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Nora
Apenas he conseguido salir de la cama, enrollada en el nórdico cual burrito, todavía con el móvil en la mano.
Tengo que escribir a Max para avisarle de que es mejor que no venga a Londres.
Lo último que quiero es contagiarle lo que sea que haya pillado…
Estoy convencida de que el maratón de horas que me pegué delante del ordenador los últimos días, junto con mi mala alimentación, ha tenido que ver.
Nora:
Lo siento, Max, pero es mejor que te quedes en Berlín este fin de semana. Soy un saco de virus y mocos, y no estoy en condiciones de hacer nada.
Pulso «enviar» y, después, me centro en la misión que me he propuesto: llegar a la cocina para conseguir un vaso de agua.
Y todo va bien.
Hasta que, de regreso al dormitorio, me quedo a mitad de camino. Me dejo caer en el sofá… y aquí sigo.
Ahora soy un burrito caído.
La garganta me raspa como si me estuvieran pasando un rallador de queso.
Me duele la cabeza. Me pesan los párpados.
Tengo frío y calor a la vez. Me tiembla el cuerpo.
Y, para rematar, me ha bajado la regla, así que siento que me ha atropellado un tren de mercancías, un superjumbo y una estampida de Jumanji . Todo a la vez.
En algún momento, me quedo KO.
Cuando el teléfono me devuelve a la realidad, descubro que está en el suelo, vibrando sin parar, con la pantalla iluminada. Tengo trece mensajes y tres llamadas perdidas, todo de Max.
Abro WhatsApp con un esfuerzo sobrehumano.
Max:
Nora, no contestas. ¿Estás bien?
Respóndeme cuando leas esto, por favor.
Trago saliva al leer su último mensaje. Y, por cierto, me duele hasta tragar saliva.
Nora:
Me quedé dormida en el sofá, pero este mensaje es un indicio de que sigo viva.
No han transcurrido ni treinta segundos cuando el móvil vibra otra vez, anunciando una llamada entrante.
—¿Sí? —respondo, con un hilo de voz.
Sueno como un camionero fumador de puros.
—Nora, ¿qué te ocurre? —Su tono denota preocupación.
—Gripe… o algo parecido. Supongo.
—¿Has ido al médico? ¿Tienes fiebre?
—Tengo fiebre, pero no creo que sea necesario ir al hospital. Se me ha juntado con la regla y me duelen hasta las pestañas. Solo tengo que pasarlo.
Se hace un breve silencio.
—¿Qué estás tomando?
—Eh…
—Nora… —me apremia.
—Agua.
—Agua —resopla—. Está bien. Voy a ir a la farmacia. ¿Eres alérgica a algo?
—¿Có-cómo?
—Responde.
—No… no soy alérgica a nada.
—Vale. Estaré contigo lo antes posible.
—No tienes que hacer esto, de verdad.
—Lo sé. Pero quiero.
Parpadeo.
—Espera… ¿Has venido a Londres?
—Obviamente. No voy a dejarte sola cuando estás enferma.
Se me llenan los ojos de lágrimas, y no sé si es por la fiebre o por él.
—Descansa hasta que llegue; estoy a mitad de camino desde el aeropuerto —añade.
—Vale… Y gracias.
Cuelgo.
Me quedo mirando el techo, pensando que, si esto es un delirio febril, no sé si quiero salir de él, pero nuevamente vuelvo a quedarme dormida.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que escucho a lo lejos la llave que le entregué el último día.
Y pasos… Y bolsas…
—Nora.
Su voz…
Abro los ojos e intento incorporarme, pero no me quedan fuerzas. Creo que ya soy parte del sofá, que me he fundido con los cojines, o tal vez sea la tapicería la que se ha fusionado conmigo.
Entre tales pensamientos, distingo a Max, que se queda quieto un segundo al verme.
—Madre mía… —murmura.
Debo de tener una pinta deplorable, y mi primera reacción consiste en taparme con el nórdico hasta la nariz, para tratar de esconderme.
—Ya sé que no estoy en mi mejor momento. —Las palabras me duelen al abrirse paso desde mi interior.
Se arrodilla frente al sofá y me aparta el pelo de la cara.
—Ya lo veo.
Aprovecha para posar su mano en mi frente, y entonces frunce el ceño.
—Estás ardiendo.
—Ahora soy la chica de fuego.
—Si haces chistes, todavía hay esperanza. —Trata de sonreír, pero no le sale. Me pasa un brazo por la espalda y otro por debajo de las rodillas.
—¿Qué haces?
—Trasladarte.
—Si me dejas, puedo llegar yo sola —miento.
—No discutas conmigo.
Antes de que pueda protestar más, ya estoy en sus brazos.
—No sé si quiero que me veas así —murmuro mientras me deja en la cama con cuidado.
—Abre la boca, quiero ver cómo tienes la garganta.
—En serio, ¿tienes que mirar ahí dentro? Respeta mi intimidad…
—Nora, he visto partes de tu cuerpo mucho más íntimas que unas amígdalas inflamadas.
Calibro sus palabras y, al final, accedo.
—Definitivamente, tiene que verte un médico.
Por supuesto, en menos de dos segundos está llamando a un médico.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, ya es de noche. El resto del día es un manchurrón en mi memoria.
Estoy empapada en sudor, pero no tengo fuerzas para llegar a la ducha.
Entonces reparo en él. Lleva una bandeja en las manos y se ha sentado junto a mí.
—¿Has dormido bien?
—Sí… —La garganta me duele menos. Benditas medicinas.
—Te ha vuelto a subir la fiebre, así que tendrás que tomarte el paracetamol y comer algo.
Trato de incorporarme hasta quedar medio sentada, apoyada contra el cabecero.
—No tengo hambre.
—Nora… —Me acerca una cucharada sopera.
—Max… —consigo protestar.
—Prueba al menos una cucharada, y luego vemos si quieres más.
Abro la boca con resignación. Es sopa casera.
—¿La has hecho tú?
—Sí.
Sonrío débilmente y acepto seguir cenando. A la tercera cucharada, ya me siento con fuerzas como para sostener yo el cubierto.
Nos miramos, y una sensación cálida y maravillosa se expande por mi pecho.
—A veces te siento muy aquí. —Me llevo la mano al corazón.
Max imita el gesto.
—Yo también te siento muy aquí, cariño.
Y no sé si mi valentía se debe a la fiebre, pero sé que él también lo ha dicho de verdad.
Que el amor no se demuestra solo con palabras, sino con gestos, como cruzar el mar para traer una bolsa de la farmacia y… quedarse, que es lo que más miedo da.