93
Nora
Miro la primera página del capítulo once de la novela young adult .
Un sport romance ambientado en una universidad australiana.
Lo más irónico, además de que nunca he leído sport romance , es que no tengo ni idea de deporte, aunque Linda asegure que eso no importa.
Vuelvo a abrir Wikipedia y leo por encima.
Escribo en Google la duda que me surge, porque sigo empeñada en tratar de hacer las cosas bien. Antes de presentar los resultados de las webs, la IA del buscador me ofrece un resumen que debería ayudarme… pero que me deja más perdida que antes.
No conozco Australia y, hasta que empecé este proyecto, ni siquiera sabía que existía el fútbol australiano…
Desde luego, tampoco tengo ni idea de lo que hacen los universitarios allí para divertirse.
Seguro que no llueve tanto como en Londres y pueden hacer cosas más interesantes de las que hice yo en su día, ¿no?
Además, ¿qué modas se seguirán allí actualmente?
¿Tendrán alguna coletilla que no paren de usar entre ellos? ¿Se dirán «tronco» o «bro»?
Resoplo y me dejo caer contra el respaldo de la silla, cerrando los ojos un segundo, a la espera de una revelación.
Pero no.
Nada.
Esta historia me produce hastío.
No siento emoción, ni curiosidad.
Y, por supuesto, no tengo ganas de seguir.
Solo tengo la sensación de estar escribiendo algo vacío, irreal y que no es mío.
Lo único que me queda es la presión con los plazos establecidos por Linda, que van volviéndose más opresivos conforme pasan las semanas, y ese nudo en el pecho que cada día resulta más complicado de esconder.
Tanto que ya hasta me quita el hambre.
Me obligo a concentrarme, porque ya estamos en noviembre y voy fatal. ¡Peor que mal!
Me inclino hacia delante otra vez, tecleo unas palabras, las leo y… las borro.
Vuelvo a intentarlo.
—Joder…
Cierro el documento.
Y entonces hago justo lo contrario de lo que debería: abro otro archivo. Uno que no tiene nada que ver con lo que la editorial espera de mí. Uno en el que no debería estar invirtiendo mi tiempo, pero que no me puedo sacar de la cabeza. Leo el último párrafo que escribí, y sigo.
Las palabras salen solas, las escenas fluyen y todo cobra sentido.
Mis dedos vuelan sobre el teclado, como si las letras me quemaran en los dedos. Y entonces respiro, pero de verdad, el pecho se aligera y mi humor cambia.
Porque todo encaja.
No soy consciente del tiempo que transcurre hasta que un ruido en la puerta de la biblioteca me saca de ese estado.
Levanto la vista y encuentro la mirada de Max, que está apoyado en el marco, observándome.
—Hola —dice.
—¡Hola! —No puedo evitar sonreír.
Me planta un beso en los labios y ojea la pantalla en la que estoy trabajando.
—Veo que tienes una tarde productiva.
—Sí, supongo.
La culpa me golpea cuando miro la hora.
—Ese no es el manuscrito, ¿verdad?
—No.
—¿Y te gusta?
—Mucho. Es lo que me nace escribir.
—Pues ya está.
Da por finiquitado el problema y yo exhalo una risita nerviosa.
—Pero no es lo que me han pedido.
—¿Y?
Levanto la cabeza para mirarlo de nuevo.
—No debería estar perdiendo el tiempo en esto. La editorial ha depositado unas expectativas en mí… y ya no solo soy yo subiendo libros a Amazon sin que nadie me diga lo que tengo que hacer. Ahora debo pensar en el mercado.
Max permanece en silencio un segundo.
—Pero autopublicar te hacía feliz. Y no te iba mal. Tenías tu mercado, que no era pequeño precisamente.
—Tienes razón. Pero quiero que funcione…
—Ya funcionaba. —Hace una pausa—. Y esa Nora sonreía, dormía y disfrutaba de lo que hacía.
No digo nada. Porque, una vez más, tiene razón.
—Simplemente, haz lo que te haga feliz —añade—. Aunque eso implique mandar a la mierda a Linda y la editorial.
Sonrío apenas.
—Eres un poco radical, Max.
—No. Solo me preocupo por ti.
Ninguno de los dos dice nada. Yo lanzo una mirada a la pantalla, dudando.
—Aun así, quiero que sepas que, hagas lo que hagas, estoy y estaré a tu lado —continúa—. Sé que todo esto da vértigo y que te ha costado mucho llegar hasta aquí, pero no olvides que aún tienes opciones. Y eso, cariño, es lo más importante.
Lo miro y me recuerdo que no estoy atrapada en esto, aunque a veces se me olvide.
Max me da otro beso y sonríe.
—Te dejo trabajar. Cuando quieras cenar, avísame. Si te apetece, podemos salir fuera, ¿vale?
Asiento con la cabeza.
—Gracias. Porque a veces siento que despejas todas mis dudas.
—Supongo que en ocasiones no está de más que alguien nos recuerde que hay alternativas. A todos nos ha pasado, ¿no crees?
Sonríe y, después, se marcha de la biblioteca, dejándome a solas con mis personajes.
Respiro hondo.
Y de pronto no me siento completamente perdida.