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Nora
Elise se acerca con un par de refrescos y se sienta a mi lado en el sofá. Hace un día espectacular en Berlín, y los chicos charlan en la terraza bajo una sombrilla. Linux dormita con la cabeza sobre mi pierna después de una buena tanda de caricias. En parte, mi mente continúa en la casa de la isla.
—¿Por dónde íbamos? —Mi amiga vuelve al ataque. Me enseña en el móvil las fotos de sus vacaciones, mientras encadena mil y una anécdotas, algunas de las cuales podrían inspirar más de una de mis novelas.
En su defensa diré que yo le pedí que me relatara todo.
Markus la ha llevado a dar la vuelta al mundo, literalmente, y durante un mes y medio han estado en siete países diferentes.
Claro, que no todo han sido vacaciones, según Elise.
Si ha podido disponer de tantos días ha sido gracias al teletrabajo.
—Bueno, es tu turno. Después de mi cháchara, puedes aburrirme todo lo que quieras —dice al cabo de un rato.
—No hay mucho que contar. Hemos estado en Formentera y… —hago una pausa, recordando las noches con Max, las conversaciones, las risas en la piscina…— han sido las mejores vacaciones de mi vida, Elise.
—Espera, ¿te estás emocionando con recordarlo?
—Sí, porque… de verdad, lo han sido y… —No sé cómo continuar.
—Ay, Nora. Estás enamorada de Max hasta las trancas.
Asiento con la cabeza y luego trato de sonreír para espantar los demás sentimientos que comienzan a invadirme.
—Me ha pedido que vivamos juntos.
—¡AAAH! —Casi me deja sorda. Incluso el gato sale huyendo.
—Vale, vale… —le pido. Lanzo una mirada hacia los chicos, que se han quedado mirándonos.
—¡Todo está bien, seguid a lo vuestro! —les asegura.
Max aprovecha para lanzarme una de esas sonrisas que me dejan sin respiración. Por supuesto, Elise lo capta.
—Bueno, ¿y cuándo te mudas?
—No le he confirmado nada, al menos aún.
—Pero ¿qué dices?
—Me da un vértigo enorme, ¿sabes? Y tendría que perder mi alquiler en Londres, trasladar aquí todas mis cosas, y no sé…
—No te da vértigo. Te aterroriza la idea.
—No es eso —miento, al menos en parte—. Es todo lo que implica.
—¿Y qué implica exactamente?
—Construir algo… juntos. Hacerlo más real.
—No entiendo cuál es el problema.
—El problema es la posibilidad de perder todo eso en algún momento.
—De eso trata la vida, ¿no? De arriesgarse, de avanzar… De lo contrario, seríamos infelices, sin hacer absolutamente nada por si las cosas se truncan, y eso es muy aburrido y triste.
—Pero, si doy el paso de mudarme con él, luego no podré dar marcha atrás.
—Claro que podrás. Siempre hay opciones —resopla—. Mira, puedes ser feliz aquí con Max, o puedes vivir a medias, asqueada en tu apartamento londinense, pensando qué habría pasado si le hubieras dicho que sí.
No le replico. Tiene razón, y sus palabras me rondan durante el trayecto de regreso a casa.
—¿Vas a querer cenar algo antes de ir al aeropuerto? —me pregunta Max cuando traspasamos la entrada y nos ponemos las pantuflas.
—Sí, me parece bien. —Me gustaría quedarme más tiempo con él, pero eso me lleva a pensar en su proposición y en las palabras de Elise.
Subimos al piso de arriba, donde me dirijo a su vestidor para coger una de sus camisetas y darme una ducha. Reparo en que la distribución ha cambiado. Un lado ahora está vacío, y sus cosas han sido relegadas a la misma pared. Aunque distan mucho de estar apiñadas, ya no parece un escaparate.
—¿Max?
—Dime, cariño —responde desde el dormitorio.
—¿Qué ha pasado aquí? —pregunto, abriendo un cajón y comprobando que tampoco hay nada.
Aparece en el umbral y mira a su alrededor.
—Ah, sí… Le pedí a Mary que hiciera algo de espacio por si querías dejar alguna cosa. Ya sabes, para no cargar la maleta tan llena constantemente.
Le quita hierro al asunto, pero ambos sabemos el simbolismo que tiene esto.
—Solo pretendo que te sientas más cómoda. —Sonríe.
—Vale… —La idea no me disgusta, aunque sí hace que se me encoja un poco el corazón, y el estómago.
—Voy abajo a ver qué hay en la nevera —añade antes de desaparecer.
Me siento en la cama, pensativa. Las palabras de Elise todavía resuenan en mi cabeza. Me percato de que Mary también ha hecho la colada, y la mayor parte de la ropa que acumulaba en el sillón del dormitorio, con la maleta a los pies, ahora reposa a mi lado, limpia y meticulosamente planchada.
Es entonces cuando me atrevo a admitirlo: quiero ser lo bastante valiente para permitirme, por fin, ser feliz.