La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 83
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Max

El día transcurre mejor de lo previsto.

Cocinamos juntos algo sencillo, pechugas de pollo a la plancha con una ensalada, y aun así parece especial. Después pasamos la tarde en la piscina, sin prisas, sin nada más que hacer que disfrutar del sol, la tranquilidad y la compañía mutua.

Ver a Nora relajada me hace sentir en paz, y saber que yo he contribuido a eso es mejor todavía.

Ahora estamos en la cama, con las luces atenuadas y las cortinas ondeando suavemente con la brisa que entra desde la terraza abierta.

El aire trae el aroma del mar, de las noches de verano, y se mezcla con el ligero perfume que todavía desprende su piel, la cual recorro con las yemas de los dedos, dejándome guiar por cada reacción suya para decidir por dónde continuar.

—Creo que es la primera vez que estoy realmente bien aquí —susurro, sin pensarlo.

—¿A qué te refieres?

—No vengo mucho a esta casa. Aunque me gusta, me hace sentir muy solo, y mis estancias aquí me resultaban tristes, vacías…

Ella guarda silencio, escuchándome.

—Pero ahora, contigo, es diferente —añado.

Me acaricia la mejilla.

—Me alegra contribuir a que te sientas tan bien.

—Oh, cariño, ten por seguro que, desde que te conocí, de una forma u otra lo haces. Siempre tuve muy claro lo que no quería en mi vida, y, cuando apareciste, supe con certeza lo que sí quería: a ti.

Se hace el silencio. A pesar de que su rostro está entre sombras, la veo emocionarse.

—Te quiero, Max. Te quiero como jamás pensé que podría llegar a querer a alguien.

—Yo también te quiero, Nora. Y nunca me cansaré de elegirte.

Junto mis labios con los suyos y nos dejamos llevar como solo nosotros sabemos hacerlo.

Vamos deshaciéndonos de la poca ropa que vestimos, entre caricias y roces que alteran cada célula de nuestro cuerpo.

El deseo aumenta y, cuando intuyo que ninguno quiere alargar esta dulce agonía mucho más, me levanto un momento para alcanzar el neceser y coger lo que necesito.

Sin embargo, siento como si me echasen por encima un jarro de agua fría.

—¿Qué ocurre? —pregunta ella a mi espalda, esperándome en la cama.

—No he traído los preservativos. —Sigo rebuscando, como si así fueran a aparecer por arte de magia.

—Oh… Yo tampoco… Como normalmente tú…

No termina la frase.

—Bueno, se me ocurren otras maneras de seguir… —comento.

Regreso a su lado y retomo los arrumacos. Mi mano desciende lentamente hasta el centro de su placer. Ella se retuerce entre mis brazos al contacto con mis dedos, pero entonces me detiene y me mira.

Y en esa mirada hay algo más que deseo.

—Sí podemos.

—¿A qué te refieres?

—Tomo la píldora de forma regular —afirma con seguridad— Soy muy estricta con eso.

—Lo sé. Pero habíamos hablado de no depender solo de eso.

Cierra un momento los ojos, como ordenando sus ideas.

—Max, bien utilizada, la píldora es altamente eficaz. Y yo soy muy cuidadosa. Confía en mí.

—Yo confío en ti.

En ese instante, comienza a mover la mano exactamente como sabe que me gusta, pillándome por sorpresa y nublando mis pensamientos.

—Nora…, te estás dejando llevar por la lujuria. —Niego con la cabeza, pero no aparto su mano—. Mañana… iremos a la farmacia.

—En serio, Max…

Ella insiste, buscándome. Espera que yo ceda, y quiero hacerlo, porque la deseo, porque la quiero y porque es… ella .

—¿Estás segura?

Sonríe y asiente con la cabeza, pero eso a mí no me vale. Necesito que me lo diga con palabras.

—Nora…

—Sí, Max. Estoy segura.

—¿Totalmente?

—Totalmente, por eso… solo lo haré contigo.

Solo conmigo… Sus palabras cobran sentido en mi cabeza, y capto el mensaje: nunca lo ha hecho así. Eso no ayuda a que me resista. Mi instinto más animal se hace con el control. Quiero poseerla. Quiero hacerla… solo mía.

Me hundo en su interior, permitiendo que todo fluya de forma natural. Ambos nos sentimos sin ninguna barrera ni distancia, y es delicioso.

—Eres perfecta para mí.

Cierro los ojos, concentrándome en las sensaciones que me produce y en cada movimiento, cada latido de nuestros corazones. Y en toda ella. Porque siempre ha sido ella.

Me insta a acelerar el ritmo, y me vuelve loco cuando siento su primer orgasmo en torno a mí, empujándome todavía más hacia su interior.

—Joder…, Nora… —es lo único que atino a decir, pese a que me gustaría transmitirle que me está volviendo loco de placer.

Sus manos aferran mis hombros mientras ella se deshace debajo de mi cuerpo, rodeada por mis brazos. Aunque me cuesta un esfuerzo descomunal, le doy la tregua que necesita.

Y entonces me sorprende:

—Quiero sentirte… envolviéndome entera —susurra.

Permito que guíe el movimiento. Nora nos cambia de posición con cuidado, incorporándome hasta que quedo sentado sobre mis talones, y tiro suavemente de ella para que se acomode sobre mí.

Su espalda queda pegada a mi pecho, y la envuelvo desde atrás, sintiendo como todo encaja de nuevo. Más cerca. Más… unidos.

Se apoya contra mí, abandonándose un segundo, y después empieza a moverse despacio, marcando el ritmo. Mis brazos la sostienen, recorriendo su cuerpo sin prisa, acompañándola.

—Así… —susurra.

Entiendo que busca sentir… todo. Sentirnos. La sigo en su danza, adaptándome a ella, dejándome llevar por ese vaivén cada vez más profundo, mientras reparto besos livianos por la delicada piel de su cuello, su clavícula…

—No pares —me pide, a punto de volver a perderse.

—No pienso soltarte nunca —confieso, yo también al borde de romperme.

Y entonces damos el salto juntos, sin barreras. Todo mi cuerpo vibra, derramándome sin control, naufragando en un mar de sensaciones increíbles.

No la suelto. Poco a poco nuestras respiraciones vuelven a la normalidad, acompasándose; yo sigo acariciándola, totalmente entregado a ella, que se reclina contra mi pecho con un suspiro de bienestar.

—Quiero siempre esto. Así… —dice en voz baja.

—Y siempre lo tendrás.

Le doy un beso en el hombro, sin necesidad de movernos, disfrutando de la cercanía, del silencio y de todo lo que hay entre nosotros, que va mucho más allá de lo físico.