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Nora
Me cuesta creer que hace apenas una semana estuviera en mi apartamento de Londres, enferma, y ahora esté aquí, de vacaciones con Max.
Linda fue más comprensiva de lo que esperaba cuando se enteró de lo mala que había estado, y me concedió un par de días más. Los aproveché como si me fuera la vida en ello, concentrada delante del portátil durante catorce horas seguidas cada día, pero al final lo conseguí.
Y ahora por fin puedo descansar, porque Max me ha traído a las Islas Baleares para pasar todo agosto juntos.
El trayecto en lancha desde Ibiza apenas dura media hora, pero para mí es…
otra cosa. El agua es de un azul casi irreal.
La humedad salobre del mar me envuelve, el viento me despeina acariciando suavemente mi cabello, y siento esa mezcla de libertad y vértigo que solo te proporciona algo completamente nuevo.
—Parece que estemos en una película… o en un sueño —comento.
Max sonríe, pero no dice nada. Solo me observa a través de sus gafas de sol, como si la vista realmente interesante no fuera el Mediterráneo, sino yo.
Atracamos en un pequeño embarcadero y allí nos espera un descapotable blanco que parece salido de un anuncio estival.
La persona que nos recibe le tiende las llaves a Max y, en cuanto este arranca el coche, comenzamos a ascender por una carretera estrecha que serpentea entre la flora de la zona, compuesta por algunos arbustos bajos y tierra clara.
Diviso a lo lejos la que debe de ser la casa: se alza en lo alto de la isla, escondida entre la vegetación. Es clásica, y de un blanco que deslumbra bajo el sol. No es ostentosa, y tampoco necesita serlo. Tiene dos plantas, tejado a dos aguas marrón y vigas de madera.
Sin duda, el lugar promete paz absoluta.
Cuando bajo del coche, me quedo paralizada unos segundos, literalmente boquiabierta.
—Caray… —es lo único que consigo decir.
Max me observa, disfrutando más de mi reacción que del viaje en sí.
Me posa una mano en la espalda y entramos. Dentro la temperatura baja unos grados, dándonos la bienvenida a una atmósfera fresca y acogedora. Los muebles son claros, el suelo es de madera natural y las cortinas, vaporosas, se mecen plácidamente con la brisa que se cuela por los ventanales.
En la planta baja, el salón es impresionante, con cristaleras corredizas abiertas hacia el jardín, donde la piscina, enorme, refleja el cielo e invita a disfrutarla.
Avanzo hacia fuera, sorteando sofás, cojines blancos y tumbonas perfectamente colocadas, hasta una pérgola de madera con telas suaves que ondean con el viento.
No lo digo en voz alta, pero ya sé dónde quiero tumbarme luego.
El jardín está salpicado de flores de todos los tonos imaginables, y, cuando me acerco al murete del fondo, descubro que es un mirador al mar Mediterráneo, que ahora mismo parece en calma.
Solo se escucha el viento y el sonido lejano de las olas. Todo resulta extremadamente placentero.
—Esto es increíble —comento.
—Y todavía no has visto el piso de arriba —responde Max—. Vamos.
Me enseña primero la habitación principal, que es enorme y se abre a una terraza frente al mar. Hay dos dormitorios más y un despacho que anima a trabajar sin estrés.
—El servicio viene solo un rato a media mañana —me explica Max—. El resto del tiempo tendremos total privacidad.
—Vale —respondo, intentando procesarlo todo.
Entonces añade algo que no me esperaba:
—Debes saber que no había traído nunca a ninguna mujer aquí. Bueno, excepto a mi madre…
Sé que no es un comentario casual, sino una confesión para resaltar todas esas primeras veces que ambos estamos desbloqueando en nuestra relación.
Me acerco a él. Está tan guapo de blanco… Nos miramos. No digo nada; no lo ha dicho para que yo diga nada. Simplemente, lo beso.