La chispa que nos une (Lo que nos une 2) 76
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Max

La casa está demasiado silenciosa. Tanto que hasta me incomoda; algo en mi interior se pone en alerta porque intuye que falta algo.

Ella.

No he sabido nada de Nora en todo el día, tampoco ha respondido a mis mensajes. Aun así, me he aferrado a la idea de que no debía preocuparme en exceso… Hasta ahora.

Sus zapatillas están en el mueble zapatero, perfectamente colocadas. Eso hace saltar la primera alarma en mi cabeza.

Subo las escaleras deprisa.

—¿Nora?

Nada.

Voy a la biblioteca, pero está vacía. Su portátil ha desaparecido del escritorio.

Aprieto el paso hacia la habitación, donde no queda rastro de ella ni de sus cosas, a excepción de una hoja doblada sobre mi almohada.

No

No puede ser.

La cojo con manos temblorosas. Al desdoblarla, me encuentro con su letra.

Max:

Soy incapaz de hacerte daño, y no puedo permitir que estar conmigo te perjudique. Eres demasiado importante para mí como para empujarte a esto.

Lo siento.

Nora

No sé las veces que releo sus palabras, como si mi mente se negara a asimilarlas.

Se ha ido. Sin darme opción.

El vacío me asola de forma inmediata. Me derrumbo sobre la cama, pensando en que ha huido… otra vez. Solo que, en esta ocasión, tengo miedo de perderla de verdad.

Se me escapa una lágrima.

Nora, no puedes hacerme esto…

Saco el teléfono del bolsillo y la llamo; me recibe el particular tono de línea de Reino Unido. No contesta, pero, al menos, ya tengo una pista de dónde está.

Le envío un wasap.

Nora, háblame, por favor.

Lo lee, pero no responde. Eso me desespera todavía más. Vuelvo a llamar, pero nada.

Contemplo la pantalla del móvil hasta que se bloquea.

No se ha ido porque yo no le importe. Al contrario, se ha marchado porque cree que es lo correcto.

Con lo que debería contar ella es con que no voy a consentir que esto termine así.

Marco el número de Otto, que me responde al segundo tono.

—Necesito ir a Londres. Ahora.

—Me pongo manos a la obra. En cuanto tenga el horario de embarque, te lo envío.

—Gracias.

Voy al vestidor. Meto en una pequeña maleta algo de ropa y el portátil, preguntándome si me escuchará cuando me tenga delante.

No voy a buscarla para obligarla a nada, tampoco para pedirle que se quede conmigo si no quiere, pero me niego a aceptar que tome esta decisión sola. Porque sé que me quiere y que actúa desde el miedo.