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Nora
Vuelvo a mirar el reloj con un peso en el estómago.
Hoy es uno de diciembre, lo que significa que es «el gran día». Es decir, la presentación de mi libro en Londres.
Llegué ayer por la tarde para una entrevista con una revista dedicada a la moda y el estilo de vida, y dormí en el hotel que reservó Otto, y que por lo visto es el favorito de Max.
Es impecable, elegante y de pasillos ultrasilenciosos.
Las habitaciones parecen sacadas de una revista de decoración de lujo.
Max no llegará hasta mediodía porque ayer tuvo que ir a Roma por trabajo, pero me prometió que no se lo perdería por nada del mundo. Y, conociéndolo, sé que es verdad y que nunca me fallaría.
Sabine y Elise también deben de estar en camino. Su plan es asistir al evento y que pasemos todos el fin de semana aquí. Ellas están más emocionadas y nerviosas que yo, que ya es decir…
Me pongo ropa cómoda para ir a desayunar fuera, porque necesito aire fresco, un café XXL y los mejores parches para ojos de Sephora. He pasado la noche revisando las anotaciones de Linda en el manuscrito de la discordia y, de nuevo, casi no he podido dormir.
Justo cuando voy a salir, llaman a la puerta.
Frunzo el ceño, extrañada, y al abrir me encuentro con un botones que sostiene un ramo inmenso de rosas rojas.
—Para usted, señorita O’Connor. ¿Desea que se lo deje en algún lugar?
—Aquí está bien. —Señalo una mesita cercana.
Las deposita con cuidado y yo observo que las flores ya vienen en un jarrón con agua.
Supongo que son las ventajas de alojarte en una suite de un hotel de cinco estrellas.
En cuanto se va, cojo la tarjeta que las acompaña, aunque sé de sobra quién las envía.
Mi querida Nora:
Ha llegado el gran día, que también es la prueba de lo que has construido tú sola.
Estoy orgulloso de ti, pero, sobre todo, debes estarlo tú.
Y, elijas lo que elijas después, recuerda que no lo harás sola, porque yo siempre te apoyaré en tu decisión.
Disfruta de hoy, porque te lo mereces. Lo vas a hacer genial.
Te quiero,
Max
Sus palabras me llegan al corazón y me emocionan un poquito. ¡Tengo tantas ganas de abrazarlo!
Releo la nota con una sonrisa y después me dirijo al exterior, aunque no paso mucho tiempo fuera. Lo justo para hacerme con el café y los parches, ya que la lluvia no invita a andar por ahí callejeando.
Además, he recibido un wasap de Linda pidiéndome que comamos juntas para ultimar los detalles de la presentación, a la que acudiremos directamente. No especifica mucho más, por lo que deduzco que la reunión tiene que ver con el evento.
Me dirijo a los ascensores, cada vez más nerviosa por lo que me espera esta tarde.
—¡Scarlett! —grita alguien en el vestíbulo.
Cuando me giro, encuentro a Elise riendo junto a Sabine, como un par de adolescentes que han salido de excursión.
Sonrío y se acercan a mí con las maletas.
—Solo a ti se te ocurre andar a voces en un hotel como este.
—¡Qué más da! —la defiende Sabine.
—Me alegra mucho que estéis aquí, de verdad.
—No nos lo perderíamos por nada. —Sabine me agarra del brazo y continuamos hacia el ascensor.
—Yo estoy superemocionada de ver a mi mejor amiga siendo la estrella del día.
De nuevo, risas por parte de las tres, aunque lo mío es más bien un remedo de su buen humor, pues no termino de compartirlo al cien por cien.
—Por cierto, querida, ¿leíste el correo que te envié, donde te explicaba las opciones de los menús?
Eso me hace recordar que acepté ayudar a Sabine en su gran evento de Navidad. Ha pasado las últimas semanas enviándome e - mails larguísimos con asuntos así, y se me había olvidado por completo el que recibí hace un par de días, y que ignoré porque estaba en medio de una crisis con el portátil.
—¡Ay! —Me doy una palmada en la frente, sintiéndome fatal— Lo siento. Perdóname, de verdad, pero no doy abasto. Estos últimos días han sido terroríficos y…
—No pasa nada —me interrumpe con tranquilidad—. Ya lo veremos juntas cuando regresemos a Berlín.
—Claro, sí… —No estoy muy convencida, porque eso supone restar tiempo a lo de Linda.
El cansancio que siento últimamente junto con el nudo en mi pecho comienza a expandirse un poco más, pero trato de ignorarlo y respiro.
—Comemos juntas, ¿verdad? —pregunta Elise, desviando el tema. Creo que ha notado mi nerviosismo, por mucho que yo intente ocultarlo.
—No puedo. Mi editora ha agendado ese hueco conmigo, así que os veré directamente en la presentación. —Las dos parecen un tanto decepcionadas—. Pero, por favor, reservad para esta noche en algún local que os guste y vamos con Max, ¿de acuerdo? Estoy deseando desconectar y pasar tiempo con los míos.
