La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 100
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Max

—Tenemos que celebrar el cierre de año a lo grande —dice Markus mientras conduce hacia su piso.

—Estoy de acuerdo. Podríamos ir con las chicas a cenar esta noche —propongo.

—Eso, por supuesto. Pero antes tenemos que festejarlo tú y yo. ¿Pedimos algo para llevar o vamos al japonés que nos gusta?

Markus está eufórico por los resultados que ha obtenido su empresa este año, y yo también debería estar contento por haber superado de nuevo los objetivos que nos habíamos marcado en la mía.

Pero mi euforia no está al mismo nivel que la suya.

—¿Qué ocurre? —pregunta entonces.

Me froto la cara, cansado. Lo único que me apetece es llegar a casa y estar con Nora. Sin ruido, sin reuniones, sin cifras… Así que se lo digo, sin rodeos.

—Apenas he visto a Nora esta semana. Demasiados compromisos…

—¡Max, no me fastidies! —Mi hermano resopla mientras accede al garaje—. No te me vuelvas dependiente.

—No es eso, Markus. Nora ha estado enferma y con mucho estrés.

—Pero ya está bien. El otro día, en la gala, se la veía genial.

—Sí, pero… Olvídalo. —Me callo. Llegados a este punto, ya no espero que lo entienda.

Subimos al piso y coincidimos con Fiona, que sigue por aquí.

—Buenos días a los dos.

—Buenos días. —Le devuelvo el saludo.

—Fiona, ¿tenemos algo para picar? —le pregunta Markus.

—Uy, sí, por supuesto. ¿Apetece más dulce o salado?

—Salado —decimos a la vez.

—Ahora mismo lo preparo.

Vamos al salón y me dejo caer en el sofá. Linux se acerca a mí en busca de atención.

—Pues sí que estás reventado —apunta él mientras sirve dos vasos de su mejor whisky .

—Lo estoy —resoplo, y acaricio entre las orejas al animalito.

—Venga. ¡Tenemos que brindar!

Me levanto y cojo mi vaso. Cuando los entrechocamos, Fiona aparece con una bandeja con queso, pan y pepinillos.

Doy un trago y me hago con un trocito de queso.

—Enhorabuena, señor —dice Fiona.

—Gracias —responde Markus.

—Seguro que es un bebé preciosísimo.

Se hace el silencio. Markus y yo nos giramos hacia ella a la par; casi me atraganto con el queso.

—¿Qué bebé? —pregunta él. Se le borra la sonrisa.

Fiona parpadea, confusa.

—Oh…, pues… esta mañana encontré un test positivo en el baño.

Miro a uno y a otro.

—¿Voy a ser tío? —pregunto, alzando las cejas.

Markus saca el móvil con cara de pánico. No necesito preguntarle a quién está llamando.

—¿Elise? ¿Estás bien?

Se aleja unos pasos. Yo miro a Fiona, analizándolo todo.

—¿Cómo has llegado a esa conclusión? —le pregunto.

—Cuando vacié la papelera hace un rato, el test cayó al cubo; en la pantalla ponía «Embarazada». Era de esos digitales, como los que anuncian en la televisión.

Markus, al teléfono, eleva un poco la voz. Está perdiendo la calma. Yo tampoco entiendo nada.

—¿Cómo que de qué estoy hablando? —le pregunta a Elise.

—Por cierto… —me dice Fiona— no he encontrado el pendiente de su novia, pero, si aparece, se lo daré a Elise, así que puede decirle que esté tranquila por eso.

—¿Qué pendiente?

—Uno que dice que es muy importante para ella. Cuando estuvo aquí esta mañana andaba muy nerviosa buscándolo, y miramos las dos debajo de los sofás. La pobre se fue muy pálida porque no lo encontró.

Ato cabos antes de que Fiona termine de hablar.

Un pendiente. Esta mañana. Y el test.

Siento una especie de vértigo, pero no por mí, sino por ella.

—Markus —lo llamo.

No me escucha.

—Markus.

Sigue insistiendo con Elise, así que me acerco y le aparto el móvil de la oreja para que me preste atención.

—Es de Nora.

Se queda congelado.

—¿Qué?

—El test es de Nora.

Decirlo en voz alta lo vuelve más real todavía. ¿Voy a ser padre? La idea no me asusta, pero sí me sacude por dentro. Lo único que tengo claro es que debo ir con Nora.

—Joder… —susurro—. Seguro que está convencida de que esto es la puñetera maldición.

Markus se gira y vuelve al teléfono.

—Amor, perdóname. Creo que me he montado una película. El test es de Nora. Lo siento…

Vaya pedazo de imbécil que puede llegar a ser el tío… No lo espero, ya voy de camino hacia la salida.

—Me voy —anuncio, confiando en que me oiga, porque no pienso repetirlo.

—¿Ya? —pregunta mi hermano. Cuelga y da unas cuantas zancadas para alcanzarme.

—Sí.

—Pero… ¿estás sonriendo?

Me detengo un segundo.

Sí.

Estoy sonriendo.

Porque, si voy a ser padre, no quiero celebrarlo con un whisky . Quiero estar con la mujer que probablemente está temblando en algún rincón, pensando que el mundo se le viene encima, cuando no es así.

—Sí, estoy sonriendo. Este no es el lugar en el que tengo que estar ahora mismo, sino con Nora, que es quien más me necesita en estos momentos.

Y salgo sin mirar atrás.