La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 81
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Max

Es lunes y Nora ya no parece un burrito abandonado en el sofá, como ella misma se definió, entre delirios febriles, poco después de que yo llegase.

Estoy sentado en su diminuto y abarrotado escritorio, atendiendo una videoconferencia con tres ejecutivos que discuten cifras mientras yo intento mantener la compostura, pese a que mis rodillas chocan en el cajón inferior.

Cuando damos por terminada la reunión y cierro el portátil, me doy la vuelta y veo a Nora apoyada en la puerta del dormitorio, mirándome con una sonrisa ladeada.

Está despeinada, vestida con mi sudadera, que le queda enorme, y lleva los calcetines desparejados, pero al menos ha recuperado el color en las mejillas, y eso ya supone un triunfo.

—Te queda ridículo ese escritorio —dice.

—Gracias por tu franqueza.

—Parece que estás en un pupitre de primaria.

—Por eso a veces siento que vives en Hobbitlandia.

Ella sonríe y se dirige a la cocina para servirse un vaso de agua.

Me levanto y la sigo. Nos sentamos los dos enfrentados en la isla. Su mirada se desvía hacia la bolsa de la farmacia, de donde asoman todavía dos paquetes de compresas.

—¿Por qué solo compraste eso? —pregunta—. ¿Por qué no tampones?

La miro un segundo, confundido por la pregunta.

—Porque en el neceser que llevas en el bolso tienes dos compresas y deduje que es lo que usas.

—A veces se me olvida lo observador que eres…

—Pero eso también te parece encantador, ¿a que sí?

Vuelve a sonreír por mi intento de broma y, entonces, lo suelta:

—Es complicado no quererte.

Mi corazón se detiene una milésima.

—¿Eso ha sido por fin una declaración?

—No he dicho eso.

Se sonroja y me aparta la mirada.

—Ya veo. —Me inclino un poco hacia ella, buscándole la mirada—. Pues déjame decirte que también es complicado no quererte a ti.

Su sonrisa se agranda, y sé que este es el momento.

—Por cierto, voy a tomarme todo agosto de vacaciones, y quiero que vengas conmigo a Formentera.

Parpadea. No se lo esperaba.

—¿Qué?

—Tengo una casa allí, y quiero que vengas conmigo. Ya estamos a finales de julio y no hemos hablado de cómo pasar el resto del verano.

—¿Te has vuelto loco?

—No. Además, nos servirá como ensayo de convivencia antes de mantener esa conversación tan seria sobre que vengas a vivir conmigo.

Siento como se le corta la respiración.

—Es muy pronto para vivir juntos, Max.

—Lo sé. Por eso te lo estoy anticipando. Considéralo un preaviso oficial para la charla en cuestión, más adelante. Así que centrémonos en lo inmediato: las vacaciones.

—Max…

—Nora…

Le agarro las manos antes de que entre en pánico.

—No digo que tengas que mudarte mañana. Solo necesito recordarte que yo no pretendo cuadrar fines de semana, sino construir algo contigo, de verdad. No quiero que sigamos la estrategia del «ya veremos cómo va evolucionando esto».

Su respiración se acelera y le doy un apretón cariñoso.

—No voy a permitir que huyas otra vez por miedo, no cuando sé que me quieres —añado.

Se muerde el labio.

—El problema no es quererte… —le tiembla la voz—, es necesitarte tanto, pensar en ti a todas horas y que me duela tenerte lejos.

La miro a esos ojos esmeraldas que tanto adoro.

—Entonces ya sabes cómo me siento yo.

—¿Y si no funciona? ¿Y si me rompo? —Sus ojos se enrojecen.

—Pues me romperé contigo. Y, aun así, elijo intentarlo. Porque, por mantener lo que tenemos, merece la pena arriesgarse, ¿no crees?

No contesta, al menos no de inmediato.

—A veces me asustas.

—¿Yo?

—Sí. Porque hablas de forma muy directa, y antes no me permitía ilusionarme, pero contigo… es imposible no hacerlo.

Me inclino hacia ella y poso mis manos en sus mejillas con delicadeza.

—Te quiero, Nora.

Una lágrima suya desciende hasta mis dedos.

—Te quiero porque no finges ser perfecta.

Porque tienes miedo y, a pesar de ello, avanzas.

Porque no intentas encajar, sino que te muestras tal y como eres.

Porque sonríes, y con eso me haces sentir vivo.

Porque contigo puedo ser yo mismo. Porque cuando enfermas, quiero cuidarte, y cuando brillas, quiero aplaudirte.

Desde que te conocí, cuando pienso en el futuro, apareces tú. Siempre tú.

Su labio inferior tiembla antes de que sea capaz de hablar.

—Yo también te quiero, Max. —Coge aire—. Y, tanto en lo bueno como en lo malo, solo deseo estar a tu lado para siempre.

Lo dice despacio y en voz baja, pero sus palabras llegan hasta mi corazón.