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Nora
Le pido a Klaus que me lleve al centro comercial para hacerme con un vestido apropiado para el evento y también para sorprender a Max.
Después de varias tiendas y dudas, no solo con respecto a los diseños, sino también con los precios, doy con EL VESTIDO. Sí, en mayúsculas.
Cuando me veo por primera vez frente al espejo del probador, pienso que tal vez es demasiado… todo. Demasiado llamativo, demasiado vaporoso, demasiado atrevido, demasiado rojo, demasiado… el vestido de mis sueños.
Pero se lo enseño por WhatsApp a Elise, y también a Sabine, y ambas coinciden en que es perfecto para la ocasión.
Frente al espejo de casa, con el pelo suelto cayendo sobre los hombros y los labios del mismo rojo intenso que la tela que me cubre, no puedo evitar sonreír.
Nunca me había puesto algo así, y me siento como una niña pequeña: aprovecho para dar vueltas, y la falda gira conmigo, formando a mi alrededor etéreas olas de color rojo.
Cuando bajo las escaleras, ya con los zapatos puestos, que también estreno, Max me espera en la entrada.
Su mirada recorre cada centímetro de mi cuerpo sin disimulo, deteniéndose un segundo de más en los labios, que sé que lo vuelven loco…
Durante un segundo, parece que se le olvida incluso respirar.
Y debo admitir que, solo por su reacción, ya ha merecido la pena.
—Estás… —Alza ligeramente las cejas, como si procesara lo que ve—. Estás…
—¿Te he dejado sin palabras, Maximilian? —pregunto, conteniendo una sonrisa.
—Yo… —Niega con la cabeza, soltando una risa incrédula—. Joder…, estás espectacular.
Su escrutinio enciende una chispa en mi interior. No es solo deseo, sino algo más profundo.
—Que sepas que tú también estás de toma pan y moja.
—¿Perdón? —pregunta, divertido.
—Que estás guapísimo —rectifico, riendo.
Max rompe a reír conmigo y posa sus manos en mis caderas.
—Si te beso, ¿arruinaré el maquillaje?
—Yo que tú esperaría, si no quieres ir con los labios rojos por ahí.
—Va a ser un castigo no poder hacerlo…
Klaus ya aguarda fuera, con el coche listo, y no se me escapa la mirada que me lanza Max cuando entro en él, como si todavía estuviera asimilando mi aspecto.
Durante el trayecto hasta la ópera él entrelaza sus dedos con los míos y comienza a acariciar la palma de mi mano con el pulgar, en un gesto aparentemente inocente, pero que provoca una reacción inmediata en todo mi cuerpo.
Le sigo el juego, mientras nos miramos en la oscuridad de la parte trasera del vehículo. Su semblante es serio y no dice nada; tampoco hace falta, pues algo en sus ojos promete una noche que seguirá tras el evento, y una parte de mí ya se derrite.
Cuando llegamos, trago saliva al ver la cantidad de fotógrafos apostados en la entrada. Los flashes centellean sin descanso, iluminando la fachada del edificio.
—Ni que fueran los Óscar… —bromeo, intentando relajarme.
—Esta vez las revistas te van a amar —repone Max con calma—. Así que no te preocupes por nada.
Sale el primero del coche y, como siempre, me tiende la mano para ayudarme a bajar. La agarro, sintiendo esa seguridad que siempre me transmite. En cuanto pongo un pie fuera, las luces de las cámaras estallan.
Posamos para los fotógrafos. Max me acerca a él con suavidad, deslizando una mano por mi espalda de forma elegante, y después inclina la cabeza y roza mi pelo con sus labios, en un gesto breve e íntimo que sé, sin necesidad de verlo, que será una de las imágenes de la noche.
Pero entonces ocurre algo que no esperaba: Max se separa un par de metros, dejándome desconcertada, y me observa con una sonrisa que no logro descifrar.
—¡Scarlett! ¡Scarlett! —llaman desde el área de prensa.
Me giro hacia las cámaras, confusa.
—¿Quién es el diseñador?
—¡Míranos aquí!
—¡Una foto tú sola, Scarlett!
Y entonces lo entiendo: Max se ha apartado para que me vean a mí. Para que yo no sea solo «la novia de…». Inspiro hondo, cuadro ligeramente los hombros y esbozo mi mejor sonrisa.
Esta vez los flashes se dirigen solo a mí.
—¿Para cuándo nueva novela, Scarlett?
—Pronto. —Mi sonrisa se ensancha—. En alemán e inglés.
—¡Muchas gracias!
Asiento con la cabeza y vuelvo junto a Max.
—Eres increíble —me susurra al oído mientras me guía escaleras arriba—. No lo olvides nunca.
—Y tú eres el mejor novio que una chica puede tener.
Sonríe, pensativo.
—¿Sabes qué?
