78
Max
Pego la oreja a la hoja de madera y un sollozo me confirma que ella está al otro lado.
—Nora, por favor —insisto.
Me separo de la puerta y resoplo. ¿Qué puedo hacer?
Para mi sorpresa, abre. Cuando la miro…, me duele. Tiene el rostro enrojecido y los ojos hinchados; ha estado llorando. Mucho.
Mi instinto me impele a abrazarla, tratar de protegerla con mi cuerpo, pero me contengo, consciente de que no puedo dar nada por hecho y de que debo respetar la decisión que ha tomado. Al fin y al cabo, estoy aquí para hablar y tratar de arreglar esto.
—No deberías haber venido. —Sus palabras brotan acompañadas de más lágrimas.
—Después de llegar a casa y ver que habías desaparecido, no podía no hacer nada.
—No desaparecí. Me marché, que es distinto.
—Sea como sea, estoy aquí para hablar, no para discutir.
Me mira un segundo y abre más la puerta, invitándome a pasar. Una vez dentro, dejo la maleta en la entrada, sin avanzar. Solo cuando ella se pone en marcha, la sigo hasta el sofá, donde los dos nos sentamos, lo suficientemente lejos uno de otro como para mirarnos de frente.
Mi vista se desvía a los pañuelos de papel que hay a su alrededor, hechos un gurruño. De nuevo, algo dentro de mí se contrae. No soporto verla así.
—Siento muchísimo lo que ha sucedido, pero te aseguro que ya está controlado. Los artículos ya no están disponibles en las webs y, con el tiempo, las revistas quedarán en el olvido. La mayoría de la gente consume esas noticias en internet y…
—Y solo habrá que esperar a que la historia se repita, ¿no?
—Eso no va a ocurrir.
—¿Cómo estás tan seguro?
No le digo que sé perfectamente de dónde ha salido todo. Que es la venganza del cabrón de su padre a lo del otro día. No puedo añadir más peso al que ya carga.
—No se repetirá.
Es lo único que digo, porque la cuantía que he pagado me asegura que, si se repitiese, antes me avisarían.
—Max, es mi vida la que te perjudica. No soy suficiente para alguien como tú, y mi… imagen… tampoco va contigo. Lo dejaron bastante claro. Solo escribieron lo que, en el fondo, todos pensamos.
—¿Por qué dices eso? ¿Por qué lo piensas siquiera?
—Porque sé cómo termina esto. Porque el pasado siempre vuelve para atraparte, y no puedo hacerte eso, Max. No puedo arrastrarte conmigo. No puedo. Y siempre pasa… Siempre…
Se lleva las manos al rostro, desbordada, y yo solo puedo observarla, porque sé que de verdad lo cree. Sé de dónde viene todo eso. La maldita idea que le han metido en la cabeza desde niña, sumada a todo el daño adicional que le ha causado.
—Empiezo a pensar que lo de la revista ha sido solo un empujón para recordarte todo eso.
Levanta la vista hacia mí otra vez.
—¿Qué quieres decir?
—Que eres muy racional para unas cosas, pero para otras… —Hago una pausa—. Ahora entiendo que esta relación te genera mucho más miedo del que imaginaba.
—No es solo miedo, Max. Es que me niego a condenarte conmigo a la desdicha. Te ocasionaría problemas, lo sé, y no puedo permitirlo. No lo soportaría. Porque terminaría de romperme para siempre. Por eso no pienso arriesgarme contigo.
—Yo sí me he arriesgado contigo —respondo—. Y quiero seguir haciéndolo.
—No quiero ser quien te arruine la vida.
—Es imposible que lo seas, te lo prometo. Y no sé cómo hacerte ver que no hay maldiciones ni nada que te persiga —añado—. Pero no voy a dejar que te alejes por miedo. No otra vez.
—¿Es que no puedes entender que lo que más me asusta es hacerte daño? No quiero que, dentro de un tiempo, te arrepientas de haber estado conmigo.
—Eso me corresponde a mí decidirlo. Y, llegados a este punto, después de haberte escuchado, no voy a aceptar que tomes por los dos la decisión de romper lo que tenemos.
Porque es demasiado bonito… y valioso como para tirarlo por la borda.
Yo quiero seguir contigo, Nora. Quiero ver a dónde nos conduce esto.
Quiero algo serio a tu lado. Quiero un futuro contigo.
—La miro fijamente—. Sé que discutiremos, como todo el mundo, y que habrá momentos fáciles y otros, como este, más complicados.
Pero para vivirlos hay que quedarse. Hay que jugársela juntos, como un equipo.
Se hace un silencio en el que sopesa cada una de mis palabras.
—No sabes lo que supone vivir a la espera de que todo lo que quieres se rompa, o sabiendo que lo hará más pronto que tarde.
—No —admito—. Tienes razón. Pero sí sé lo que es querer a alguien y que se marche sin darte opción a luchar.
Mis palabras le afectan. Lo leo en su gesto, en cómo se le quiebra la expresión y en las lágrimas que no puede contener.
—Lo siento, Max —susurra—. Lo siento tanto…
Sus manos buscan las mías y, cuando las encuentran, no las sueltan.
—Estoy aquí, Nora.
—No quiero que te vayas.
—No me voy a ir —aseguro—. Pero tú también tienes que quedarte conmigo.
Asiente, superada por las emociones, y me abraza con fuerza. La rodeo con los brazos, sin pensarlo, sujetándola contra mí. Tiembla ligeramente.
—Lo siento —repite.
—No vuelvas a decirlo, por favor. Ya está —murmuro—. Yo también lo siento. Tal vez debí reaccionar en cuanto me enteré, pero no lo hice. No somos perfectos.
Poco a poco se va calmando, aunque ninguno de los dos parece dispuesto a separarse del otro. Nora está abatida después de todo lo que ha pasado.
—Es tarde. Será mejor que descanses —le aconsejo.
Se aferra un poco más a mí.
—Pero no te vas a ir… —repite, mirándome a los ojos, como si necesitara cerciorarse.
—Nunca.
Le doy un beso en los labios y, sin soltarla del todo, la alzo en brazos y la llevo hasta la habitación. La dejo con suavidad sobre las sábanas y me tumbo a su lado. Mientras la siento acurrucarse contra mí, pienso que no voy a soltarla. No voy a dejarla ir.