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Nora
Mañana se cumplirá una semana desde que llegué a Berlín y, si soy sincera, me cuesta imaginarme lejos de esta ciudad y de Max. Supongo que por eso prolongo cada vez más mis estancias aquí, además de porque él me lo pida.
No se trata tan solo de la ciudad, que me encanta, sino de todo lo que siento cuando estoy junto a Max: él me aporta calma, seguridad, felicidad y… amor. Con él tengo algo que nunca había tenido: un hogar.
Por momentos, me permito bajar la guardia y dejar de vivir con el miedo constante a que se rompa. Sin embargo, algo dentro de mí no termina de confiar en que esto pueda durar, porque, ¿cuándo ha sido así en mi vida? ¿Desde cuándo puedo aspirar a un final feliz como los que garantizo en mis novelas?
A pesar de todo, me repito una y otra vez que debo vivir el presente y no dejarme arrastrar por los pensamientos intrusivos, ya que, cuanto más los alimentas, más parecen fortalecerse. Incluso cuando lo único que quieres es evitar que se hagan realidad.
—¿La recojo a alguna hora en concreto? —me pregunta Klaus, por el espejo retrovisor, cuando llegamos a la librería a la que le he pedido que me acerque esta mañana.
—No, gracias, Klaus. Si necesito algo, te aviso.
El torbellino de pensamientos se diluye nada más entrar en el establecimiento. El olor a café y libros que inunda mis fosas nasales resulta casi terapéutico.
Primero exploraré entre las estanterías y, cuando ya tenga una lectura seleccionada, la disfrutaré con un buen café y puede que alguna galleta o pastelito de los que ofrecen en la cafetería.
Pierdo la noción del tiempo hasta que mi móvil vibra en el bolso. Lo saco; igual es Max, que hoy está en Suiza por trabajo y no llega hasta la noche. Pero es mi madre.
Como no quiero alargar la agonía, sigo la dinámica de la última vez para dejar las cosas claras cuanto antes.
—Hola, madre —respondo en voz baja, procurando no molestar a ningún cliente.
—Nora, ¡¿dónde estás?!
Su tono me descoloca.
—En una librería.
—Me refiero a en qué ciudad.
Frunzo el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Has ido a mi apartamento?
—Nora, respóndeme.
—Estoy en Berlín, pero no entiendo por qué es tan importante.
Escucho un suspiro nervioso al otro lado.
—He visto tu foto… en una revista. Estaba colocando la prensa internacional en la tienda y aparecías en la esquina de una de las portadas, vistiendo un traje blanco y con un hombre rubio a tu lado.
El estómago se me encoge al escucharla dar tantos detalles.
—¿Qué…?
—Un cliente me ha traducido el titular —continúa—. Y no era precisamente agradable.
—No sé de qué hablas…
—Nora —insiste, perdiendo los nervios—, ¿estás saliendo con «un empresario alemán», como dice ese artículo? Porque la forma en la que te describen es terriblemente bochornosa.
No soy capaz de contestar. Miro a mi alrededor para localizar la sección de prensa mientras mi madre sigue hablando al otro lado de la línea.
—Me parece increíble que no me contaras algo así y que, encima, me trates como lo hiciste la última vez, ignorando que necesito ayuda.
¿Y ese hombre qué va a pensar cuando descubra lo que escribes?
—parlotea—. Porque ya te lo he dicho mil veces: no deberías dedicarte a eso.
Ahora lo vas a pagar, Nora. Esto te va a pasar factura…
Sigo avanzando entre estanterías, cada vez más deprisa, alterada por la situación y las palabras de mi madre.
—Por favor, dime que al menos no estás involucrada en algo peor… —añade, bajando la voz—. Dime que no estás embarazada.
Corto la llamada y me detengo ante las revistas de cotilleos, examinándolas rápidamente con la mirada, deseando en lo más profundo de mi ser que no sea verdad…
De pronto, el ruido a mi alrededor se desvanece, dejándome a solas con el horripilante titular.
Cojo la revista. Tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para no venirme abajo en medio del pasillo.
Describen nuestra relación como «cuestionable».
De mí dicen cosas horribles, y a mis novelas les dedican calificativos todavía peores.
Pero lo que no soporto son las referencias a Max como «cazado», «una relación que podría afectar a su imagen y a su posición», y lo peor de todo, «hombre manipulado».
Mi corazón se agrieta, provocándome un dolor terrible en el pecho. Las lágrimas se agolpan en mis párpados, y lo único que pienso es que a él no pueden causarle daño. No puedo hacerle esto… Lo quiero demasiado como para arrastrarlo a la desgracia o verlo sufrir por algo que tiene que ver conmigo.