La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 95
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Max

Llevo un rato intentando contactar con Nora, en vano, así que he venido directo a la presentación del libro, acompañado de mi madre y de Elise.

Sin embargo, lo que debería ser un ambiente de expectación se enrarece cuando pasan diez minutos de la hora de inicio y ningún movimiento indica que vaya a empezar.

El murmullo crece entre los asistentes, así como las miradas de confusión y los susurros, cada vez menos discretos. A mí todo eso me pone en alerta.

Elise vuelve a mirar el teléfono, igual que hago yo por enésima vez.

—¿Te ha escrito? —pregunta.

—No.

—Qué desorganización… —Mamá niega con la cabeza, molesta.

Cuando estoy a punto de volver a llamar a Nora, entra una llamada de un número británico que no tengo guardado. Contesto al instante, con un mal presentimiento.

—¿Diga?

—¿Max?

—Sí, soy yo.

—Max, soy Linda, la editora de Nora. —Hace una pausa, como si necesitara aire—. Por favor, necesito que me escuches y que mantengas la calma.

En ese momento, lo sé: algo va mal.

—¿Qué ocurre, Linda? ¿Dónde está Nora?

—Estamos en el hospital. Nora se ha desmayado en el restaurante. Ha recuperado la consciencia enseguida, pero no se encontraba bien y le están haciendo pruebas.

Durante un segundo, el ruido a mi alrededor se amortigua, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Sin embargo, no es así. De hecho, justo en este instante una mujer sube a la tarima y anuncia por el micrófono que la presentación queda suspendida por problemas de salud de la autora.

El murmullo deriva en caos.

Yo me tapo el oído libre para concentrarme en la llamada.

—Dime dónde está —le pido.

Linda me da el nombre del hospital y el número del box de urgencias, y yo memorizo cada palabra como si fuera lo único importante ahora mismo.

Cuelgo.

—¿Qué ha sucedido? —Elise me mira con pánico.

—Nora está en el hospital. Se ha desmayado.

El gesto de ambas se desfigura.

—Escuchad —les pido—, volved al hotel. Os llamaré en cuanto sepa algo.

No espero respuesta. Salgo prácticamente empujando a los asistentes, que se mueven a cámara lenta, o al menos me lo parece, algunos quejándose porque han perdido el tiempo, como si eso fuera lo único importante en esta situación.

Consigo parar un taxi y, durante el trayecto, no puedo quedarme quieto.

Consulto Google Maps en el móvil, como si así pudiera llegar antes, pero lo único que logro es que mi cabeza empiece a pensar en los últimos días, en todas las veces que la he visto distraída, sin dormir bien, dejando la comida prácticamente intacta en el plato, la cafetera funcionando a pleno rendimiento…

Tal vez debería haber estado más en casa, o al menos haber pospuesto algún viaje. Tal vez debería haber insistido más en que no se presionase tanto. Tal vez yo también tenga algo de culpa en esto.

En cuanto bajo del taxi, distingo a Linda, que aguarda en la entrada, visiblemente nerviosa.

—Ya está mucho mejor —comenta, como si así fuera a tranquilizarme.

—¿Sigue en el mismo box?

—Sí, en el cuatro. Solo puede pasar una persona, así que he salido a esperarte.

Asiento. Sin perder un segundo más, camino con premura por el pasillo, siguiendo las indicaciones de los carteles.

Cuando accedo al box, mi corazón duele: está en la camilla, sola, y se me antoja diminuta en este espacio.

Está pálida, con los ojos enrojecidos y un chichón en la frente.

Tiene una vía en el brazo y un gotero colgando.

—Siento mucho haberte preocupado —dice, bajando la vista.

—Oye, no vuelvas a disculparte. No tienes la culpa de nada.

Voy a cogerle la mano libre, pero me doy cuenta de que sujeta una bolsita de hielo.

—¿Tienes que ponértelo?

—Sí, pero no lo soporto, está muy frío… —se queja.

—Pues vas a tener que soportarlo, cariño. —Cojo la bolsa y la coloco con cuidado sobre el golpe.

—¡Auch! —Hace una mueca, pero no se aparta.

—Venga, que así luego dolerá menos.

Intento sonreír, pero no lo consigo del todo.

—¿Cómo te encuentras?

—Mejor —susurra.

—¿Qué ha dicho el médico?

—Pues… no mucho. Me han hecho una analítica, me han revisado lo de la cabeza para ver si había alguna lesión y me han puesto esto porque estaba deshidratada. —Señala el gotero—. Pero de verdad, estoy bien. Se me han juntado los nervios con que me ha bajado la regla. Y eso es todo.

No respondo de inmediato. Solo la miro.

—No sé yo… —Retiro un poco el hielo para observar el chichón.

—¿Sigue ahí?

—Sí.

—Genial. Tengo un huevo en la cabeza.

En ese momento entra el médico con una carpeta.

—Hola otra vez, Nora —saluda, y luego me mira—. Veo que tenemos compañía nueva.

—Es mi novio —me presenta ella, buscando mi mano.

—Encantado. Soy el doctor Grant.

—Igualmente, yo soy Max. ¿Ya tienen los resultados?

—Sí. —Asiente y se dirige a ella—: Tienes una leve anemia y déficit de algunas vitaminas; nada grave, pero suficiente para explicar el desmayo, sobre todo si lo combinamos con estrés, mala alimentación y falta de descanso.

Miro a Nora y noto que la invade cierta culpabilidad.

—Te hemos administrado además un ansiolítico suave para ayudarte a regular la ansiedad —continúa—. Pero lo importante ahora es corregir hábitos: comer mejor, descansar, reducir la cafeína y evitar situaciones que te causen estrés.

—De acuerdo —responde ella.

—Vamos a mantenerte en observación un par de horas más, por el golpe en la cabeza. Si todo sigue estable, podrás irte a casa hoy mismo. Pero, si aparecen mareos, vómitos o cualquier síntoma extraño, tendrás que venir inmediatamente.

—Vale.

—Perfecto. En un rato vuelvo, a ver cómo evolucionas.

En cuanto el médico sale, el silencio se instala entre nosotros, roto únicamente por el barullo propio de urgencias.

Lo que siento no es solo preocupación, porque esto no ha sido un susto sin más. Esto… llevaba tiempo pasando, y yo podía haberlo frenado si hubiera sido más consciente.

Le acaricio el pelo con ternura, evitando la zona del golpe.

—Esto no puede volver a suceder, Nora.

Asiente con la cabeza, pero no me mira.