98
Nora
Después de la ópera, nos trasladamos a un salón de hotel perfectamente engalanado, donde disfrutamos de una cena por todo lo alto en la que no quiero volver a pensar en el precio del cubierto. Se supone que es para recaudar fondos, aunque una parte de mí no termina de entenderlo.
Antes de que lleguen los postres, Max se acerca a mi oído.
—¿Y si nos retiramos como quien no quiere la cosa?
—¿No se molestará tu madre? Falta el tiramisú…
—¿De qué hablas? Yo tengo un pastelito de fresa esperando justo a mi lado.
Me da la risa tonta y decido seguirle el juego, por lo que ambos nos levantamos.
—¿Qué estáis haciendo? —protesta Markus desde el asiento contiguo.
—Lo mismo que Elise y tú hicisteis el año pasado: fugarnos.
Mi amiga me guiña un ojo.
—No serás capaz… —insiste Markus, pero Max le pone una mano en el hombro.
—Hermanito, me debes unas cuantas, y estoy seguro de que podrás soportar esto. Así que gracias de antemano por cubrirme.
Nos vamos fingiendo normalidad. En cuanto alcanzamos el pasillo desierto, Max comprueba el móvil.
—Klaus ya nos está esperando —afirma. Me insta a salir antes de que alguien nos reclame.
Una vez en el coche, vislumbro al fondo la Puerta de Brandeburgo y suspiro.
—Siempre que la veo pienso en nuestra primera cita.
Max sonríe.
—Klaus, llévanos, por favor.
—Por supuesto, señor.
—¿Qué haces?
—Ha pasado bastante tiempo desde entonces, ¿no crees? Y quiero la foto de rigor para recordar lo maravilloso que ha sido todo desde aquel día.
Me llevo una mano al corazón. Cuando bajamos del vehículo, el frío de la noche nos envuelve, pero no me resulta molesto.
La puerta luce majestuosa contra el cielo nocturno, y, para sorpresa de ambos, el músico de aquel primer día sigue ahí, interpretando a Frank Sinatra.
Cuando nos ve, parece recordar algo, y, coincidiendo con el cambio de canción, comienza a sonar Somethin’ stupid , lo que hace que me ría y me emocione al mismo tiempo.
—¿Sigues pensando que aquel beso fue algo estúpido?
—Creo que fue la mejor decisión de mi vida, y contigo volvería a hacerlo una y otra vez. —Paso los brazos alrededor de su cuello mientras él posa sus manos en mi cintura, pegándome a su cuerpo— Porque te quiero, te adoro, te amo, Max. Y no creo que pueda dejar de hacerlo.
—Soy tan feliz de haberte encontrado que a veces no me creo que pueda sentirme tan bien. Te quiero con locura, Nora. Tú eres el amor de mi vida. Solo tú.
Entonces se lanza a besarme, y los dos nos encontramos por fin esta noche de la forma que deseábamos.
Cuando llegamos a casa, se saca los zapatos empujando los talones contra el suelo, con prisa, casi torpe. Sin esperar a que yo me desabroche las hebillas de los míos, me coge en volandas para llevarme al dormitorio.
—¡Caray! —río, sorprendida y nerviosa, aferrándome a sus hombros.
—No voy a esperar ni un segundo más —confiesa con voz grave, y algo en mi interior se deshace.
Al llegar a la habitación, me deja sobre la cama, pero no se aparta. Se queda mirándome como si necesitara asegurarse de que soy real. Acaricia la piel que la larga falda del vestido deja al descubierto en esta posición.
—Estás preciosa —susurra, obnubilado.
—Te quiero, Max. Te quiero muchísimo.
—Yo también te quiero —dice antes de juntar de nuevo nuestros labios en uno de esos besos que nos hacen perder la noción del tiempo.
Su respiración se mezcla con la mía, cada vez más alteradas.
En un momento en el que ya me falta el aire, él desciende hasta mis pies para liberarme por fin de los zapatos. Los retira con cuidado, como si incluso ese gesto formara parte de un ritual íntimo, y después vuelve a mí sin demora.
Su boca se encuentra con la mía mientras yo, ya con impaciencia, empiezo a desabrocharle los botones de la camisa. Mis dedos tiemblan, no sé si por los nervios o por todo lo que este hombre me provoca.
—Nora… —susurra contra mis labios, entregado al momento.
La tela cede poco a poco bajo mis manos, y, cuando por fin su pecho queda al descubierto, mis palmas resbalan sobre su piel, sintiendo el calor, la tensión, la forma en que responde a mí.
Él se aparta apenas unos centímetros, lo justo para mirarme.
—No tienes idea de lo que me haces… —susurra.
Nos quedamos unos instantes colgados en la mirada del otro, como si el tiempo se hubiera detenido entre los dos, hasta que ya no puedo soportarlo más.
—Te necesito, Max. Te necesito como solo tú sabes…
En apenas unos segundos, termina de despojarnos de la poca ropa que nos queda. Completamente desnudos, bajo la tenue luz de las farolas del jardín que se filtra por los ventanales, nos abrazamos sin barreras, sin distancia.
No deja de besarme mientras se abre paso entre mis piernas despacio, con una mezcla de deseo y delicadeza que me hace perder la cabeza. Y, cuando lo siento muy dentro de mí, me aferro aún más a él, como si ese vínculo no fuera suficiente, como si necesitáramos fundirnos todavía más.
Sus movimientos ganan intensidad poco a poco, hasta adoptar el ritmo perfecto para nosotros.
Cada gesto, cada caricia, cada suspiro, está cargado de algo mucho más profundo que el deseo.
Nuestras respiraciones cambian, y sé que estamos a punto de dar juntos el primer salto de la noche, de cruzar esa barrera en la que nos rompemos en pedacitos y solo queda lo que sentimos el uno por el otro.
Y, cuando finalmente lo logramos, cuando nos dejamos caer en ese abismo compartido, lo siento absolutamente todo.
A él, desbordándose en mi interior.
A nosotros, convertidos en uno solo.
Y creo que no hay nada más hermoso que este amor que va creciendo en silencio, casi sin darnos cuenta, hasta convertirse en algo más grande de lo que ambos podemos imaginar.