—¿Qué? —pregunto.
—Que el término «novio» se me empieza a quedar corto… ¿No te parece?
Abro mucho los ojos, pero justo en ese momento aparece Sabine acompañada por Hans, y Max los saluda como si no acabara de soltar una bomba.
Al cabo de unos minutos, cuando parece que ya podemos estar los dos solos, Mike y Markus lo acaparan, insistiendo en que debe acompañarlos a hablar con varias personas.
—Mayra y Elise están allí, venga… —Markus señala en dirección a las chicas, que me saludan con la mano.
Max se debate entre el deseo y el deber.
—Iré a buscarte antes de que puedas echarme de menos —me dice en voz baja.
Su mano, que aún descansa en mi espalda, desciende con disimulo hasta mi nalga, en un gesto descarado que me arranca una sonrisa.
—Qué pasteloso te has vuelto, tío —comenta Mike, dándole un codazo.
—Quién me iba a decir a mí que iba a conocer la versión almibarada de mi hermano… —secunda Markus, poniendo los ojos en blanco.
Max menea la cabeza, divertido, y me lanza una última mirada, de esas que prometen emociones fuertes…
Me río mientras los veo alejarse a los tres, y entonces me dirijo hacia Elise y Mayra, que conversan provistas de sendas copas de champán.
—¡El rubí de la noche! —exclama Mayra en cuanto me acerco.
—Definitivamente, nos has eclipsado a todas —añade Elise—. Aunque yo agradezco no ser nunca el centro de atención, así que gracias, de verdad.
—¿Me he pasado? —La duda se me escapa antes de poder filtrarla.
—¿Qué dices? —Mayra hace un gesto con la mano, descartándolo por completo—. Estás perfecta.
—Y muy tú —comenta Elise—. Eso es lo más importante.
—Sabine debe de estar orgullosísima de ti.
—Estoy de acuerdo: eres exactamente el tipo de mujer que le encanta para estos eventos. Ni siquiera les has mostrado miedo a los fotógrafos, sino todo lo contario.
—Bueno… —río, abrumada—. Parad ya, por favor…
—Por cierto —Mayra baja un ápice la voz—, Mike me contó lo que pasó en Londres. ¿Cómo estás?
—Nos dio un susto de muerte. —Elise bebe de su copa.
Algo dentro de mí se encoge al recordar aquel día. Todavía siento que estropeé mi momento.
—Supongo que me pudieron la presión y los nervios.
—Eres demasiado autoexigente, Nora, pero me alegra que hayas sabido manejarlo. Creo que estás haciendo lo mejor para ti.
—Cuando tú no paras, el cuerpo para por ti —me advierte Mayra—. Así que toma nota para el futuro.
Asiento con la cabeza; sé que tienen razón.
—Pero, oye —añado enseguida—, no quiero hablar más de eso, ¿vale?
Ambas lo respetan.
—Claro —dice Elise.
—Cambiemos de tema —propone Mayra con naturalidad.
—¿Qué tal las niñas? —Pregunto lo primero que se me ocurre.
El rostro de Mayra se endulza al instante.
—Creciendo demasiado rápido. —Da un pequeño sorbo a su copa—. A veces siento que me pierdo cosas aunque esté con ellas todo el día.
—Eso es imposible —dice Elise.
—Ya… —Sonríe—. Pero supongo que es lo que implica querer tanto a alguien.
La observo en silencio: se le ilumina la cara y le brota una sonrisa sincera y enamorada. Algo en mi interior se conmueve.
—Debe de ser… bonito. —Ni siquiera soy consciente de que lo he expresado en voz alta hasta que Mayra me mira como si me entendiera.
—Lo es. Mucho. Aunque también da miedo, pero luego se pasa.
Elise resopla a mi lado.
—Creo que no estoy hecha para algo así —dice mi amiga—. Mi instinto maternal es inexistente, no me imagino siendo madre.
Mayra da otro sorbo a su copa.
—No todo el mundo tiene que querer lo mismo, Elise.
—Gracias por decirlo así. Porque hay gente que actúa como si fuera obligatorio.
—Para nada —niega Mayra—. Es una elección. Y, como cualquier otra, tiene que salir de ti.
Bajo la mirada a mis pies. Por algún motivo, las palabras de Mayra han calado en mi pecho y en mi cabeza.
Cuando vuelvo a alzar la vista, busco a Max entre el gentío, y me sorprendo al ver que él me está observando.
A su lado, Mike ríe y Markus habla con un hombre al que no conozco, pero él no les presta atención, como si necesitara comprobar que estoy bien. Cuando le dedico un escueto asentimiento con la cabeza, parece relajarse y vuelve a concentrarse en la conversación.
Y solo por ese detalle, siento que, mientras Max esté en mi vida, nunca volveré a estar sola.