96
Max
Encuentro a Nora sentada frente a la encimera de la cocina, con el neceser abierto y un revoltijo de blísteres a su alrededor. Algunos tienen marcados los días de la semana, otros no, y ella los va girando como si resolviese un puzle.
—Te veo disciplinada.
Me lanza una mirada de esas que lo dicen todo y luego coge otro blíster.
—Vale, esto ya no sé ni lo que es, pero el comprimido de hoy sigue dentro.
—Si no las sacases de la caja, podrías distinguirlas mejor.
—Claro, y podríamos jugar al Jenga con tanta cajita.
Se mete la pastilla en la boca y la traga.
—¿Sabes que también existe un utensilio llamado pastillero?
—Sí, para cuando cumpla noventa. —Pone los ojos en blanco—. Hasta entonces, me niego.
No puedo contener una sonrisa.
—¿Te has tomado el hierro?
—Sí.
—¿Con zumo de naranja?
Levanta la vista hacia mí, sabiendo por dónde voy.
—No.
—Nora, te dijeron que así se absorbía mejor.
—¿Tú sabes lo cruel que resulta obligarme a no tomar café por la mañana? —se queja—. Por no mencionar lo poco que me gusta el zumo de naranja.
Niega con la cabeza, indignada, y después saca del otro neceser un nuevo blíster y se traga la última pastilla, que debe de ser la anticonceptiva. Vuelve a ordenarlas todas y a guardarlas en el estuchito de tela.
Me siento a su lado, con un café en la mano.
—¿Cómo te encuentras hoy?
Se encoge de hombros.
—Bien, supongo.
Me alegra comprobar que tiene mejor aspecto.
—Antes de desayunar, escribí a Linda —comenta.
—¿Y?
—Le dije que no voy a escribir ese libro y que no quiero publicar más con ellos.
La observo unos instantes antes de decir nada. La veo tranquila.
—¿Te ha respondido o todavía no?
—Me ha dicho que lo entiende perfectamente. Que no me preocupe por los detalles administrativos, que ella se encarga y que… me desea lo mejor.
—Bueno, ¿y cómo te sientes al respecto?
—Aliviada —admite con un suspiro—. Mucho, Max. De verdad, no te haces a la idea. Siento que en ese e - mail he soltado una piedra muy pesada.
—Entonces has hecho lo correcto. Y me alegro de que hayas elegido aquello que te hace sentir bien.
Se hace un breve silencio.
—Voy a autopublicar la otra novela —añade—. La que estaba escribiendo en paralelo; me gusta. Esta tarde contactaré con mi ilustradora de confianza para ir preparando la portada.
Y sonríe, igual que la Nora de antes, la que me conquistó, y de la que sigo y seguiré enamorado. Al verla así, no puedo evitar sonreír yo también.
—Eso suena genial, y te veo motivada.
—Porque lo estoy. Creo que era lo que realmente necesitaba. Y tenías razón: debí mandar a la mierda a Linda mucho antes.
—Estás haciendo las cosas a tu manera, que es lo que cuenta.
—Por cierto… —añade, como si cambiara de tema sin más— esta noche quiero ir al evento. Es importante para tu madre, y sé que quiere que vaya.
Mi sonrisa se borra.
—Nora…
—Max, por favor —me corta—. No me ocurre nada grave. Ya me ha visto el médico también aquí en Alemania, me estoy tomando las vitaminas, estoy manteniendo una dieta equilibrada…
—Te recuerdo que hace solo trece días acabaste en urgencias y que el médico dijo claramente que evitases situaciones de estrés.
—Max, lo de esta noche no me va a estresar, y, además, no puedo pasarme la vida encerrada en casa.
—No estás encerrada en casa.
—Lo sé, pero casi —resopla—. Salgo contigo o con Elise a pasear por aquí cerca algunos días, o voy al supermercado con Mary, pero necesito algo más que eso, Max. Necesito… ponerme guapa y hacer algo diferente.
No digo nada, pero comprendo a qué se refiere.
—Venga, por favor… Además, no quiero quedarme sola y aburrida en casa, pensando que tú sí has ido.
—¿Aburrida? Te garantizo que no es precisamente lo más divertido del mundo…
—Lo sé, pero necesito algo distinto. Por favor…
—No me gusta —admito.
—Lo sé.
—Y no creo que sea lo mejor. Pero te entiendo… Iremos juntos; si en algún momento no te encuentras bien, nos vamos. Prométeme que me avisarás si eso ocurre.
—Te lo prometo. —Sonríe—. Y, cariño, gracias. Por todo.
—No me des las gracias. Solo cuídate, ¿vale?
—Lo estoy intentando.
Acerca su rostro al mío y la beso, permitiendo que el deseo se cuele, aunque me obligo a no ir más allá.
—Max… —Ella trata de retenerme sujetándome por la camisa.
—Luego —susurro contra sus labios—. Ahora tengo que ir a trabajar.
Nos separamos a regañadientes, pero pensando en la promesa de encontrarnos más tarde.