La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 84
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Nora

—Desearía que este verano fuera eterno… —suspiro.

Max sonríe mientras conduce por las carreteras de la isla. Yo oteo entre la vegetación para contemplar el mar.

—Ojalá pudiera hacerlo posible. —Posa una mano sobre mi muslo—. Pero te prometo que vendrán más veranos como este. O incluso mejores.

Sonrío. Esta vez no hay dudas, tampoco miedos. Solo este instante y la certeza de que, por primera vez en mi vida, lo que estoy viviendo es real, sin pensar que puede romperse. Y eso me hace sentir orgullosa de mí misma, porque supone un paso importante para mí.

—Es aquí. —Max me saca de mis pensamientos cuando llegamos a una casa arquitectónicamente similar a la suya, pero con un montón de plantas más, sobre todo, flores rojas y rosas en la entrada.

—¡Pensé que os habíais perdido! —La voz de Mike nos da la bienvenida. Abre los brazos.

La cabecita de una niña pequeña asoma detrás de su padre, curiosa.

—¡Mamá, ya están aquí! —grita antes de desaparecer en el interior.

Trato de sonreír, pero lo ocurrido en el evento de Berlín, con ellos presentes, me bloquea durante un segundo.

Ellos aparecían en la foto que salió en las revistas…

Sin embargo, en cuanto cruzamos la casa hacia la piscina y Mayra me saluda con su sonrisa sincera, asumo que no le dan ninguna importancia.

—¡Nora, ven a sentarte con nosotras! —me pide desde unas tumbonas, bajo una pérgola, mientras sostiene a su tercera hija, una bebé de mofletes rosados y sonrisa inocente.

Miro a Max, que parece encantado de poder compartir tiempo con sus amigos.

—¿Te gusta la limonada casera, Nora? —me ofrece Mike—. Mayra la prepara riquísima; tiene el toque perfecto de dulzor. Le pone miel.

—Suena genial.

—Ahora te llevamos un vaso.

Voy hacia su mujer, que lanza miradas intermitentes a la piscina, donde sus hijas, vestidas con bañadores coloridos y con volantes, ambas con manguitos, juegan con flotadores diversos.

—¡¡Bet!! ¡No vuelvas a lanzarte así al agua! —Reprende a una de ellas antes de volver a prestarme atención—. No siempre es tan caótico, te lo prometo, pero es que el agua las enloquece. Disfrutan mucho de la piscina. —Sus palabras irradian cariño.

—¿Y a quién no le gusta con este calor? —Trato de bromear.

Max se aproxima a nosotras y me tiende un vaso con limonada.

—Para ti —dice—. Mike asegura que esto compensa el griterío infantil.

La acepto riendo y él se aleja junto a su amigo.

—Bueno, ¿cómo estás? Quiero decir, después de… todo.

—Pues… bien, bueno… Lamento mucho que salierais en las fotos.

—Tú no tuviste la culpa. —Hace un gesto para restarle importancia—. Esas revistas solo buscan carroña, que muchas veces no tiene nada que ver con la realidad; pero, ya sabes, es lo que vende.

—Lo sé. En fin, ha pasado, y ahora estoy mejor de lo que creía, supongo. Aunque espero no volver a aparecer nunca más en algo así.

—Esperemos. No debió de ser fácil, pero mira, ahora estamos tan ricamente aquí, de vacaciones. —Mayra ríe, y la bebé parece seguirla—. ¿A que sí, Vera? ¡Estamos de vacaciones! —le dice con todo el amor del mundo.

—Es preciosa.

—Sí que lo es. ¿A que eres preciosa, Vera? —Luego se dirige a mí—. Tiene seis meses; en nada empezará con los dientes.

—Caray… Eso dolerá.

—Sí. Me da mucha pena cuando empiezan así…

—Ya eres toda una experta.

—¿Te lo puedes creer? Hace quince años pensaba que nunca tendría hijos, y ahora…, ¡mírame!

—¿Qué te hizo cambiar de opinión?

—Mike, y querer formar algo grande juntos. De joven, pensaba que se terminaría la libertad, pero tus prioridades cambian, y ahora soy muy feliz con nuestra familia.

—Eso es bonito.

Mayra sonríe.

—¿Quieres cogerla?

—¿Qué? ¿Yo? —Me pongo nerviosa—. Me temo que nunca he cogido un bebé y no sé cómo…

—¿Cómo dices? —Parece sorprendida—. Pues para todo hay una primera vez.

Me tiende a la cría, que se echa a reír cuando pasa a mis brazos.

—Hola, Vera —digo, sin saber muy bien qué hacer.

Su risa es inmediata, como si no necesitara más que ese pequeño gesto para aceptarme. Algo en su mirada, tan pura, me golpea directamente en el pecho. Se agarra a mi camiseta con una de su manitas, que cierra en un pequeño puño perfecto. Como si aferrarse a mí fuera importante.

Y no sabría explicar qué me sucede en este momento, pero la sensación que me transmite… me gusta. Me gusta demasiado.

—¿Ves? —dice Mayra con una sonrisa—. Ya la tienes conquistada. O tal vez sea ella quien te ha conquistado a ti.

Sonrío, pero no digo nada. Miro a mi alrededor: las niñas siguen jugando en la piscina, entre risas; entonces, mi mirada tropieza con la de Max, que me observa, ajeno al parloteo de Mike.

Mi corazón da un vuelco. Me pregunto qué estará pensando él, pero entonces me sonríe y yo, nerviosa, bajo la mirada hacia Vera, que ahora toquetea las puntas de mi pelo como si fueran lo más interesante en el universo.

Me doy cuenta de que esto, una vida así, es algo que me gustaría tener, pero, al mismo tiempo, que me esfuerzo en evitar. La maldición aflora en mis pensamientos más profundos, ahuyentando mis deseos, porque siempre me han inculcado que me destruiría.

—¿Todo bien? —Mayra me saca del trance.

—Sí… Es que es muy bonita. —Parpadeo y se la entrego.

—Lo es —responde con orgullo, y extiende los brazos para cogerla.

Vuelvo a mirar a Max, quien ahora se muestra serio, y decido bajar la vista al suelo, como si así pudiera ignorar el vértigo que acaba de instalarse dentro de mí.