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Nora
El fin de año está a la vuelta de la esquina.
Max se ha ido a trabajar, y yo, en la cocina, me tomo mis pastillas con el estómago algo revuelto.
Renuevo algunos blísteres en el neceser, puesto que ya se me han agotado, coincidiendo con el final de mes.
Estoy deseando que pasen los dos meses de tratamiento y ver si ha surtido efecto para dejar esta porquería y volver a sentirme yo, porque algunos fármacos están empezando a desestabilizarme, lo noto.
Miro con recelo el zumo de naranja, que permanece intacto sobre la mesa, y busco la caja del hierro. ¿Dónde diantres la he puesto? Leo los nombres de las cajas nuevas que estoy abriendo y repaso los blísteres gastados, y entonces me percato de algo.
—Mierda, Nora… No me jodas… —me digo en voz baja, alterándome por momentos.
Saco el pequeño neceser donde guardo las anticonceptivas y le doy la vuelta al blíster vacío. La sangre se me congela al leer el nombre del medicamento. Con manos temblorosas, abro una caja de anticonceptivas y comparo los comprimidos: son prácticamente idénticos.
—No, no, no, no… No me puede estar pasando esto.
Las lágrimas se me agolpan en los ojos, pero me obligo a mantener la calma.
¿Debería llamar a Max? Aunque, ¿no debería antes salir de dudas? Espera, tenía que haberme bajado ya la regla, ¿verdad? Sí, debía haber venido. Pero con la anemia y todo lo que me ha pasado…
¿Por qué intento engañarme?
Joder, no puede estar pasándome esto a mí… Ahora no, por favor. No puedo estropearlo todo.
Recojo la medicación de cualquier manera y subo al dormitorio para ponerme algo decente con lo que salir a la calle.
Debería ir a la farmacia, pero no quiero que surjan sospechas o comentarios, aunque probablemente esto sean paranoias mías…
Decido pedirle a Klaus que me lleve al centro, con la excusa de ir a la librería, solo que, cuando lo pierdo de vista, lo primero que hago es entrar en una farmacia y comprar un test de embarazo.
Cuando ya lo tengo en mi poder, se me ocurre es ir a alguna cafetería y utilizarlo inmediatamente, pero soy incapaz de hacer tal cosa en un baño público. Sigo dándole vueltas, y entonces reparo en que estoy cerca de casa de Elise y Markus. Tal vez pueda inventarme algo.
A estas horas, ambos deben de estar trabajando, así que, cuando Fiona me abre, no me sorprendo.
—Buenos días —me saluda, aunque creo que nunca he sido santo de su devoción.
—Buenos días. Perdone que la moleste… Ayer estuve cenando con Markus y Elise y se me debió de caer un pendiente…
El gato de Elise se asoma a saludar mientras la asistenta me observa con cautela. No es la primera vez que me ve aquí, pero tampoco soy «de la casa».
—Pues no he encontrado nada, pero, si aparece, yo se lo entrego a Elise, no se preocupe.
—¿Le importaría que echase un vistazo por si acaso? Estoy un poco agobiada… Fue un regalo y tiene mucho valor sentimental.
Se lo piensa.
—Está bien. Pero la ayudaré.
Cómo no, supervisión total. No se fía de mí.
—Por supuesto.
Me entrega unas pantuflas para invitados y espera a que me cambie los zapatos. Después me conduce al salón.
Nos agachamos a la vez para rastrear debajo de los sofás. Yo finjo buscar mientras mi mente discurre a mil por hora.
Necesito quedarme sola. Solo cinco minutos. Por favor, por favor…
El timbre suena y ella se incorpora.
—Es la entrega del supermercado. ¿Puedo dejarla unos minutos?
¡Gracias, universo!
—Sin problema. Yo… necesito ir un segundo al baño, si no le importa.
—Claro. Aunque creo que he dejado el limpiacristales dentro. Iba a limpiarlo antes de que llegara.
—No pasa nada.
Sale prácticamente corriendo hacia la entrada y yo me encierro en el baño.
Apoyo el bolso en la encimera. Me miro unos segundos en el espejo.
Estoy pálida.
Saco el test digital que acabo de comprar en la farmacia. Jamás me he hecho una prueba de embarazo; siempre he sido prudente. Pero sé que necesito palabras claras y directas, sin tener que ponerme a interpretar rayitas, sombras o colores.
Leo las instrucciones otra vez; ya lo hice a hurtadillas en la calle, tras salir de la farmacia. En teoría es muy sencillo, así que respiro y… hago lo que tengo que hacer. Después coloco el capuchón y lo dejo sobre la encimera, junto al bolso.
Y… comienza la espera.
Me lavo las manos, me mojo la cara y me apoyo en el lavabo. Tiemblo; de reojo, miro un millón de veces la ventanita del aparato, en el que aún se ve el icono de espera. Creo que son los segundos más largos de mi vida.
Y de pronto… aparece el texto.
Trago saliva.
Lo leo.
Lo vuelvo a leer.
Como si el texto fuera a cambiar.
«Embarazada».
Llaman a la puerta.
—¿Señora? ¿Está usted bien?
Doy un brinco.
—Sí, sí… Ya salgo.
Tiro de la cadena para disimular. Cojo el test, lo envuelvo en varios pañuelos de papel y lo entierro en el fondo de la papelera.
Deprisa, me lavo las manos otra vez, mientras me obligo a respirar con normalidad, y salgo.
La asistenta me observa con el ceño fruncido.
—Está muy pálida. ¿Seguro que está bien?
—Sí. Es solo que me he agobiado por lo del pendiente. Era un regalo muy caro, y debí ser más cuidadosa.
La mentira me sale sin esfuerzo debido a la ansiedad que me embarga.
—No se preocupe. Si lo perdió aquí, aparecerá.
—Claro… Gracias.
Miro en derredor. Todo parece exactamente igual que antes y, sin embargo, ya nada lo es.
—Tengo que irme. —Mi voz sale más aguda de lo que debería.
Sé que me estoy comportando de forma errática, y la mirada de Fiona me lo confirma, pero ahora mismo me da igual.
Necesito aire. Eso es. Tengo que salir a la calle.
Me pongo los zapatos del revés, pero no me importa.
Salgo corriendo del edificio, como si huyera del escenario de un crimen. Camino sin rumbo por las calles de Berlín, y el bullicio de la ciudad, la gente, los coches… todo suena distante en mi cabeza.
Debería llamar a Max.
¡Debería hacer algo!
Pero no puedo, porque la realidad sigue ahí. En un test que he abandonado en la papelera de mi amiga, como si así la situación fuera a arreglarse por arte de magia.
Y, de pronto, todas las piezas encajan en un rincón muy oscuro de mi mente.
Mi madre, sus decisiones, su dependencia, el infierno personal en el que está atrapada.
Yo juré que no repetiría su historia, que tendría siempre el control.
Y ahora el destino, del que tanto tiempo llevo protegiéndome, me ha alcanzado.
La maldición se ha cumplido.
Y siento que se cierne como una sombra tenebrosa y fría sobre mi cabeza, que no para de reír mientras susurra: «No podías escapar tan fácilmente».