, con cierta forma humana ya, que se vislumbra en la ecografía, y que ahora lo es todo. Nuestro bebé.

Hace quince días que se la hicieron. Nora ya está de doce semanas.

Abatido, guardo las imágenes en su sitio y me dejo caer sobre la cama.

Detesto estar tan lejos.

Pero hay responsabilidades que no puedo eludir. Compromisos inherentes al cargo que ocupo, y que, por mucho que me gustaría, no puedo delegar así como así.

Cuando supimos que todo iba bien en el embarazo, hablé con Otto y le expliqué la situación. Le pedí que reorganizara en lo posible los próximos compromisos y reuniones que requirieran que yo me desplazase, y que los concentrara en el inicio del año para poder estar en casa cuando realmente importe.

Porque lo tengo claro: Nora es mi máxima prioridad.

Y ahora… también lo es esa pequeña vida que, sin previo aviso, ya nos ha conquistado.

Ojeo el reloj de muñeca que ella me regaló por mi cumpleaños. He mantenido la hora de Berlín a propósito, aunque aquí ya es de noche y hace un rato que he cenado; me pregunto si Nora ya habrá terminado de comer en casa… Saco el móvil y marco su contacto, en la opción de videollamada.

Descuelga desde su portátil, y distingo que se encuentra en la biblioteca de casa, probablemente trabajando en la traducción de una de sus novelas, ya que, desde la gala, las ventas en Amazon de sus libros en alemán se volvieron a disparar.

—¡Hola, cariño! —Me saluda con una sonrisa radiante, que ya no la abandona nunca, y eso me hace muy feliz a mí también.

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien, aquí andaba, dándole a la tecla. ¿Y tú? ¿Estas muy cansado? Tienes cara de no haber dormido mucho.

—Estoy bien, solo un poco agotado por el jet lag —miento. Compongo una sonrisa tranquilizadora, pero en realidad estoy exhausto.

—¿Has cenado ya?

—Hace un rato, sí.

—Déjame adivinar: te has puesto hasta el culo de sushi .

—Sí, bueno…, no quería decírtelo para no darte envidia.

—No, no, disfrútalo tú que puedes. —Se hace la indignada, pero sé que no lo está.

—Dentro de unos meses te daré todo el sushi que quieras y más.

—Me parece bien. —Vuelve a sonreír.

—¿Has comido ya?

—Sí, pollo asado con patatas y zanahoria.

—Eso suena realmente bien.

—Estaba delicioso. Mary tiene una mano especial para la cocina y… —De pronto se queda callada, mirando fijamente la pantalla.

—¿Qué ocurre?

—Acaba de llegar.

—¿Qué acaba de llegar?

—El e-mail . —Coge aire, nerviosa—. Con el test genético, ya sabes…

—Vamos a poder saber si es niño o niña. —Me emociono por momentos.

—Y que todo esté bien.

—Lo estará, ya lo verás —la tranquilizo—. Pero tienes que abrirlo.

—No estás aquí…

—Tienes que abrirlo y decirme lo que pone.

—De acuerdo.

Inhala, y su vista se enfoca en la pantalla del portátil.

—Parece que todo está bien y… —Se lleva una mano a la boca. Su expresión cambia, visiblemente emocionada.

—¿Qué, Nora?, ¿qué? —me impaciento.

—Es un niño.

Después… llora.

—Es un niño —repite entre lágrimas.

Sé lo que piensa: que ha roto la maldición.

Y me duele no estar allí para sostenerla mientras lo asimila.