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Nora
No me puedo creer que ya lleve dos semanas en Berlín.
Dejar mi apartamento de Londres fue doloroso, porque para mí supuso el fin de una etapa en la que he sido cien por cien independiente, y entre esas cuatro paredes he construido mi carrera, pero vivir con Max ilumina mis días, a pesar de que afuera el otoño ya ha comenzado a desnudar los árboles y traer cielos más oscuros.
Siguiendo los consejos de Elise, y teniendo en cuenta que trabajo sentada frente a un portátil la mayor parte del día, me he apuntado a un gimnasio que no queda lejos de aquí.
Aunque en casa de Max hay una zona equipada para eso, que cuenta hasta con piscina climatizada, he abonado un mes para probar y ver si conozco gente nueva.
¿Quién sabe?, tal vez me sirva para hacer amigas.
Lo que quiero es romper la rutina y socializar.
En mi primer día, entro en una sala llena de espejos, dotada con todos los aparatos que necesites, donde unas cuantas mujeres de mi edad hacen ejercicios en grupo y ríen.
Al ver cómo van vestidas, siento mi conjunto como de andar por casa; de hecho, llevo una de las camisetas de Max, pero trato de no darle importancia.
Sonrío al pasar por delante de ellas, pero me ignoran y siguen a lo suyo.
—Brenda me ha invitado a la party botox del viernes —comenta una.
—¡A mí también! —responde otra, emocionada.
—¿En serio? A mí no me ha avisado —se queja una tercera.
—Tú no necesitas más bótox, Liz.
—Yo creo que un poquito más aquí… —Se toca un punto concreto de la frente.
Me coloco los auriculares para sumergirme en mi mundo y comienzo a andar en la cinta. No es que sus conversaciones me molesten, pero no van conmigo. No es el tipo de charla en el que yo participaría.
Respiro hondo antes de incrementar el ritmo, pues también he venido para despejarme de la monotonía del día a día.
Lo malo es que, según corro más y más, los problemas con la novela que le dije a Linda que iba a escribir siguiendo sus directrices intentan atraparme también aquí.
Esa historia «por encargo» se me ha atragantado y no sé cómo salir del atolladero.
Sigo pensando que tal vez eso no es para mí, que no se identifica conmigo.
Un nudo se instala en mi pecho. Cada vez me cuesta más seguir el ritmo, así que subo el volumen de la música, pero no sirve de nada.
Porque no es el ruido.
Soy yo.
Termino parando la máquina. Suficiente para la primera vez…
De camino a casa, para empeorar mi día, recibo una llamada de mi madre.
—¡Cielito!
—¿Cómo estás, madre?
—Estupendamente. Llamaba para ver qué tal estás.
—Todo bien.
No le he dicho que he dejado mi apartamento.
No le he dicho que ahora vivo en Alemania.
Y, aunque siento cierta culpa, algo me dice que, cuantos menos detalles comparta con ella, mejor.
—¿Cómo estás tú? —le pregunto, mostrándome amable.
—Pues bien, bien… Sigo en la tienda del aeropuerto y estoy muy contenta. He conocido a alguien, ¿sabes?
No puedo evitar pinzarme el puente de la nariz.
—¿Ah, sí?
Allá vamos…
—Sí. Se llama Greg, es piloto de carga, y hemos quedado el fin de semana para salir. Ya sabes, una cita…
—Bien, me alegro por ti.
Suspiro, pero intento que no me escuche.
—El caso es que había pensado en comprarme un modelito para la ocasión, ya sabes, porque este hombre lo merece y…, bueno, voy un poco justa este mes…
—Madre, no voy a enviarte dinero.
—Pero Greg…
—Estoy segura de que tendrás en el armario algo con lo que sorprender a Greg, pero endeudarte no es lo adecuado.
—¿Endeudarme? Yo no…
—Oh, claro que no, porque siempre dices que me lo devolverás, pero nunca me has devuelto absolutamente nada. Así que se acabó.
—Nora, ¿qué estás haciendo?
—Poner límites. No puedes ser una parásita de tu propia hija. Tienes edad más que suficiente para haber aprendido a vivir con lo que tienes y no por encima de tus posibilidades, haciendo lo que te da la gana y esperando que yo lo solucione.
Se hace un silencio incómodo al otro lado de la línea.
—No esperaba esto de ti.
—Pues empieza a hacerlo.
Cuelgo.
Me detengo en mitad de la calle, con el móvil todavía en la mano.
No me siento bien.
Pero tampoco mal.
Es como si algo dentro de mí estuviera cambiando.
Y aun así, ese nudo sigue en mi pecho.
Más grande.
Más… tirante.
Por unos segundos, me cuesta respirar, pero me digo que ya pasó, que estoy bien.
Estoy bien.
¿Verdad?