Más entusiasmadas por la idea, y debatiendo diferentes opciones, ambas se despiden de mí cuando llegamos a la planta en la que nos alojamos y nos retiramos a nuestras habitaciones. Yo me preparo rápido y con nervios y, después, llamo a un taxi que me lleve al restaurante donde he quedado con Linda.
—¡Querida! —Esta se levanta y me da un par de besos—. Aquí llega mi estrella.
Pedimos una ensalada cada una y hablamos del clima, hasta que ella cambia de tema.
—Estás nerviosa.
—Un poco, la verdad.
—Ya verás, ¡va a ser la bomba!
—Esperemos que sí. Por cierto, ¿recibiste el otro manuscrito que te envié?
—Sí.
Se lleva un tomate cherry a la boca, y me pregunto si no lo ha hecho para postergar el tema. ¿Tan mal estará?
—¿Y…? —me permito insistir.
—Nora, no es lo que buscamos en estos momentos. Está bien, está genial, de verdad, pero necesito que te centres en lo importante… ¿Cómo llevas el manuscrito que necesitamos?
—Avanzando —respondo con una sonrisa.
Pero, por lo visto, no lo bastante convincente.
—Nora… —su tono se endurece—, necesito que te enfoques en lo importante. El último extracto que me enviaste del sport romance no era… tan bueno como necesitamos que sea. Y sé que puedes hacerlo mucho mejor.
—Linda, es que yo no estoy acostumbrada a escribir así…
—Querida, me caes genial, lo sabes, y por eso estoy siendo muy paciente contigo, pero esto es un negocio.
—Toma aire antes de proseguir—. Necesitamos que la próxima vez nos envíes algo que funcione.
Tiene que venderse, ¿entiendes? Queremos convertirte en la próxima best seller .
Pero para eso debes conectar con lo que el público consume ahora.
Otra vez la misma cantinela.
—No me reconozco escribiendo esto, y no sé si va a funcionar.
—Te adaptarás, lo sé. Siempre lo hacéis… Confía en mí. Este es tu sueño, ¿no?
Estoy a punto de decirle que a veces los sueños terminan pesando demasiado.
—¿Y si no quiero hacerlo?
Me mira, en silencio.
—Lo harás, ya verás que sí.
Es lo último que dice antes de volver a centrarse en su plato. Yo paso el resto de la comida revolviendo brotes verdes y separándolos de la zanahoria rallada y los tomates, porque tengo el estómago cerrado y los nervios a flor de piel.
Linda continúa con su repertorio de temas, en el que yo apenas participo.
Me describe sus planes para el fin de semana, enumera a las autoras que lo están petando y concluye con la nueva base de maquillaje con SPF 50 que quiere comprar.
Todo, como si en realidad fuéramos amigas y ella no acabara de presionarme, otra vez.
Asiento con la cabeza o emitiendo un sonido de confirmación cuando creo que debo hacerlo, trato de sonreír…, pero el nudo en mi pecho cada vez se hace más insoportable. Yo respiro. O lo intento. Porque, por algún motivo, el aire no me llena como debería.
—Nora, ¿me estás escuchando? —La voz de Linda denota cierta preocupación.
—Sí…, claro… —respondo, aunque me escucho lejana.
El restaurante, que está a rebosar, se convierte en un pozo asfixiante y extremadamente ruidoso. Me llevo una mano al pecho mientras dejo la servilleta sobre la mesa.
—Querida, te has puesto muy pálida.
Sigo intentando respirar, pero un sudor frío perla mi frente.
—Creo que… necesito ir al baño.
Me levanto de la silla y Linda hace lo mismo que yo, como si hubiera vaticinado que las piernas iban a fallarme.
—¡Nora!
Es lo último que escucho antes de que un pitido agudo colapse mis oídos y el mundo se incline rápidamente, volviéndose borroso y… oscuro.
No sé cuánto tiempo pasa, si segundos, minutos u horas, pero, cuando vuelvo a parpadear, estoy bocarriba en el suelo del restaurante y un montón de cabezas se agolpan en torno a mí.
—Está recuperando la consciencia… —comenta alguien.
—¿Llamamos a una ambulancia? —pregunta otra voz.
—¡Dejadle espacio! —Linda toma mi mano mientras yo trato de enfocar el lugar que me rodea—. Nora, querida, ¿me oyes?
—Sí…
Intento incorporarme, pero no lo logro. Por unos instantes, todo vuelve a dar vueltas, y la preocupación en la mirada de mi editora se acentúa.
El nudo en mi pecho no se ha aflojado del todo, pero ahora es distinto. Me siento mucho más cansada.
—Estoy bien —digo—. Dame algo de azúcar y luego nos vamos a la presentación.
Vuelvo a hacer amago de levantarme, sin éxito.
—Deberíamos llamar a una ambulancia —escucho decir a alguien.
—No —insisto—. Tenemos que…
—Llamad a una ambulancia —me interrumpe Linda—. Nora, lo siento, pero no puedo permitir que vayas así. Tranquila, habrá más oportunidades de presentar el libro.
Siento las lágrimas acumularse en mis ojos, pero ni siquiera tengo fuerzas para contradecirla.