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Max
Hoy he traído a Nora por primera vez a uno de los eventos filantrópicos que organiza mi madre a través de su fundación.
No es que me apeteciera venir, eso no es ningún secreto, pero al menos Markus no se ha escaqueado y ha asistido con Elise; sospecho que esta ha tenido bastante que ver en su decisión.
Sobre todo, dado que Nora dijo que quería acompañarme, porque sabe que odio estas cosas, pero que voy porque es lo que se espera de mí por llevar el apellido Schröder.
Estoy en la barra con Markus y Mike. Mi hermano nos habla del desarrollo de unos robots que automatizarán a los agentes de pasaje en los aeropuertos.
La idea es que, gracias a la inteligencia artificial, puedan interactuar con los usuarios en diferentes idiomas y comprobar, por ejemplo, la documentación que necesitan para sus destinos, escanear pasaportes, verificar requisitos de entrada o incluso responder a las preguntas sobre artículos prohibidos en el equipaje.
Mike parece realmente interesado en el proyecto; le pregunta si podría hacerse algo similar en un concesionario, pero enfocado a la venta y a lo que busca el cliente.
Yo desconecto a ratos; ando con la mirada puesta en Nora, que charla relajada con Elise y Mayra, por fin.
Últimamente me preocupa el aura que la rodea.
Sé que no me lo dice porque no quiere preocuparme, que intenta aparentar normalidad, pero no duerme bien, no se enfrasca en el portátil como antes…
y algo dentro de mí me indica que está al límite.
Probablemente, por el encargo editorial al que se ha comprometido, lo cual, sumado al cambio que ha supuesto su traslado a Berlín… Demasiadas cosas a la vez.
Por eso, traerla hoy a una cena benéfica de la fundación, destinada a recaudar fondos para ampliar un programa médico en zonas rurales de África, no era exactamente mi idea de plan para desconectar.
Alguien rompe un vaso y capta la atención de todos los presentes.
—Parece que Hoffman se ha vuelto a pasar con los whiskys —comenta Mike.
—No sé por qué lo siguen invitando… —secunda Markus.
—Es uno de los mayores benefactores —respondo—. Y no anda muy fino desde el divorcio.
—Se divorció hace tres años, por favor… —Markus menea la cabeza.
—Bueno, hay penas que no se superan tan rápido.
—Eso es verdad. —Mike da un trago a su copa—. No conocemos sus circunstancias.
La voz de Hoffman se eleva, y se comporta de un modo invasivo con el camarero que intenta calmarlo.
En un evento como este, ese tipo de conductas resultan intolerables.
Veo a mi madre acercarse a las chicas. Se sitúa junto a Nora; aunque no alcanzo a escuchar lo que dicen, mamá parece incómoda y preocupada. Nora la escucha con atención, poniéndole una mano en el brazo y centrándose en ella.
Entonces ocurre algo que ninguno esperaba: Nora le dice algo y vemos como mi madre asiente. Tres segundos después, se dirige hacia Hoffman, decidida y con una sonrisa amable.
—¿Qué diantres…? —susurra Markus.
Mamá se acerca al invitado, le habla con calma y una sonrisa comprensiva, y poco a poco el hombre se apacigua. Incluso ríen juntos antes de caminar hacia la terraza que da al jardín.
Como si nada hubiera ocurrido, todo el mundo retoma sus conversaciones, olvidándose del asunto.
Mamá le hace un gesto de asentimiento a Nora desde la distancia y esta se lo devuelve, encantada.
—Creo que tu chica no sabe lo que acaba de hacer —alega Markus.
—Sabine va a reclutarla para sus eventos —vaticina Mike.
No respondo, porque intuyo que no va desencaminado, y no me agrada la perspectiva.
Mamá tarda un par de minutos en acercarse a nosotros. Su mirada se posa primero en Markus y luego en mí. No hace falta que diga nada para que sepamos lo que piensa.
—Lleváis aquí desde que habéis llegado, en lugar de departir con los invitados —nos regaña.
—Sabes lo que opino de estas cosas —se queja Markus—. Confórmate con que hoy esté presente.
Ella niega con la cabeza, como si ya hubieran tenido esta conversación demasiadas veces. Luego se centra en mí.
—Nora tiene muy buena intuición. Ha analizado la situación mejor que algunos de los que trabajan hoy aquí.
Markus arquea las cejas, divertido, y Mike trata de ocultar su sonrisa bebiendo de su copa, pero yo me mantengo serio.
—Solo ha tenido suerte al dar en el clavo —respondo, tratando de desviar el curso de sus pensamientos.
Por supuesto, ni yo me creo lo que he dicho. Nora es capaz de resolver ese problema y muchos más, pero no quiero que mamá vea su potencial precisamente para esto.
—No estoy de acuerdo. Y sé que tú tampoco. —Me reta a contradecirla, pero guardo silencio—. Tal vez podría ayudarme a preparar la gala de Navidad.
Aprieto la mandíbula.
—Mamá, por favor, Nora ya tiene bastante con lo suyo. La editorial está mostrándose muy exigente, y no creo que deba abarcar más cosas. Al menos, de momento.
Dejo una puerta abierta porque sé que mi madre no aceptará una negativa rotunda.
—Bueno, ya veremos…
No insiste. Aunque tal vez yo haya librado a Nora de colaborar con ella en la preparación del «gran evento del año», sé que ahora está en su punto de mira. Y sí, eso es bueno, pero no puedo evitar pensar que Nora acaba de meterse, sin ser consciente de ello, en un lío que no necesita.